Liberar y recomponer el trabajo

Liberar y recomponer el trabajo
Con esta propuesta, queremos estimular debate público sobre las políticas de largo recorrido que piensen el trabajo desde una clave liberadora; que permitan una vida plena y responder al reto de la crisis socioambiental que afecta a la humanidad*.

Se hace más necesario que nunca promover en el debate político, que trasciende lo que son las instancias legislativas y de gobierno, la necesidad de utilizar «las luces largas» a la hora de plantear iniciativas que sirvan a un horizonte de paz y justicia, también en lo que concierne a este conflicto capital-trabajo.

El movimiento de los trabajadores deberá organizarse y confluir con nuevas propuestas en un escenario caracterizado por una sociedad con mayores diferencias sociales, en la cual es cada vez más reducido el sistema de protección social a favor de las franjas de los ciudadanos más débiles. Segmentos de nueva marginación del trabajo (y del no trabajo) que se amplía cada vez más llegando a estratos de sociedad que hasta no hace muchos años eran considerados estables e integrados.

Las transformaciones estructurales que caracterizan el sistema socioeconómico son también, y quizás sobre todo, transformaciones en el ser y en la interrelación de los nuevos sujetos productivos y sociales en general, y esto no es posible entenderlo e interpretarlo solo a través de análisis todavía basados sobre la centralidad obrera y de fábrica y sobre un papel del Estado ahora ya superado. La evolución del proceso de desarrollo económico tiene necesidad de nuevas lógicas interpretativas, de nuevos instrumentos ignorados de los análisis económicos de tipo «industrialista», «fordista» o del modernismo posfordista.

Nuevas interpretaciones que, investiguen, en el plano de las nuevas relaciones industriales, y sean capaces de individualizar los caracteres estructurales de los sistemas productivos locales basados en el trabajo flexible; de analizar la intensificación de los ritmos, las nuevas formas de la división del trabajo, la acelerada especialización productiva; la multiplicidad de los sujetos económicos, los nuevos sujetos del mundo del trabajo; la disolución de la relación laboral en una relación mercantil que vuelve estéril la intermediación sindical.

1. De las experiencias al programa

Todas estas necesidades políticas y organizativas van configurando un espacio social en el que la fragmentación del trabajo dependiente diluye su carácter universal, lo diluye como procedimiento de socialización y de conformación de la identidad individual y colectiva.

Una fragmentación que, por un lado, debilita a los trabajadores dependientes como sujeto en el conflicto social, pero al mismo tiempo, impide dotar de coherencia productiva de largo plazo al programa neoliberal y abre nuevos espacios de quiebra del mismo, nuevos frentes de lucha y conflicto en torno al tiempo negado, al trabajo no mercantil, a la posibilidad de configurar nuevas redes de seguridad y socialización poscapitalistas.

Asistimos a propuestas y prácticas particulares que se están desarrollando en múltiples nichos de la vida social, asociativa, organizada de los sectores sociales dominados, pero que todavía no constituyen un programa coherente de alternativas al orden jerárquico neoliberal. Hay que tener en cuenta que el modo de producción capitalista se apoya en un modelo de comunicación eficiente que se concreta en programas de control productivos y sociales, en una representación del poder capitalista como dominio total y normal de los mecanismos sociales, económicos y culturales.

Romper con la idea de que no hay alternativa posible al margen de las leyes fetichistas del mercado y del orden del capital es la primera necesidad cultural para poder ir construyendo una vida más digna en el trabajo y un trabajo que dote de dignidad y sentido a las personas.

La segunda, es la necesidad de un cambio radical sociocultural que modifique el sentido común, que invierta las relaciones causales entre la economía y la política, para generar nuevas formas de economía plural y solidaria a través del instrumento político de la democracia participativa.

«Darle prioridad al tiempo es ocuparse de iniciar procesos más que de poseer espacios. El tiempo rige los espacios, los ilumina y los transforma en eslabones de una cadena en constante crecimiento, sin caminos de retorno. Se trata de privilegiar las acciones que generan dinamismos nuevos en la sociedad e involucran a otras personas y grupos que las desarrollarán, hasta que fructifiquen en importantes acontecimientos históricos. Nada de ansiedad, pero sí convicciones claras y tenacidad» (Francisco, Evangelii gaudium, 223).

