José Cobo: “La precariedad es un virus invisible”

José Cobo: “La precariedad es un virus invisible”
El obispo auxiliar de la diócesis de Madrid, José Cobo, en su intervención en la XII vigilia por las víctimas de la crisis celebrada el sábado, ha advertido que “las víctimas y los frágiles sufrirán un ajuste en el que quedarán excluidos”, por lo que ha invitado a la comunidad cristiana a hacer de la gratitud y fragilidad, “fuentes de reparación”.

“Queremos orar, presentar a Dios y a la comunidad, y a nuestro mundo, esta realidad que se hace nueva y quiere ser colocada ante la luz pascual de la esperanza que Cristo nos ofrece para iluminarla, aprender a acogerla, a pesar del sufrimiento, y hacer de la solidaridad un acto de amor pascual”, ha señalado* como el gran objetivo de la vigilia de oración y tarea permanente para la Iglesia de Madrid.

Cobo ha invitado a “mirar a los ojos a un viejo problema de nuestro mundo: el desempleo de siempre, agudizado por la crisis de hoy y por la situación precaria de tantos migrantes últimos de los últimos” y a tener muy en cuenta que “como antes de la pandemia, el tener trabajo no es signo de poder salir de la pobreza o de posibilidad para tener vivienda, poder sacar a la familia adelante o promocionarse personalmente”. Es más, ha llegado a decir que “la precariedad es un virus invisible que ataca sin ser descubierto y sin tomar medidas algunas”.

En plena celebración de la Pascua y en medio de una crisis, “que no es igual para todos”, como ha indicado el obispo auxiliar, ha invitado a la oración, como “el mejor acto de amor” y escuela para “mirar este tiempo de pandemia con los ojos del resucitado” y a “caminar para ponernos al lado de tanta gente” y volver a Jerusalén para saber cómo “construir cenáculos y comunidad desde la vida de estas víctimas”.

“Estamos llamados a mostrar al mundo la belleza de la comunidad generando espacios fraternos liberados del mercantilismo, donde la gratuidad y la fragilidad son fuentes de reparación. Estamos llamados a crear espacios comunitarios donde se acoge a todos y se generen procesos donde cada persona pueda regenerar su identidad, sus vínculos sociales y su vocación”, ha subrayado.

“No alcanzaremos un nivel ético adecuado en la salida de esta situación si no se atiende a sostener la dignidad de la cada persona por medio del trabajo. Sin él no alcanzaremos ni la altura ética ni la paz social que merecemos”, ha señalado y ha insistido en que “son las víctimas quienes nos sostienen, enseñan y alientan, porque en ellas Cristo se queda y alumbra la esperanza”.

Nombres y rostros de la crisis

La jornada ha contado, igualmente, con el testimonio de personas acompañadas por Cáritas de Madrid y la Pastoral Penitenciaria, que han expuesto las necesidades de acompañamiento que han detectado durante los peores momentos del asilamiento decretado.

Posteriormente ha habido un rato de oración, con la intención de que cambie la vida, como decía Santa Teresa, por el sacerdote y consiliario de Hermandades del Trabajo, Ignacio Mª Fernández, que ha recordado palabras del padre Arrupe, cuando decía que “el mundo de hoy necesita la verdadera luz de la esperanza que le devuelva la alegría y el bienestar” y pedía a las personas que forman el Pueblo de Dios que “nuestras vidas sean tales que muestren el camino de la verdad e induzcan a los otros a seguirlo”.

A continuación, la delegada de Juventud, Laura Moreno, ha hecho una lectura creyente de los testimonios escuchados. Ha afirmado que “necesitamos poner nombre y rostro a la crisis y reconocernos en ellos, caminar con ellos y padecer con ellos”, pero, también, “preguntarnos dónde estamos cada unos, en qué lugar están la Iglesia y nuestras comunidades” si construimos o no esperanza, si fortalecemos las redes de solidaridad, y acompañar con esperanza, en la crisis, para encontrar juntos alguna solución”.

