Augusto Zampini: «Esta crisis revela la necesidad de un cambio radical y que este es posible»

Augusto Zampini: «Esta crisis revela la necesidad de un cambio radical y que este es posible»

El papa Francisco lo nombró experto del Sínodo de la Amazonia y, posteriormente, secretario adjunto del Dicasterio para el Desarrollo Humano. Ahora su principal servicio está en la Comisión COVID-19 recientemente creada en el Vaticano, de la que es uno de sus responsables, para atender «el después» de la pandemia que ya comienza a configurar un nuevo mundo.

La pandemia «va a cambiar al mundo», ha señalado Francisco…

La pandemia ha forzado a cambios drásticos. Algunas cosas volverán a su cauce, y podremos salir, pasear, trabajar, reunirnos con amigos y familias. Pero muchas cosas serán distintas. El mundo globalizado tendrá diferentes características; estará en nosotros hacer de ese nuevo mundo pos-COVID algo bueno, mejor que antes. Es una crisis tremenda, dolorosa, triste. Pero como toda crisis ofrece una oportunidad. Por ejemplo, nuestra generación podría recuperarse de la irresponsabilidad con la que hemos tratado al planeta y a los más desventajados de la sociedad. ¿A quién le gustaría ser recordado como cómplice de destrucción ambiental y social? A mí, no. Y quisiera que nuestra generación sea recordada como aquellos que supimos cambiar el rumbo del mundo hacia un camino de cuidado, como quienes descubrimos cómo promover la salud y la justicia para todos. Pero la gente empieza a entender que se puede cambiar radicalmente –cuando hay voluntad política y colaboración de los ciudadanos–, tanto que países enteros han cerrado para poder proteger la salud de sus poblaciones. La fortaleza, entonces, está en que aprovechemos esta experiencia para sanar otros virus, los de la desigualdad, la indiferencia, el conflicto armado, la destrucción ambiental y tantos otros.

La COVID-19 ha puesto en evidencia las fragilidades y limitaciones de nuestras instituciones sociales y económicas. Aquellas que pensábamos indestructibles e infalibles hoy se están desmoronando ante un pequeñísimo virus. Y hoy se hacen más evidentes que nunca nuestras desigualdades. No todos podemos afrontar la pandemia del mismo modo. Los trabajadores informales, sin protección del mercado o del estado, están en serios problemas. Quienes no pueden trabajar desde sus casas también. Los pequeños empresarios o productores que quieren promover empleos dignos y sustentables están en aprietos también. Aquellos que viven en países con sistemas de salud débiles no pueden afrontar esto del mismo modo que otros, y sus médicos y enfermeros corren más riesgos en su noble tarea de «sanar». Los que viven en zonas de conflicto, los indocumentados, y tantos otros grupos de personas, están más expuestos que nosotros. El riesgo es que aumenten las desigualdades. Otra amenaza grave que estudiamos es la del tema de la seguridad alimentaria, que muy pocos hablan, que podría tener consecuencias peores que las del coronavirus. La idea es juntar fuerza para poder frenar estas amenazas, y en este sentido los movimientos sociales y las religiones jugarán un papel clave.

La Iglesia toma la iniciativa –primerea– creando la Comisión Vaticana COVID-19 para avanzar criterios y medidas.

La Comisión se divide en cinco grupos de trabajo; el primero colabora con Caritas Internationalis para interactuar con iglesias locales de manera que podamos entender cómo están reaccionando y cuáles son sus necesidades más urgentes, coordinando iniciativas de caridad. El segundo grupo se ocupa del estudio de la pandemia teniendo en cuenta todas sus dimensiones y la reflexión sobre el mundo pos-COVID, con la metodología de la Doctrina Social de la Iglesia: ver-juzgar-actuar. Participan las Academias Pontificias para la Vida y para las Ciencias, junto con diversas organizaciones y expertos (laicas y católicas) que ya cooperan con el Dicasterio. Alimenta a los otros grupos con sus reflexiones y propuestas de acción concretas. El tercer grupo, coordinado por el Dicasterio para la Comunicación, se ocupa de informar sobre el progreso de la Comisión, de darle más visibilidad. Actualmente hay varios boletines semanales publicados en su página web que recomiendo. El cuarto grupo, coordinado por la Secretaría de Estado, se ocupa de las relaciones con los países y los organismos internacionales, comunicando los frutos del trabajo del Grupo 2 a embajadas acreditadas ante la Santa Sede y los nuncios. Finalmente, el quinto grupo se encarga de buscar financiación para apoyar el trabajo de la Comisión y el de las iglesias locales.