2. Subordinar la economía a la democracia

No hay que perder de vista que la política siempre ha estado al servicio de la economía, al menos desde el siglo XIX. Aunque el discurso político ocultaba precedentemente estos intereses en la esencia de la economía, en el siglo XX hubo un giro, el discurso político ha sido colonizado por los intereses económicos, hasta tal punto que hoy parece que hablar de política equivale, exclusivamente, a hablar de economía, de gasto público, de intereses, de impuestos, de marcas legales, de legislación del trabajo o legislación comercial. Esto es lógico en un sistema que subordina el desarrollo social a los intereses del mercado.

Por este motivo, una alternativa global redefine el discurso político en el terreno de lo social y subordina, a este discurso político sobre lo social, el discurso económico y el discurso político sobre la economía. Es necesario construir de manera independiente las propias perspectivas moviéndose inmediatamente en plena autonomía de cualquier modelo asociativo, de concertación y de coadministración de la crisis.

El movimiento de los trabajadores hacia nuevas formas de organización de la producción y el consumo no puede y no debe ser elemento coadministrador de la crisis, sino debe encontrar, por el contrario, en la crisis, los elementos para fortalecer su subjetividad política.

Subordinar la economía a la política sería una alternativa a la mundialización capitalista realmente existente, invirtiendo la lógica del programa capitalista y neoliberal, esto es, logrando la subordinación del capital al trabajo, de la producción al ser humano.

3. Reorganizar el trabajo, socializar el trabajo

Frente a las transformaciones de la organización del trabajo, del modelo de producción, de la forma de Estado, la actuación de los trabajadores, su disponibilidad al conflicto, cuando todavía está presente en ellos la exigencia de representación sindical y política (instrumento colectivo de solución y transformación de la propia condición laboral, social y subjetiva) requiere llevar a cabo un «análisis científico», como modo de «hacer política», un modo de experimentar, sobre el terreno, con los trabajadores, en una experiencia colectiva de formación y autoformación político sindical.

La solución se debe buscar en un reforzamiento del sistema de bienestar, en un aumento de su grado de eficiencia, en una búsqueda de equilibrio estructural entre entradas y gastos, entre modos de financiamiento y tipos de prestaciones. Esto solo puede suceder con la recuperación de la certeza de los derechos adquiridos, la ampliación de la base ocupacional, la regularización de las miles formas de trabajo en negro y atípico, políticas inmediatas de reducción del horario de trabajo a igualdad de salario, una seria lucha a la evasión y elusión fiscal y contributiva, y formas significativas de impuestos a las rentas financieras y a los movimientos de capital con carácter especulativo, con la institución de la renta social mínima para desocupados y trabajadores precarios y la formación continua remunerada. Veamos con más atención algunos de estos asuntos.

4. Renta mínima vital

La renta social mínima generalizada para toda la población se contrapone al Estado de la privatización, que supone la demolición del Estado social, y la creación del «bienestar de los miserables». Y esta propuesta vuelve a poner en el centro el conflicto capital-trabajo, por una sociedad de los derechos del trabajo, del derecho al trabajo, por un Estado social de los nuevos derechos de ciudadanía.

5. Del Estado regulador al Estado satisfactor de necesidades

Para este fin se requiere proponer las funciones no solo de un Estado regulador, sino al mismo tiempo las de un Estado administrador y empleador que redistribuya renta y riqueza a través de la renta social mínima, de la formación continua gratuita y pagada, de la construcción pública de viviendas con alojamiento gratuito para quienes tiene bajos ingresos, de las inversiones productivas y de la creación de puestos de trabajo verdaderos y con derechos completos, que estén orientados a satisfacer necesidades reales de la población; todo esto es sostenible mediante una equidad fiscal que golpee la evasión, la especulación de los capitales por inversión financiera y con la recaudación de impuestos totales generales de capitales para ser destinados a la lucha contra la pobreza y para las exigencias socioambientales y ocupacionales; es decir, una equidad distributiva que fortalezca el Estado social determinando un bienestar sobre la base del desarrollo y consolidación de los nuevos derechos de ciudadanía fundados en la socialización de la acumulación del capital.

