¿Aprenderemos a movernos?

¿Aprenderemos a movernos?
Menos coches= menos contaminación atmosférica. Una ecuación tan simple se resuelve en que, en tiempos confinados, el aire está más limpio, como numerosas fotos han difundido por las redes (en una, hecha desde Madrid, se veía hasta la torre Eiffel y el Taj Mahal).

Un estudio de Ecologistas en Acción revela que la contaminación entre el 14 de marzo y el 30 de abril en las principales ciudades españolas se redujo un 58% de media respecto a los niveles habituales en estas fechas durante la última década. Un exotismo, ya que el aire que respiran los 18,6 millones de habitantes de las cinco ciudades más pobladas nunca antes había estado «tan limpio tanto tiempo», según un informe del Observatorio de la Sostenibilidad y expertos de la Universidad de Castilla-La Mancha, que atribuyen el hecho a la contundente disminución del tráfico rodado.

O espabilamos, o el regreso será al punto de partida,
a una normalidad más bien aberrante.

Pues qué bien que la pandemia nos haya resuelto el problema del cambio climático, ¿no? Pues no, no lo ha resuelto, de la misma manera que el chocolate no resuelve la alimentación del loro. Librarse de la amenaza puede que más grave que se cierne sobre la humanidad no será por milagro. Será –o no será– fruto de decisiones individuales y colectivas. O espabilamos, o el regreso será al punto de partida, a una normalidad más bien aberrante.

«El coche privado no es una solución sostenible de futuro, pero en este paréntesis y en estas circunstancias es una opción». Cuando un ministro, José Luis Ábalos, es quien dice esto, no parece que vayamos bien. Precisamente su ámbito de responsabilidad, el transporte, genera el 27% de las emisiones de gases de efecto invernadero en España, y el 60% las producen los automóviles.

Buena parte del movimiento ecologista –y de la ciudadanía en general– respondió tan preocupada como indignada. «Ningún Gobierno debería invitar al uso del coche y menos en una situación donde se está demostrando la vinculación de enfermedades respiratorias como la COVID-19 y la contaminación de las grandes ciudades», protestó Adrián Fernández, responsable de Movilidad en Greenpeace.

¿Por dónde deberían ir las soluciones? Los autores del informe citado –y la lógica elemental– señalan que lo que ha menguado la contaminación proporciona pistas «para rediseñar políticas públicas que ayuden a disminuir la contaminación en las ciudades y proteger la salud de los ciudadanos». Ecologistas en Acción, por su parte, señalan que, «de manera inmediata, debe potenciarse la movilidad activa peatonal y ciclista, cediendo más espacio para estos medios y estableciendo el límite de velocidad urbana en 30 kilómetros por hora. El transporte público es esencial para la movilidad urbana, por lo que debe garantizarse su viabilidad».

Para empezar, porque lo que es altamente contaminante es el modelo. Y ahí tenemos mucho que hacer la ciudadanía, tanto en comportamientos como en presión social y política. Sin cambios estructurales que se traduzcan en un cambio real de las prioridades comunes, el loro seguirá empachándose de chocolate, pero mal alimentado.