El coronavirus y las pantallas

El coronavirus y las pantallas
Escribo estas líneas cuando gran parte de la población española está en la primera fase del llamado «desescalamiento», de modo que se empieza a permitir un mayor número de actividades fuera de casa. No quedan muy lejos los meses duros del confinamiento (marzo y abril) en los que gran parte de las relaciones personales hubo que trasladarlas a las pantallas del móvil y del ordenador.

Quien ya utilizaba programas como Skype o plataformas para la docencia o el teletrabajo ha visto cómo estos usos se han disparado. Y muchos de los que no conocían estos nombres tan habituales para muchos ahora –entre ellos Zoom, una de las plataformas que han saltado a la fama estos días– se han ido familiarizando con ellas con el paso de los días. A partir de ahora, esa imagen de la pantalla del ordenador dividida, a su vez, en muchas «pantallitas» –cada una con la imagen de la persona o las personas que están en la videollamada– formará parte del paisaje comunicativo habitual.

Virtualidad real

«Hombre, no es lo mismo que relacionarse cara a cara, pero mejor que nada sí que es», decían muchos mayores tras los primeros usos de estas plataformas para celebrar «virtualmente» un cumpleaños o una reunión familiar. Con cierto escepticismo en la palabra pero con ilusión y brillo en la mirada, al ver a la hija, hermano o nieto al otro lado del ordenador.

El término «virtualidad real» lo puso en circulación el sociólogo Manuel Castells –ahora ministro de Universidades– a finales de los años 90 cuando escribió su trilogía La Era de la Información, en la que analizaba la sociedad de redes emergente en aquellos momentos. La expresión puede sonar paradójica –y de hecho lo es–, pero creo que refleja muy bien sensaciones también paradójicas como la del mayor, descrita en el párrafo anterior. Lo virtual nos remite a lo aparente y a aquello que puede ser (potencialmente) pero que no es (realmente). La virtualidad real, por tanto, es una cualidad que está presente en aquellas actividades que realizamos en las redes digitales y en las pantallas y que tienen, al tiempo, la posibilidad de hacerse reales para nosotros.

Esta virtualidad real ya existía antes de la popularización de internet, pero de un modo muchísimo más reducido, cuantitativa y cualitativamente hablando. Lo nuevo ahora, dirá Castells, es que la virtualidad es una de las dimensiones de nuestra realidad más cotidiana. En fin, este es un término que requeriría de más matices y debates, pero esta tarea desborda el espacio y el propósito de este artículo. De momento, la virtualidad real nos sirve para poner nombre a estas experiencias paradójicas que ha traído La Era de la Información y que, de algún modo, rompen con esa división entre relaciones en las pantallas y relaciones donde nos tocamos y abrazamos, porque estos mundos antes separados están, ahora, estrechamente unidos.

Pantallas que muestran y pantallas que ocultan

En otro orden de cosas, podemos pensar en torno a las pantallas desde varios de los significados posibles de esta palabra. Por un lado, las pantallas nos permiten ver lo que está al otro lado. Nos relacionamos con la pantalla de televisión, la del ordenador o la del móvil. Vivimos en la sociedad de las pantallas. Aunque lo que vemos en ellas nos puede parecer real, no es exactamente igual a la realidad que vemos, tocamos y pisamos. Tenemos otra experiencia de la realidad cuando esta nos llega a través de las pantallas. Entre otros motivos, porque la vemos desde un determinado punto de vista, seleccionado por otros y no por nosotros, que deja fuera de la pantalla unos elementos e incluye otros.

Durante el confinamiento hemos visto cómo eran las casas de muchos de nuestros amigos, familiares o personas entrevistadas en programas de televisión. Cuartos grandes, iluminados y decorados como en el suplemento dominical de El País o habitaciones oscuras, desordenadas y abigarradas. Videoconferencias en el salón de la casa, con mucho espacio al fondo, o en el cuarto donde se hace toda la vida, sin mucha profundidad.

La llamada brecha digital es
el abismo que separa a los que en
la Sociedad de la Información corren
en un Ferrari y los que van andando o
ni siquiera han salido a correr

Las pantallas nos permiten ver, en muchas ocasiones, lo que la otra persona quiere que veamos. O sea, que la casa se ha convertido en un plató de televisión y lo que aparece ha sido producido, construido. Durante el confinamiento uno de los productos estrella ha sido el falso decorado de Ikea, que simula una estantería de libros detrás del que habla, para darle más caché. Se llegó a vender al «módico» precio de 150 euros. Por poco más se pueden llegar a comprar unos cuantos libros reales que llenen la estantería. Pero bueno, así es la sociedad de las apariencias.

Por ello, las pantallas, además de mostrar, ocultan. Esconden de nuestra mirada lo que no quieren que veamos. Más aún, hay muchas personas que no han salido en las pantallas. Porque antes del confinamiento no tenían conexión a internet en casa. O porque con el confinamiento ha habido que recortar gastos y uno de ellos ha sido, para muchos, internet. En España tenemos de media más de un teléfono móvil por persona, pero no todo el mundo tiene en sus casas un ordenador. Y esta pantalla es fundamental para hacer la tarea del colegio, instituto o universidad. Es la llamada brecha digital, el abismo que separa a los que en la Sociedad de la Información corren en un Ferrari y los que van andando o ni siquiera han salido a correr. Una brecha digital que tiene mucho que ver con otras tantas brechas: económica, cultura, de clase social, etc. Nuestra sociedad tiene muchas brechas y genera otras tantas más.

Una de las dimensiones de la realidad que nos ocultan las pantallas es el olor. No podemos oler a las otras personas o el paisaje que estamos viendo. La genial película Parásitos nos ha venido a recordar que los pobres huelen. La virtualidad real se deja fuera el olor de las personas y de las cosas. Los pobres idealizados no huelen, pero los pobres reales sí. Los que se comprometen en su liberación lo saben, por experiencia propia. Sin necesidad de que se lo diga ninguna pantalla.