El cambio tecnológico puede representar
un progreso técnico y social,
si es fruto de una decisión
colectiva de los trabajadores

6. La cuestión trabajo-tecnología al centro de la política

El cambio tecnológico puede representar un progreso técnico y social, si es fruto de una decisión colectiva de los trabajadores, mayoritaria, responsable, abierta al diálogo, negociada y pactada. Desde la época luddista, la de aquellos obreros que destruían las máquinas que suplantaban su puesto de trabajo en las fábricas textiles, los sindicatos de los trabajadores han renunciado a controlar, a regular y a participar en el sentido y la orientación del cambio técnico.

Ha sido esta una decisión que se ha dejado siempre en manos de los empresarios y del capital. Invertir esta tendencia secular implica entender de manera diferente el desarrollo democrático, entender que el debate sobre la tecnología, que es siempre un debate sobre modelos de sociedad, exige que entre los trabajadores haya una cultura tecnológica, que hoy no se da, y que existan, también, unas instituciones que sirvan para encauzar y organizar el debate sobre el cambio técnico y, de este modo, pueda realizarse una oposición de forma efectiva, por ejemplo, al proceso actual de privatización de los recursos y al de la sustitución de la orientación científica crítica en las universidades por una orientación tecnocrática complaciente con los servicios de los poderes instituidos, que son el paso que precede al desarrollo tecnológico, contrario a los intereses de las mayorías sociales.

Hoy día es más bien fácil obtener financiamiento para un proyecto que sea funcional a los intereses de la empresa, pero es muy difícil obtenerlo para un proyecto que no tenga rentabilidad comercial a breve plazo.

También esto forma parte del debate que deberá inaugurarse entre todos los trabajadores y los intelectuales militantes y orgánicos de la clase de los trabajadores, para orientarse correctamente sobre qué tecnología promover en función del progreso técnico social, el cuidado del medioambiente, del bien común y la atención a los más necesitados, y no solo en función del consumismo, la productividad y la rentabilidad a corto plazo del capital.

Solo si se da un debate sostenido de estas cuestiones, se podrá concluir con la propuesta de un proyecto planificado central fiscal que sepa dirigir los recursos hacia inversiones en tecnología con fuerte compatibilidad ambiental y social para promover la dimensión socioecológica del desarrollo con sostenibilidad cualitativa.

«Los nuevos conocimientos y tecnologías, gracias a sus enormes potencialidades, pueden contribuir en modo decisivo a la promoción del progreso social, pero pueden convertirse en factor de desempleo y ensanchamiento de la distancia entre zonas desarrolladas y subdesarrolladas, si permanecen concentrados en los países más ricos o en manos de grupos reducidos de poder» (Compendio de DSI, 283).

«En efecto, “la técnica podría constituirse, si se aplicara rectamente, en un valioso instrumento para resolver graves problemas, comenzando por el del hambre y la enfermedad, mediante la producción de variedades de plantas más avanzadas y resistentes y de muy útiles medicamento”. Es importan te, sin embargo, reafirmar el concepto de “recta aplicación”, porque “sabemos que este potencial no es neutral: puede ser usado tanto para el progreso del hombre como para su degradación”.

Por esta razón, “es necesario mantener una actitud de prudencia y analizar con ojo atento la naturaleza, la finalidad y los modos de las diversas formas de tecnología aplicada”. Los científicos, pues, deben “utilizar verdaderamente su investigación y su capacidad técnica para el servicio de la humanidad”, sabiendo subordinarlas “a los principios morales que respetan y realizan en su plenitud la dignidad del hombre”» (Compendio de DSI, 458).