Los movimientos, continuando con su trayectoria,
pueden ayudar a regenerar la nueva política pos-COVID,
que no va a ser fácil, pero que no puede estar solo
en manos de élites

Como ven, hay una buena combinación de reflexión-acción, de iglesias locales y organismos de la Santa Sede, de distintos organismos e instituciones expertos en diferentes disciplinas (ecología, economía, trabajo, salud, seguridad, política, etc.). En menos de dos meses hemos creado equipos de trabajo de primer nivel, y juntos generamos sinergias para «preparar el futuro», para crear ese futuro más justo y sostenible que tanto necesitamos. Ese es el objetivo principal de la Comisión, caminar con otros y ayudar a regenerar la sociedad, no a recuperar lo anterior, que dejaba mucho que desear. Esta es una crisis nueva, que requiere respuestas nuevas. En este sentido, como dice el papa Francisco en Laudato si’, ninguna fuente de sabiduría puede ser dejada de lado. Y si queremos conocer la realidad desde la perspectiva de quienes más sufren, la aportación de los movimientos es clave. Además, la implementación de lo que aprendemos desde la comisión tiene que hacerse con personas concretas, en lugares concretos; los movimientos en este aspecto son fundamentales. Por último, los movimientos, continuando con su trayectoria, pueden ayudar a regenerar la nueva política pos-COVID, que no va a ser fácil, pero que no puede estar solo en manos de elites. El nuevo mundo o es más participativo o no será nuevo ni mejor.

Luz y esperanza para ese futuro que ya se está configurando.

Hemos avanzado mucho con el análisis interdisciplinar, como podrán ver en los Boletines de la página web. Los criterios, como se imaginarán, están basados en los criterios de la Doctrina Social de la Iglesia, es decir, en la dignidad de toda persona humana y en el bien común, en la solidaridad y subsidiariedad, en la opción preferencial por los pobres y en el destino universal de los bienes, y por supuesto, siguiendo a Laudato si’, en el cuidado de la creación. Pero lo que estudia la Comisión es cómo aplicar tales principios a los tiempos en que vivimos, para ser coherentes con nuestra misión de ayudar a construir un mundo mejor pos-COVID.

Hasta ahora han surgido propuestas para mitigar la crisis alimentaria y los conflictos armados, para fortalecer o modificar organismos internacionales y la cooperación entre países, para anticiparse al tratamiento y vacuna del virus, y para navegar por estos momentos económicos difíciles. Por ejemplo, hemos trabajado sobre el salario básico universal, algo que ha generado controversia. Pero muchos no entienden que millones de personas sin empleo, obligadas a quedarse en sus casas por el bien de la sociedad, necesitan una compensación de la sociedad. Además, hemos propuesto que este tipo de instrumentos debe ser acompañado por políticas para generar empleos nuevos –dignos y sustentables– que, a su vez, deben ir acompañadas de mecanismos financieros que faciliten la inversión pública y privada en la creación de tales empleos y, por supuesto, del fortalecimiento de los sistemas de salud. A partir de junio la Comisión entrará en una nueva fase, en donde podrán ver cómo, a lo largo del año, iremos presentando algunos resultados a distintos públicos, desde iglesias locales a organismos internacionales, desde propuestas para el ciudadano común a líderes de todo tipo. Contamos con el apoyo de todos Uds., espero… No podemos hacerlo solos.

La poliédrica comunidad política y la conversión ecológica.

Para cambiar el individualismo es necesaria una nueva solidaridad universal; para cambiar el dominio de una cultura tecnocrática es preciso recuperar relaciones sociopolíticas y proponer una cultura del cuidado. Para combatir la «rapidación» es necesario pensar en el largo plazo, como lo explica en detalle Laudato si’. En este contexto de pandemia, la encíclica ha resultado más profética y relevante que nunca, pues promueve una conversión integral (socioecológica, político-cultural, educacional-espiritual). Antes de la pandemia, estos temas ocupaban un lugar prioritario en la agenda pública global. Había una creciente conciencia social sobre su urgencia, desde los poderosos reunidos en Davos hasta los jóvenes en sus manifestaciones multitudinarias de los viernes. Pero hoy el deseo de cambio en muchos otros grupos ha aumentado, y mucha gente ha comenzado a ver Laudato si’ con otros ojos. Además, mucha gente ha comprendido que podemos vivir con menos, que algunos trabajos son más importantes que otros –piensen en las enfermeras, no muy bien reconocidas ni pagadas; o los barrenderos, que mantenían nuestras calles limpias; o los que cuidan ancianos o gente con capacidades diferentes, normalmente ignoradas por la sociedad–. Hoy descubrimos que sus contribuciones son vitales y, por lo tanto, debemos retribuirlos de modo diferente.

