Habitados por el Espíritu

Habitados por el Espíritu
Escribo en la tercera fase de la primera etapa del confinamiento. Hablar de Iglesia en salida –que es lo que hace de nosotros el Espíritu Santo– requiere encontrar otras maneras de salir, distintas a las habituales. Hace falta una clave distinta para entendernos habitados por el Espíritu obligados a habitar en nuestras casas.

Salidas habituales de este mes, como la celebración del Primero de Mayo, la del Día de la HOAC… hemos tenido que ingeniárnoslas para hacerlas de otro modo novedoso, o sencillamente se han cancelado o aplazado a otro tiempo propicio. Se anticipa un tiempo nuevo.

Quizá se va acercando el momento final del confinamiento y a lo largo de este mes volvamos a recuperar dimensiones y espacios, lugares y tiempos habituales de nuestra vida. Quizá incorporemos otras maneras, otras claves, redescubiertas en este tiempo. Finalizado mayo, retomaremos en la liturgia el tiempo ordinario.

Estamos en el tramo final de la Pascua. Este mes celebraremos, de modo distinto también, la fiesta de la Ascensión, la despedida de Jesús, y la llegada del Espíritu Santo: el Día de la Iglesia, de la Acción Católica y del Apostolado Seglar. Nuestro día.

Para este cambio de situación, para el paso de la Pascua al tiempo ordinario, para el retorno progresivo a la actividad, los evangelios nos sirven de hoja de ruta. Son una despedida de Jesús, y el recordatorio que hace a sus discípulos de cuestiones básicas para continuar nuestro seguimiento y para asumir nuestra misión eclesial.

Él es el Buen Pastor (Jn 10, 1-10). Lo hemos podido experimentar con más intensidad en los días pasados. Él sigue siendo la voz conocida, el cuidado experimentado y ofrecido, la preocupación constante, el amor cuidadoso, que hemos recibido y ofrecido de tantas formas distintas.

La vida, la de verdad, la que se empeña en sobreponerse a la enfermedad y la muerte nos la ofrece él, que nos ama hasta dar su vida por nosotros. Es tiempo para no olvidar lo aprendido. Para seguir siendo buenos pastores unos de otros. Es tiempo para reafirmarnos en el acompañamiento de la vida de las personas.

Él es nuestro camino, nuestra verdad, y nuestra vida (Jn 14, 1-12). Empezaremos a escuchar diversas propuestas salvadoras, de todo tipo. Conociéndonos, la algarabía de salvadores empezará a llenar el silencio que hemos llegado a apreciar. En medio de todo ello, confrontar cada propuesta con la del Evangelio nos ayudará a discernir en la verdad, el camino que conduce a la vida. Tendremos que afinar nuestra escucha de su Palabra para poder discernir en estos tiempos los signos del Reino.

Seguirle a Él es devolverle agradecidamente ese amor (Jn 14, 15-21), en la persona de sus hijos e hijas. Amarle es guardar sus mandamientos, o si queremos, al revés, guardar sus mandamientos solo es posible amando; es decir: haciendo posible la vida de las personas, especialmente de los empobrecidos. Y para poder reconocer su voz en el lamento de quienes se ven de nuevo sumidos en una crisis vital profunda, hemos de recordar su voz, su Palabra, su Amor en nuestra propia vida.

Necesitamos desde estas experiencias crecer en confianza, con la certeza de que camina con nosotros todos los días, hasta el final (Mt 28, 16-20). Nos enfrentaremos a situaciones duras en estos días y en los meses por venir. La degradación del trabajo, y con ello de las condiciones de vida digna de las personas, va a requerir esta confianza, esta fe. Y requerirá pastores buenos, a la manera de Cristo; requerirá caminos de verdad y de vida, y no otros, requerirá que acojamos la misión que el Señor pone en nuestras manos.

Esto nos capacita para recibir el Espíritu Santo (Jn 20, 19-23). De esta manera podremos ser y sentirnos Iglesia, Pueblo de Dios en salida, ser misión unos con otras, ser transparencia del resucitado, porque nos dejamos habitar por el Espíritu para acompañar la vida de las víctimas, para seguir con la tarea del Reino, y se producirá entonces el renovado Pentecostés que espera y necesita nuestra Iglesia, nuestro mundo, la creación y nosotros mismos.