7. Un Estado empleador en última instancia

Se precisa un Estado social que logre garantizar los derechos adquiridos por los trabajadores, por los pensionistas, por todos los ciudadanos, que satisfaga las nuevas necesidades, a partir de un moderno sistema de tasación que se mueva significativamente hacia la fiscalización de transacciones de los capitales financieros de carácter especulativo (una tasa Tobin amplia y decididamente incisiva), comenzando por el financiamiento del sistema de protección social total, completamente público, que debe ser efectuado a través de una directa participación contributiva de fuentes de ganancias, derivadas del capital y de rentas financieras.

Las economías periféricas europeas –en particular la española– precisan, para salir de la actual decadencia, una política de creación masiva de puestos de trabajo. Las inmensas necesidades sociales no satisfechas (desde la vivienda y los servicios básicos no cubiertos, hasta los servicios culturales, y las atenciones y cuidados para las personas de diversas maneras no autosuficientes, los servicios sociales centrales y locales, desde la salud hasta la formación, la educación continua, y los servicios de administración y cuidado del ecosistema, etc.) todas estas necesidades requeridas para llevar una vida digna y de calidad y no cubiertas para amplias capas de la población, nunca serán satisfechas acudiendo a mecanismos de mercado, porque es incapaz de suministrar los servicios indispensables para mejorar significativamente el bienestar de la población. Pero sí pueden ser cubiertas, a medio plazo, con un programa ambicioso y continuado de capacitación y creación de puestos de trabajo.

8. Liberar el tiempo de no trabajo: necesitamos la jornada de seis horas, cuatro días

Por último, una reflexión sobre la que debería ser quizá la primera, o una de las primeras, propuestas a llevar a cabo. Reducir la jornada de trabajo es un imperativo humanitario, condición necesaria para desplegar el tiempo creativo al margen del trabajo subordinado, y para recuperar el control sobre la propia creatividad en el trabajo social, mercantil o de otro tipo. En el siglo XIX, la progresiva emancipación y autonomía de decisión de los trabajadores se tradujo en la progresiva reducción de la jornada de trabajo, de 16 a 12, a 10 y a 8 horas. Por el contrario, desde que se desplegó el capitalismo fordista del siglo XX, los trabajadores renunciaron a nuevas reducciones de jornada, a cambio de participar en el festín del consumo de masas –al menos en los países del centro desarrollado–. Se requiere recuperar en términos de redistribución los inmensos aumentos de productividad del ciclo de acumulación fordista y posfordista, reivindicando de inmediato una reducción generalizada del horario de trabajo a paridad de salario real.

Y, sin embargo, las 8 horas de trabajo son demasiadas horas, si se tienen en cuenta las enormes ganancias de productividad alcanzadas en el siglo pasado, muy superiores a las logradas en el siglo XIX. Quizá la dificultad para reducir significativamente la jornada, por debajo de las 8 horas diarias, sea más política que técnica o económica, pues siendo esta la jornada máxima que se puede hacer trabajar a un caballo sin riesgo de que muera derrengado, aplicar dicha jornada al trabajo humano, es decir, hacer que las personas trabajen como los caballos, permite que dediquen el resto del tiempo a recuperar fuerzas con el consumo y el descanso, y no se dediquen a trabajar en cosas que pudieran ser molestas para el mercado, para el capital, para la lógica del beneficio como criterio fundamental de actuación social.

La reducción de la jornada de trabajo
es condición imprescindible para hacer frente
al  cambio climático,
y para permitir la autoorganización

No se trata solo de trabajar menos para trabajar todos, como anunciaba el título de un importante libro de Guy Aznar publicado por Ediciones HOAC en los años noventa. La reducción de la jornada de trabajo es condición imprescindible para hacer frente al enorme problema medioambiental del cambio climático, y para liberar un tiempo no ya para recuperar fuerzas y consumir, sino para permitir la autoorganización del tiempo de no trabajo, y sea un tiempo de producción de bienes y servicios gratuitos, que permita avanzar en la construcción de una nueva organización de las relaciones sociales basada en los principios del bien común, el don y la gratuidad. Sin tiempo liberado para el trabajo conscientemente socializado, el trabajo dependiente seguirá siendo la principal fuente de alienación y empobrecimiento físico y cultural para capas de la población cada vez más amplias.