Toño Casado, sacerdote y compositor, ha puesto la nota musical al acto, que ha  incluido un vídeo sobre la empresas de inserción Carifood, otro con la campaña de Cáritas “El empleo es cosa de todos” y un tercero en el que el propio Cardenal Osoro ha saludado, animado y bendecido a los participantes.

 

*Los que sufren la crisis
+ Jose Cobo, obispo auxiliar de Madrid

A duras penas salimos de una crisis sin precedentes.

Pocos habían visto lo que estamos atravesando. Una gran tormenta, como nos decía el Papa, ha zarandeado nuestras convicciones, nuestras seguridades, nuestros mercados y hasta nuestras sagradas agendas.

Miedo, fragilidad y hasta la tentación de contener la respiración tras la ventana de nuestras casas esperando que todo pase y vuelva “lo de antes”. Esa es la tensión que se nos escapaba cada día.

De repente nos dimos cuenta que el dinero no tenía la última palabra. No te libraba del contagio, ni te aseguraba una cama en las UCI. La fragilidad nos acercó a todos por encima de títulos, seguridades o nivel social. Y de la misma manera nos dimos cuenta, por unos meses al menos, que en nuestra sociedad podíamos necesitar grandes funcionarios, o expertos políticos o economistas o agentes de las multinacionales , pero que al mismo tiempo dependíamos de quienes limpian los hospitales, los repartidores que se pedalean la ciudad, de las cuidadoras de los mayores , los transportistas o los abnegados reponedores o trabajadores de los supermercados y tantos otros que, en cuanto la tensión del virus ha cedido un poco, han vuelto al olvido y a ser más vulnerables de lo que eran. Ellos padecen una crisis que se superpone sobre la crisis anterior que ya sufrían como victimas silenciosas.

El COVID está siendo una oportunidad para descubrir lo fundamental de nuestra vida, y para percibir de forma intensa la necesidad de reconstruir nuestra sociedad desde la humanidad que descubrimos a ritmo del “resistiré” y que se aplaudía ventana a ventana.

Un ”plan para resucitar” es lo que nos dijo el Papa que era la tarea. Algunos se han puesto manos a la obra. Son pensadores, algunos políticos que apuestan por la búsqueda de consensos y de hacer Política con mayúscula, responsables de la sociedad económica y tantos que han demostrado la fortaleza de la ciudadanía responsable. Pero hemos comprobado, al mismo tiempo, que en primera línea se han puesto en marcha muchas comunidades cristianas, y muchos como los que aquí estamos.

Lo que sí sabemos es que nunca podremos avanzar sin las víctimas y siempre desde ellas. Sabemos que el inicio de cualquier camino comienza, como en la pascua, por los sepulcros abiertos por el Resucitado.

Se nos llama ahora a ponernos en marcha para, desde lo aprendido y vivido, reconstruir nuestra relación con Dios; para reconstruir nuestra relación con la naturaleza tan maltratada, la relación con la humanidad a paso de fraternidad y la relación con los más pobres y vulnerables, que son los ojos desde los que mirar este camino pascual.

Muchos dicen que nos enfrentamos a un futuro marcado por crecientes amenazas sanitarias, tal y como lo viven de forma habitual muchos países de nuestro mundo. El riesgo del colapso medioambiental, la fragilidad de nuestros sistemas económicos, o la fragilidad mal acogida, pueden dar paso a no tomar medidas y a no afrontar los cambios pensando que esto no va a ocurrir más; pero lamentablemente si se repite esto que llamamos “excepcionalidad”, si algo falla y no ponemos remedio, volveremos a donde hemos empezado y con más víctimas heridas a los bordes de nuestros caminos.

Y lo peor es que en este tiempo que llamamos “excepcionalidad” se lanzan medidas de control, de restricción de la movilidad o medidas políticas que se justifican por ser eficaces contra el virus, pero que encubren, como siempre, los problemas de los más empobrecidos o que pueden quedarse para siempre.

