La base de la pirámide

La base de la pirámide

La camarista
Directora: Lila Avilés
Nacionalidad: México
Intérpretes: Gabriela Cartol, Teresa Sánchez, Agustina Quinzi
Estreno: 2020
En Vimeo y Amazon Prime Video

El cine se sitúa entre el entretenimiento puro y el documento que refleja una sociedad. Y una película siempre es un híbrido entre ambos extremos.

Un film con intención de denuncia suele tomar elementos del suspense y muy habitualmente añade una orientación épica en la que el bienvence. O bien, toma un enfoque derrotista y se erige en un intenso drama sin esperanza. Ambos casos disgusta a la crítica actual. Al segundo lo tacha de drama lacrimógeno. Al primero pertenece la épica movilizadora, el estilo emancipador que remueve para provocar que el espectador se active fuera de la sala. Y su mayor exponente es Ken Loach.

Un film social aporta datos e imágenes que definen a un colectivo. A ello puede añadir situaciones personales íntimas que ayudan a entender y distinguir a la persona dentro del grupo.

A este pertenece La camarista, primer largo de la directora mexicana Lila Avilés, que evita cualquier tono épico, construyendo un film de ficción muy bien documentado sobre una persona de la limpieza en un hotel con el mayor número de estrellas.

El fotograma de este artículo define a mi entender la apuesta de Avilés en el relato. El desarrollo tecnológico facilita que una persona pueda fijar la temperatura exacta del agua en su bañera, modificándola a capricho con un pulso digital. Pero en la escena, nadie toma el baño. Lo limpia una camarera de hotel que sale de noche de casa, habla furtivamente por teléfono (fijo) con su hijo desde el hotel y regresa cuando ya está acostado. Revelando la tensión entre el avance técnico y la desigualdad social, que parecen darse la espalda.

La protagonista evita heroicidades y traza un plan para mejorar su pervivencia, pero el film supera la dicotomía «lo conseguirá / no lo conseguirá» para enfatizar que se encontrará siempre en la lucha, y que esta continúa tras el telón.

La directora nos presenta a unos personajes sin grandes mezquindades ni bondades especiales. Ni por pobres, buenos. Ni por ello, desalmados. Se ayudan, si se da la situación, y mientras se de. Y evita atribuirles apasionamientos peliculeros. Tenemos delante a personas que no pierden el tiempo en sentirse desafortunadas o agraciadas.

Sin crearlo a través del montaje (con encabalgamiento de escenas o una banda sonora saltarina), el espectador sentirá en determinados momentos cierta angustia, al ver hacer una cama a toda velocidad (sin pegar la cámara al rostro desencajado, otro artificio evitado) o al recibir llamadas del superior con más trabajo, ahora que acababa de probar bocado. Sentirá el miedo a perder el puesto de trabajo y todo lo construido al menor traspiés.

Y comprenderá la aplicación de las enseñanzas de aquel estratega romano del «divide y vencerás» con la estructura de salarios habidos en la pirámide camarista. Donde una suite de todo lujo es la que da sentido a todo el entramado.