«Se puede hablar de socialización únicamente cuando quede asegurada la subjetividad de la sociedad, es decir, cuando toda persona, basándose en su propio trabajo, tenga pleno título a considerarse al mismo tiempo «copropietario» de esa especie de gran taller de trabajo en el que se compromete con todos. Un camino para conseguir esa meta podría ser la de asociar, en cuanto sea posible, el trabajo a la propiedad del capital y dar vida a una rica gama de cuerpos intermedios con finalidades económicas, sociales, culturales: cuerpos que gocen de una autonomía efectiva respecto a los poderes públicos, que persigan sus objetivos específicos manteniendo relaciones de colaboración leal y mutua, con subordinación a las exigencias del bien común y que ofrezcan forma y naturaleza de comunidades vivas; es decir, que los miembros respectivos sean considerados y tratados como personas y sean estimulados a tomar parte activa en la vida de dichas comunidades» (san Juan Pablo II, Laborem exercens, 14).

*Este Tema del Mes ha sido elaborado a partir del Cuaderno HOAC número 19: Política y políticas para un trabajo digno. En concreto, su introducción y el capítulo 5.

Francisco primerea

Al poco de entregarse el texto del Cuaderno HOAC 19, Política y políticas para un trabajo digno, el mundo quedó en suspenso por el avance de la COVID-19. El papa Francisco ha desplegado una gran energía, con iniciativas diversas, para atender la emergencia y empezar a construir un mundo más sano y solidario, lo que incluye la organización y comprensión del trabajo.

Ya en la emotiva oración del 27 de marzo, con motivo del avance de la pandemia, ofrecía claves precisas para afrontar el azaroso tiempo en el que habíamos entrado: «El Señor nos interpela y, en medio de nuestra tormenta, nos invita a despertar y a activar esa solidaridad y esperanza capaz de dar solidez, contención y sentido a estas horas donde todo parece naufragar. El Señor se despierta para despertar y avivar nuestra fe pascual».

«Este no es el tiempo de la indiferencia, porque el mundo entero está sufriendo y tiene que estar unido para afrontar la pandemia», dijo ya en su Mensaje urbi et orbi del 12 de abril, al tiempo que abogada por promover el bien común: «Animo a quienes tienen responsabilidades políticas a trabajar activamente en favor del bien común de los ciudadanos, proporcionando los medios e instrumentos necesarios para permitir que todos puedan tener una vida digna y favorecer, cuando las circunstancias lo permitan, la reanudación de las habituales actividades cotidianas».

Pasando de las palabras a los hechos, el propio Francisco ha impulsado la creación de la Comisión de la Santa Sede para el COVID-19 dentro del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, para «actuar ahora», pero también para «pensar inmediatamente en lo que pasa después» (Léase la entrevista a Augusto Zampini, uno de sus responsables, publicada en noticias obreras de junio 2020)

Los paradigmas tecnocráticos no son suficientes
para abordar esta crisis
ni los otros grandes problemas de la humanidad

Su llamamiento a cambiar las prioridades políticas es claro. Así se expresaba en la carta a los movimientos populares, también del 12 de abril: «Espero que los gobiernos comprendan que los paradigmas tecnocráticos (sean estadocéntricos, sean mercadocéntricos) no son suficientes para abordar esta crisis ni los otros grandes problemas de la humanidad. Ahora más que nunca, son las personas, las comunidades, los pueblos quienes deben estar en el centro, unidos para curar, cuidar, compartir».

