La excepción estaba en la respuesta vecinal

La excepción estaba en la respuesta vecinal
En medio de la pandemia han aflorado también redes espontáneas de solidaridad vecinal que han aliviado algo el total desamparo al que ha sido sometida la enorme población vulnerable de los barrios castigados.

Sectores de población exhaustos de tantas crisis, instaladas en la precariedad permanente, no han sido debidamente atendidos por las siempre escasas y lentas medidas públicas de apoyo, por los servicios sociales debilitados y rígidos y las instituciones formales de asistencia saturadas ante el aluvión de peticiones de auxilio.

Se trata de personas que han perdido el trabajo, que ha ido tirando siempre en la economía sumergida, perceptores de las rentas mínimas de inserción, trabajadores inmersos en expedientes de regulación de empleo que no saben cuándo cobrarán. Acierta el papa Francisco cuando dijo que «a las periferias no llegan las soluciones del mercado y escasea la presencia protectora del Estado».

Sin embargo, la ciudadanía más consciente y sensible ha derrochado su energía desde el primer momento para combatir, hasta donde han podido, la devastación social provocada por el coronavirus y el parón económico. Algunos cálculos, cifran en 500 las redes vecinales y de cuidado creadas por todo el país.

En principio, los vecinos y vecinas se prepararon para resolver las dificultades más evidentes. En los portales, escaleras y hasta en las paredes de las calles florecieron carteles de colectivos que se ofrecían a hacer la compra, adquirir medicamentos, bajar la basura, afrontar gestiones urgentes…

«Hicimos un grupo de Whatsapp y lo difundimos por las redes. Nos dimos cuenta de que no llegábamos a los que tenían necesidades, sino que nos uníamos los que queríamos ayudar. Así que decidimos empezar por lo que teníamos más cerca, y fue así como un grupo de personas que no se conocían entre ellas empezamos a buscar en nuestros portales y preguntando a gente cercana si necesitaban alguna cosa», cuenta Patricia Estruch, vecina de La Región en Catarroja y militante de la HOAC de Valencia.

German Pinilla, de la Asociación Vecinal Venecia Monte de Torrero, Zaragoza, en la que participan también militantes de la HOAC, explica cómo surgió la red en la que participa: «Nos juntamos un grupo de gente que nos conocíamos de antes, hicimos un cartel con el correo y teléfono y buscamos personas voluntarias a las que pedimos que nos indicaran que necesidades podían cubrir y a qué zonas llegaban». Pronto emergió otro tipo de necesidades: «Había gente que solo quería hablar, compartir su aislamiento, sus miedos y agobios».

Muy parecida es la experiencia de Javier Poveda, de la Asociación Vecinal del Lucero (Madrid) y militante de la HOAC: «Creamos el grupo de cuidados y nos contábamos las necesidades que surgían y respondíamos por privado para coordinar la respuesta con la persona que se había ofrecido». Igualmente, han prestado ayuda para hacer la declaración de la renta, han mediado para aplicar la moratoria en los alquileres, han evitado desahucios, han repuestos frigoríficos rotos, conseguido tablets para chavales…

Araceli Caballero, vecina de Gràcia (Barcelona) y colaboradora de esta revista, informa de que al inicio de la cuarentena «algunos colectivos convocaron en una plaza para crear una red de apoyo mutuo (Xarxa de suport mutu de Gràcia), con los canales comunicativos correspondientes». Además del apoyo para las necesidades urgentes también se formaron «redes contra el racismo, problemas de vivienda, violencia de género y protección de derechos sociales y laborales».

En Torrero, adoptaron el criterio de proximidad para guiar la intervención del aluvión de personas voluntarias: «Insistíamos que lo primero que había que hacer era hacerse cargo del entorno más cercano, del bloque, la casa o la parcela de al lado y ofrecerse a esas personas que podían tener alguna necesidad», comenta Pinilla. Muy similar pasó en Lucero: «Dividimos el barrio para que siempre fuera alguien de la zona donde había una necesidad la que la atendiera», dice Poveda. Del mismo modo se expresa Estruch: «Nos vamos repartiendo las necesidades según la zona de cercanía».