La crisis ha demostrado que nuestra salud
depende de la salud de nuestros ecosistemas
y de la solidaridad con la que
nos cuidamos los unos a otros

La crisis de la COVID no solo ha revelado la urgente necesidad de un cambio radical, sino que ha demostrado que estos cambios son posibles. ¿Acaso existen cambios más radicales que países enteros puestos bajo cuarentena y poblaciones reducidas a vivir de lo esencial? Además, la crisis ha demostrado que nuestra salud depende de la salud de nuestros ecosistemas y de la solidaridad con la que nos cuidamos los unos a otros. Todo está interconectado, como dice Laudato si’, no podemos cortarnos solos, ni seguir tratando a la creación como lo hemos hecho hasta ahora. Es tiempo de una «ecología integral», que requiere cambios radicales.

El trabajo, clave esencial en este pontificado.

Así como en los hospitales se atienden primero a los más afectados en salud, así también en la política económica debemos atender primero a los más afectados por la crisis socioeconómica; entre ellos los trabajadores pobres y descartados. En estos tiempos estamos todos navegando la misma tormenta pero en distintos barcos; algunos con mayor capacidad de defenderse que otros. Aquellos que ya enfrentaban desafíos socioeconómicos como el desempleo o trabajo precario e informal son los que están más expuestos al contagio y los más afectados por la crisis, y tienen que elegir entre morirse del virus o morirse de hambre. Esto es una injusticia que clama al cielo. Además, como lo enseña la Doctrina Social de la Iglesia, el trabajo no es solo algo que hacemos para obtener un salario, sino que hace a nuestra dignidad. Y hay tantos trabajos que son totalmente ignorados y no reconocidos… Todas estas realidades serán invisibles para algunos, pero no son invisibles para el Papa y para la Iglesia. Por eso el trabajo es una temática esencial para la Comisión

Francisco invitaba a los movimientos populares a pensar con él «en el después». ¿Se ha concretado ese diálogo? ¿Es el marco de la Comisión una posibilidad?

Sí, por supuesto. Con algunos estamos colaborando informalmente, otros colaboran con algunos centros de investigación que son parte de la Comisión. Pero con gusto aceptamos más propuestas.

Teniendo en cuenta el dramático impacto que ya sufre el mundo del trabajo… ¿Hay abiertos espacios de diálogo con sus instituciones? ¿Considera clave renovar el pacto social?

Hay varios grupos de empresarios y organizaciones que tienen sus foros de diálogo. La idea no es reemplazarlos. Pero sí, algunos de estos grupos aportan a la Comisión. Renovar el pacto social es el llamado que hace Laudato si’ que, como dije antes, es la base de nuestro trabajo. En las últimas décadas, bajo el actual modelo de desarrollo, hemos visto una distorsión en nuestros valores económicos que ha llevado a un gran deterioro ecológico y social.

Actualmente vivimos una economía basada en valores de mercado que responden a modelos financiero-matemáticos, con la sola idea de un retorno rápido y a cualquier costo. Es decir, se ha dejado de considerar la actividad económica como instrumento al servicio de la sociedad y se ha convertido en un objetivo en sí mismo. La pandemia puede ser una oportunidad para revertir esto, para que la economía vuelva a estar servicio de las personas y para reformular las relaciones en el mercado laboral sobre la base del bien común.

Si en Querida Amazonia Francisco expresaba cuatro sueños –social, cultural, ecológico y eclesial–, permítame el atrevimiento de preguntarle, ¿qué sueño incorporaría ahora?

Le sumaría el sueño de salud, que para la gente es muy importante. Pero el sueño no se limita a la salud física, sino que se expande a la salud mental, emocional, relacional, ambiental, espiritual e institucional. Sería fantástico si pudiéramos construir un mundo sano, con gente e instituciones sanas.