El Señor es mi parcela en la tierra prometida

El Señor es mi parcela en la tierra prometida

Y yo le dije:
no hay dicha para mí fuera de ti!

El Señor es mi parcela de tierra en la Tierra Prometida
Me tocó en suerte bella tierra
en la repartición agraria de la Tierra Prometida

Siempre estás tú delante de mí
y saltan de alegría todas mis glándulas

Aun de noche mientras duermo
y aun en el subconsciente
te bendigo.

Este fragmento del salmo 15 de Ernesto Cardenal, sacerdote y poeta, fallecido hace unos días, es el canto que entonan también nuestras hermanas y hermanos fallecidos últimamente.

Lola Castilla, militante de la HOAC de Córdoba, lo entonó el 3 de noviembre del año pasado. Lola, mujer sencilla y acogedora; esposa ejemplar que no tuvo hijos pero trató y cuido a sus dos primos como tales; la luchadora de base en la Asociación de vecinos de su barrio Las Costanillas o como presidenta del Consejo de distrito Centro. Siempre desde la sencillez, generosidad y testimonio cristiano, una creyente en Dios convencida.

Juan Carbajo Cano, padre de Miguel, presidente diocesano de Sevilla, lo hacía el 4 de noviembre. Un profundo enamorado de la vida, persona con mucho humor, honesto y lleno de cariño a su familia. Y, sobre todo, con una gran fe y muy vinculado a la Iglesia que atendía a los pobres, siempre estuvo vinculado a su parroquia sobre todo en Cáritas. No le gustaba la Iglesia que estaba con los poderosos, era algo que le molestaba.

Antonio Martín, militante de Motril (Granada), fallecía el 28 de noviembre. Militante desde principios de los años 70, maestro de educación primaria. Su militancia la desarrolló en el ámbito de la formación y la educación. Muy comprometido con su barrio, siempre destacó por su entrega, constancia, y bondad.

Enrique Blanco, el 28 de enero, en Cádiz. Fue presidente diocesano de la HOAC de Cádiz-Ceuta, trabajador y representante sindical en los desaparecidos Talleres Faro, además de presidente de la Asociación de Vecinos de Cerro del Moro. En cada una de estas etapas de su vida luchó por los derechos de colectivos sociales, laborales y vecinales, con especial dedicación a los empobrecidos.

Enric Roig, en Barcelona, en febrero de 2020. Enric fue un cura comprometido en los barrios obreros. Siempre tuvo claro el papel evangelizador de los Movimientos de Acción Católica especializada. «La dolencia de Enric, los últimos tiempos –dicen miembros de su equipo– ha llenado nuestras vidas de humanidad. Nuestra relación ha cambiado, se ha hecho más íntima, más humana, más sensible, más llena. Enric nos ha alimentado, espiritual y humanamente, con sus poemas, sus reflexiones… y, sobre todo, la manera de vivir el dolor y la enfermedad, con una gran delicadeza y cordialidad. Su testimonio cristiano hasta el último momento y su amistad los llevaremos siempre en nuestro corazón».

Y mientras estamos en el aislamiento que nos impone la pandemia del coronavirus, nos llegan las tristes noticias del fallecimiento de Manolo, marido de Manoli, militante de Getafe, el 17 de marzo, y de Teresa Huguet, en la madrugada del 18 de marzo, militante de Barcelona, que fue responsable de difusión en la Comisión Permanente en los primeros años noventa del siglo XX. Así como de Emérita, mujer de Víctor Mairal, militante de Huesca, el mismo día 18.

La resurrección –la parcela que canta Cardenal–, en la tierra prometida, hacia la que nos encaminamos en esta cuaresma, empezamos a degustarla en el cada día de nuestra historia. Vivimos en la condición peregrina de quienes saben cuál es el camino y la meta y, paso a paso, vamos acercándonos a ella en nuestra vida.

Atentos a los susurros de Dios en la historia cotidiana, los vamos percibiendo, nos vamos admirando de ellos, vivimos agradeciéndolos, trabajamos por desvelarlos, y nos vamos dejando rehacer por ese encuentro amoroso y vital. No resucitamos de golpe; vamos resucitando cada día, hasta que el abrazo tierno de Dios nos dé el último toque, como esa mano materna que, de pequeños, antes de salir de casa cada día nos alisaba el flequillo rebelde con su dedo ensalivado y nos daba el beso que alimentaba la jornada. Entonces estaremos listos para la vida plena.

Vamos dejándonos envolver crecientemente en la ternura de Dios. Vamos dejándonos acoger por su sonrisa. Vamos haciendo de nuestra vida abrazo tierno y sonrisa amplia en la acogida de la vida de quienes acompañamos en ese mismo caminar. Con todos ellos avanzamos en cada paso de humanidad y justicia que nos desvelan nuestra condición resucitada, y que nos hacen capaces de reconocer la presencia del Resucitado en las víctimas.

El Señor es nuestra parcela, nuestra bella tierra prometida. Cuando escribo esto he orado en la mañana con el libro de Ester (5, 13): «No tengo otro auxilio fuera de ti»; con el salmo 137: «Señor, tu misericordia es eterna»; y con el Evangelio de Mateo (7, 7-12): Pedid, buscad, llamad… En la confianza vital en el amor infinito del Dios Todocariñoso vamos viviendo, y esa vida solo puede encaminarnos a la plenitud de su amor, porque –como los pobres– no tenemos otro auxilio fuera del Señor. No tenemos otra esperanza ni otro horizonte que el Amor.

Frente a la ingenuidad de confiar en las propias fuerzas hay que convencerse de que el único optimismo nace del amor sacrificado de todo un Dios que se encarnó, se entregó y murió, pero que, en su resurrección, ya ha vencido al mundo. Ya lo decía Rovirosa: «Los éxitos esplendorosos y las victorias triunfales de cualquier resurrección han de venir precedidas necesariamente de un calvario y una muerte de ilusiones siempre ilusas».

Y sigue diciendo: «La muerte en cruz (de Cristo) aparece como Su gran victoria sobre la muerte, y en la que todos hemos encontrado la vida verdadera, en la medida que la aceptamos para nosotros. Y lo mismo puede decirse de cada detalle de su Vida que es norma y ejemplo para sus seguidores, que saben con certeza absoluta que el «mundo» pierde necesariamente cada vez que parece que ha derrotado a los fieles a Cristo, que son los que continúan Su vida en la tierra».

El cristiano, para Rovirosa, es, el que se sabe perdonado, amado y salvado por el inexplicable amor de Dios, que Jesús nos manifiesta con su vida, muerte y resurrección. Nuestra muerte lleva consigo, gracias a Dios, nuestra Resurrección.

Nos ha tocado, en verdad, como a Lola, a Juan, a Antonio, a Enrique y Enric, a Manolo, a Teresa y Emerita, una bella tierra en la Tierra Prometida.