Tiempo de resurrección

Tiempo de resurrección
En este mes de abril, la Palabra de Dios está marcada por la celebración de la Semana Santa y las primeras semanas de Pascua. Celebrar la Semana Santa significa, no solamente recordar lo que ocurrió hace dos milenios, sino dejar que aquellos acontecimientos iluminen la realidad sufriente de nuestro mundo y la nuestra propia. Especialmente en esta etapa tocada por el coronavirus.

Aquella entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, siendo aclamado por toda la ciudad, nos habla de la necesidad que tenía el pueblo de un Salvador. La necesidad de que alguien, venido de parte de Dios, les liberara y les diera motivos para vivir con esperanza. Expectativas expresadas con sus ramos, con sus cantos. Pero, ese mismo pueblo, poco tiempo después, gritará «crucifícalo», o no tendrá valor para impedirlo. Es el reflejo de la contradicción humana. Por una parte, necesitamos un Mesías; por otra, lo rechazamos. Expresamos y confesamos nuestra fe, pero no somos capaces de traducirla en un estilo de vida como el de Jesús. Y por eso, perpetuamos su cruz, encarnada en tantos hombres y mujeres de nuestro tiempo. Gritamos «justicia», «liberación», pero que no toque demasiado nuestros esquemas, nuestra forma de vivir.

Para crecer en autenticidad, necesitamos recuperar el sentido que Jesús, el Jueves Santo, quiso darle a la Eucaristía. No era solamente un ritual. No era una liturgia al estilo del Antiguo Testamento. Era una liturgia en conexión con la vida. Quería expresar todo el amor que tenía a los suyos: «Les amó hasta el extremo». Y quería expresar, sobre todo, lo que había sido su vida y lo que debía ser la vida de los discípulos. Su vida había sido un pan partido y repartido. Se había dejado partir y comer. Su vida también había sido un permanente gesto de arrodillarse para «lavar los pies», especialmente a los más necesitados y sufrientes. Cada vez que celebramos la Eucaristía actualizamos a ese Jesús y recibimos la llamada a hacerlo presente, con sus mismos gestos de servicio y entrega.

La cruz de Jesús nos recuerda hasta dónde puede llegar su amor a la humanidad y su fidelidad al proyecto de Dios. Pero nos recuerda, también, hasta dónde puede llegar la iniquidad del ser humano. Vivir el viernes santo desde el espíritu de Jesús significa solidarizarnos con los crucificados de este mundo, y volver a sintonizar con el proyecto de Dios para la humanidad.

Un proyecto que triunfará. Ese es el mensaje de esperanza que nos trasmite la Resurrección de Jesús. En la Vigilia Pascual volvemos a hacer un recorrido por la historia de la salvación, empezando por el Génesis. Dios quiere recrear la humanidad, hacerla nueva. La Resurrección de Jesús nos habla del triunfo de Dios, de su Amor, de su proyecto. Queda mucho camino por recorrer. Pero celebrar la victoria de Jesús nos da fuerza y ánimo para seguir apostando por el proyecto de Dios. La última palabra no la tendrá la injusticia, el odio, la mentira, sino la Justicia, el Amor, la Verdad.

Durante todo el tiempo de Pascua vamos a tener ocasión de hacer nuestra esa vida nueva del resucitado. Necesitamos empaparnos de ella, con todo lo que eso supone, de proporcionar vida a nuestro alrededor. El segundo domingo de Pascua se nos muestra en el libro de los Hechos de los Apóstoles, cómo la fuerza del resucitado lo va transformando todo. Al escuchar la repercusión que el resucitado ha tenido en la comunidad, nos puede parecer algo inalcanzable hoy, irreal. Pero la comunidad cristiana siempre tiene que tener como modelo a esas primeras comunidades, capaces de vivir unidos y de compartirlo todo. No es de extrañar, como apunta el autor de Hechos, que la comunidad vaya creciendo. Nuestro sueño de acercarnos al estilo de las primeras comunidades no puede decaer.

El tercer domingo de Pascua sigue proporcionándonos motivos para resucitar, para dejarnos tocar por la vida nueva de Jesús. Aquellos dos discípulos de Emaús nos representan a todos nosotros, los que muchas veces estamos desconcertados, desilusionados. Pero somos capaces de acoger en nuestro camino a un «forastero», y empezar a entender por dónde va la nueva presencia de Jesús, el resucitado. Entonces, su Palabra empieza a iluminarlo todo, a calentar el corazón, y a provocar que vuelva la ilusión y la esperanza en el proyecto de Dios.

Seguramente nos va a tocar vivir todo esto en casa, con nuestra gente. Que sea una ocasión para hacernos solidarios con las víctimas del coronavirus. Pero, también, con esas otras víctimas cuya cruz pasará desapercibida para muchos. ¡Feliz Semana Santa e inicio de la Pascua!