Las colas del hambre

Isidro Pérez, de la Asociación Vecinal de Palomeras, en Vallecas (Madrid), donde hay una notable presencia de militantes de la HOAC, relata el origen de una de las primeras despensas solidarias creadas. «Empezaron a llegar peticiones para conseguir comida, cenas, desayunos y gente de nuestro grupo “Somos Tribu” se ofreció a hacer la compra a estas familias. Luego repartíamos los gastos y se pagaba a través de una aplicación. Pero era un lío de idas y venidas de dinero, de horas en supermercados y decidimos ofrecer nuestra cuenta como asociación centralizar las compras y hacer bolsas para las familias».

En Lucero, que comparte distrito, en esta caso Latina, con Aluche, cuya asociación vecinal ha llamado mucho la atención al organizar entregas de alimentos que han generado colas de cientos de personas, se resistían a ofrecer alimentos, por una cuestión de principios, «entendíamos que era obligación de la administración. Nuestro papel es denunciar, proponer…», en palabras de Poveda.

Había gente que se quedaba fuera, por no haber estado nunca en el circuito de los Servicios Sociales o Cáritas, no tener papeles, no hablar bien el idioma

Hasta que la necesidad les sobrepasó: «No bastaba con derivarles a los Servicios Sociales, sobrepasados, ni a los puntos de entrega, ni comedores sociales. Había gente que se quedaba fuera, por no haber estado nunca en el circuito de los Servicios Sociales o Cáritas, no tener papeles, no hablar bien el idioma…».

No obstante, evitan las colas por salud pero también por no someter a las personas a largas esperas. «Atendemos por cita previa, les pedimos el nombre y que nos cuenten para poder hacer un seguimiento de su situación y tener en cuenta las intolerancias o costumbres alimentarias», remata Poveda.

También en Torrero, acabaron por responder a las necesidades de alimentación: «Hay gente que no tiene para comer y encima recibimos llamadas del Ayuntamiento, de la Comunidad, que trabajaban bajo mínimos y nos derivaban sus casos», detalla Pinilla.

En el barrio barcelonés del Besós, la respuesta a la necesidad de alimentación ha sido algo diferente. Jordi Domingo, jefe de estudios del instituto de la zona y militante de la HOAC, ha tenido que gestionar el reparto de tarjetas-comedor, cargadas con 20 euros para gastar a la semana y concedidas por el Departament d’Ensenyament de la Generalitat (también de tablets), a 125 familias.

Lo que ha quedado claro, según Poveda, es que «la administración no llega, no tienen gente, no tienen hábito de trabajar en red para incluir a la gente», aunque admite que el objetivo de su asociación es «terminar cuanto antes con esto», en referencia al reparto de comida.

Por lo pronto, como dice Caballero, todo esto hará que queden «vecinos y vecinas que nos conocemos y reconocemos, nos saludamos, contamos las unas con los otros».

Para Pinilla, estas iniciativas tienen todavía un largo recorrido, «esto no se va a solucionar pronto y cuando se levanten las moratorias, los ERTE, ly leguen los despidos habrá todavía mucha gente que lo pasará bastante mal». Estas redes de solidaridad han servido, en su opinión, «para poner al día las relaciones entre vecinos y sus asociaciones que necesitaban reinventarse, abrirse a más colectivos, reunir fuerzas y aunar recursos para plantar cara a los tiempos duros que nos esperan».

Ahora más que nunca, son las personas, las comunidades, los pueblos quienes deben estar en el centro, unidos para curar, cuidar, compartir

Estruch es de la opinión de que «el valor de esta red es la construcción de una herramienta propia, del barrio (pueblo), formada por personas cercanas, para cuidarnos y buscar soluciones en común». También Francisco en su carta a los movimientos populares del pasado 12 de abril, en el que apuntaba la posibilidad de estudiar la implantación de un salario universal, apelaba a la unión para sostenerse mutuamente: «Ahora más que nunca, son las personas, las comunidades, los pueblos quienes deben estar en el centro, unidos para curar, cuidar, compartir».