«Revestíos de la fuerza de Dios»

«Revestíos de la fuerza de Dios»

El verano, pese a los rebrotes, nos ha alejado de la pandemia y del confinamiento. Septiembre abre las puertas a una «normalidad» poco de novedosa y que reivindica «otra normalidad» verdaderamente humana, que ponga la persona, y especialmente a las abandonadas, empobrecidas y excluidas, en el centro de todas las preocupaciones políticas, económicas, sociales, culturales y religiosas. Y para ello, nos viene como anillo al dedo, la invitación de Pablo: «Revestíos de la fuerza del Señor…, porque nuestra lucha… es contra los dominadores de este mundo tenebroso…» (Ef 6, 10-13).

La normalidad anterior, hilvanada con los hilos del individualismo, de la indiferencia, de la explotación de las personas y de la casa común, de la acumulación capitalista, del machismo y de la xenofobia, de la precariedad laboral y de los sueldos de miseria… no es la solución a lo que nos pasa sino que es nuestro mayor problema.

Pero, ¿quién reunirá las fuerzas necesarias para hacerle frente a tal desafío? ¿Quién resistirá la oposición del neoliberalismo económico tan asentado en las entrañas de la sociedad? ¿Quién alimentará las motivaciones para no sucumbir en este intento?… El Evangelio de Jesús, bien puede ayudarnos a ello:

«Unidos en el proyecto de hacer un mundo más humano» (Mt. 18, 20). La transformación del Imperio, no fue fruto de grandes alianzas sociales, ni de la colaboración de influyentes fuerzas económicas, políticas, ideológicas y religiosas, sino de pequeños grupos, insignificantes para los poderosos, que se reunían en el nombre de Jesús para aprender juntos a vivir solidariamente. Y, con Jesús, todo es posible.

«A la Justicia por el perdón» (Mt. 18, 21-35). Hoy como ayer, vivimos en sociedades conflictivas, competitivas y violentas, hasta el límite de la deshumanización. Por fin, las ciencias humanas acuden a la compasión y el perdón, realidades hondamente humanas, para combatir la injusticia y establecer la justicia. Hace más de veinte siglos, Jesús propuso el perdón como el único camino eficaz para ser justos y luchar por la justicia.

«Tratad a todos por igual, para respetar las diferencias» (Mt. 18, 21-35). Jesús contó una parábola desconcertante: Un señor que contrata a trabajadores en horas distintas y al final a todos les pagó lo mismo. Los primeros protestan, no recibir el mismo salario, sino «por tratar a los últimos igual que a nosotros» y «no se lo han merecido». Rechazando y excluyendo no se construye humanidad.

«Hacer lo que hay que hacer» (21, 28-32). Vivimos una cultura de la «acedia», de la «desidia», de la «indolencia», de «incoherencia»… Donde un «no», puede ser «sí», y de un «sí» que puede ser «no». Política y religiosamente hablando, esto es demoledor, porque supone una renuncia a la responsabilidad de las propias convicciones o credos y a llevar una vida de profesionales de la religión o de la política, como un «seguro de vida». Por eso Jesús, concluye: «Los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del Reino de Dios».