Cuidado con creernos que ya somos resilientes

Cuidado con creernos que ya somos resilientes
Cada vez de manera más habitual escuchamos que somos resilientes. En los discursos, en las canciones, entre nuestras conversaciones e incluso entre las de los gestores y responsables de las políticas públicas. También en nuestros planes pastorales diocesanos.

La resiliencia se ha acomodado entre nosotros como la gran «virtud» a la que todos aspiramos, por la cual las dificultades parecen menores, ya que somos capaces de afrontarlas. Somos personas resilientes, familias resilientes, escuelas resilientes, organizaciones resilientes y hasta ciudades enteras resilientes. Todos estamos preparados para adaptarnos a las adversidades que vayan llegando, las que ya están y las futuras. Y es aquí, donde hemos de pararnos antes de seguir con nuestra virtud de adaptación.

Desde mi pequeña aportación al estudio de la resiliencia, en el que llevo años explorando las oportunidades que este nuevo paradigma nos ofrece para el desarrollo del bienestar social, quisiera introducir en el debate actual del «ser resilientes» las siguientes claves de reflexión:

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