El Papa conoce bien las penalidades de quienes trabajan en la economía informal, como demostró, de nuevo, en esta carta: «Muchos de ustedes viven el día a día sin ningún tipo de garantías legales que los protejan. Los vendedores ambulantes, los recicladores, los feriantes, los pequeños agricultores, los constructores, los costureros, los que realizan distintas tareas de cuidado. Ustedes, trabajadores informales, independientes o de la economía popular, no tienen un salario estable para resistir este momento… y las cuarentenas se les hacen insoportables». Ahí fue donde lanzó su propuesta de un ingreso para quienes quedan excluidos de las relaciones laborales: «Tal vez sea tiempo de pensar en un salario universal que reconozca y dignifique las nobles e insustituibles tareas que realizan; capaz de garantizar y hacer realidad esa consigna tan humana y tan cristiana: ningún trabajador sin derechos».

También, insistió en la necesidad de ser creativos. Después de reconocer a los integrantes de estos movimientos como «verdaderos poetas sociales, que desde las periferias olvidadas crean soluciones dignas para los problemas más acuciantes de los excluidos», les invitó a «pensar en el “después” porque esta tormenta va a terminar y sus graves consecuencias ya se sienten. Ustedes no son unos improvisados, tienen la cultura, la metodología pero principalmente la sabiduría que se amasa con la levadura de sentir el dolor del otro como propio. Quiero que pensemos en el proyecto de desarrollo humano integral que anhelamos, centrado en el protagonismo de los Pueblos en toda su diversidad y el acceso universal a esas tres T que ustedes defienden: tierra, techo y trabajo».

En su sincera y cercana misiva, Bergoglio dejó alguna pincelada de cómo estaba viviendo este tiempo: «Espero que este momento de peligro nos saque del piloto automático, sacuda nuestras conciencias dormidas y permita una conversión humanista y ecológica que termine con la idolatría del dinero y ponga la dignidad y la vida en el centro». Además, volvió a definir certeramente el signo de unos tiempos tan aciagos: «Nuestra civilización, tan competitiva e individualista, con sus ritmos frenéticos de producción y consumo, sus lujos excesivos y ganancias desmedidas para pocos, necesita bajar un cambio, repensarse, regenerarse».

Para Francisco, las organizaciones a pie de calle tienen mucho que aportar: «Ustedes son constructores indispensables de ese cambio impostergable; es más, ustedes poseen una voz autorizada para testimoniar que esto es posible. Ustedes saben de crisis y privaciones… que con pudor, dignidad, compromiso, esfuerzo y solidaridad logran transformar en promesa de vida para sus familias y comunidades».

No solo ha apelado, a los voluntarios, trabajadores organizados o responsables políticas, sino que llama a todas las personas de buena voluntad a comprometerse por un desarrollo sostenible e integral: «¿Estaremos dispuestos a cambiar los estilos de vida que sumergen a tantos en la pobreza, promoviendo y animándonos a llevar una vida más austera y humana que posibilite un reparto equitativo de los recursos? ¿Adoptaremos como comunidad internacional las medidas necesarias para frenar la devastación del medio ambiente o seguiremos negando la evidencia?», se preguntaba en Un plan para resucitar, publicado por Vida Nueva, el 17 de abril. De nuevo, reiteraba su llamamiento: «La civilización del amor se construye cotidianamente, ininterrumpidamente. Supone el esfuerzo comprometido de todos. Supone, por eso, una comprometida comunidad de hermanos».

«Espero que la crisis sea una oportunidad de poner en el centro de nuestras preocupaciones la dignidad de las personas y la dignidad del trabajo», pronunció en la audiencia del 6 de mayo, refiriéndose a la celebración del Día del Trabajo, en este año tan atípico, y a la información recibida sobre la explotación de trabajadores inmigrantes en el campo italiano.

A principios de junio, aprovechó la celebración del Corpus Christi para pedir a la comunidad cristiana compromisos tangibles: «Es urgente que ahora nos hagamos cargo de los que tienen hambre de comida y de dignidad, de los que no tienen trabajo y luchan por salir adelante». De hecho, fue la plasmación de cómo continuar la acción eucarística en la realidad más apremiante. «Y hacerlo de manera concreta, como concreto es el pan que Jesús nos da. Hace falta una cercanía verdadera, hacen falta auténticas cadenas de solidaridad. Jesús en la Eucaristía se hace cercano a nosotros, ¡no dejemos solos a quienes están cerca nuestro!».