Es necesario estar atentos ante el uso de las políticas o medidas económicas por parte de las instituciones, para que no se queden ni cercenen libertades y derechos de los que desde siempre estaban en los márgenes de nuestra sociedad o a punto de estarlo, porque son las víctimas de siempre que pueden ser condenadas a nuevas cargas sobre las anteriores.

En medio de este momento especial, somos testigos de una nueva Pascua que nos renueva y nos arraiga en la realidad para mirar a los ojos a un viejo problema de nuestro mundo: el desempleo de siempre, agudizado por la crisis de hoy y por la situación precaria de tantos migrantes últimos de los últimos.

Los nuevos ajustes económicos, las corrientes tecnológicas, las comunicaciones o la robotización hacen que se cambien los paradigmas de trabajo, defensa de los trabajadores, salarios y empleo mismo.

Esto, unido a las nuevas formas de trabajo por medio de las plataformas o la llamada “uberización” del mundo, provocan que se produzcan giros importantes en la forma de afrontar las relaciones laborales, hasta el punto de hacernos creer que no hay remedio para la precariedad, que la explotación es “un mal menor”, o que la injusticia laboral es solo un escalón necesario para crear elites potenciales que animan y sostienen el anhelado crecimiento económico.

Durante estos meses hemos visto como ha aumentado la precarización del trabajo. Hay tanta escasez que se aceptan trabajos precarios sin condiciones laborales dignas, esto se agudiza en las mujeres en servicio doméstico y cuidados a personas mayores. Hay muchos quienes han perdido el trabajo y pasan dificultades. Es posible que la situación se agrave a finales de septiembre cuando finalicen los ERTE, si estos se transforman en ERE.

Como antes de la pandemia el tener trabajo no es signo de poder salir de la pobreza o de posibilidad para tener vivienda, poder sacar a la familia adelante o promocionarse personalmente. La precariedad es un virus invisible que ataca sin ser descubierto y sin tomar medidas algunas.

Lo que ocurre en verdad es que las víctimas y los frágiles sufrirán un ajuste en el que quedarán excluidos. Y con ello pueden ser expulsados de la sociedad para siempre. Ellos y sus familias, heredaran por muchas generaciones la pobreza dejándolos sin posibilidad de acceder a situaciones mejores.

Como discípulos, el aprendizaje del resucitado, año tras año nos ha adiestrado en la contemplación de las llagas de Cristo como privilegiado para avivar la fe y recibir su cercanía. Cristo sigue entregando su Esperanza y confía en nosotros para hacerlo.

Sabemos de la centralidad de la oración. Queremos orar, presentar a Dios y a la comunidad, y a nuestro mundo, esta realidad que se hace nueva y quiere ser colocada ante la luz pascual de la esperanza que Cristo nos ofrece para iluminarla, aprender a acogerla, a pesar del sufrimiento, y hacer de la solidaridad un acto de amor pascual. La fuerza del amor siempre es más fuerte que la del odio. Y el amor y la solidaridad son contagiosos.

Oramos por las Victimas de una crisis que no es igual para todos.

La oración nos pone en el disparadero de aprender del “estilo de Emaús”. Por eso no nos desesperamos. La pascua es nuestro momento porque es el momento de Cristo, el que pasó por la cruz como víctima.

Como a los discípulos de Emaús, Cristo se pone a caminar con nosotros y, nos pregunta por las cosas que nos pesan de nuestro mundo y por todo aquello que nos hace huir y perder la esperanza.

Esta Pascua nosotros somos aquellos de Emaús.

1.-Aprendemos a mirar este tiempo de pandemia con los ojos del resucitado

Como a los discípulos de Emaús, Él abre nuestros ojos para acoger de forma nueva la realidad, pero sin maquillajes ni engaños. Miramos el paro y la precariedad que ya había antes de la pandemia. Ahora se agravan y agudizan. La destrucción de empleo, los empleos indignos, el afán de lucro y la mercantilización del esfuerzo humano, son los temas que Cristo nos pide mirar y nos pregunta por ellos.

2.-Ahora es tiempo de acoger al Peregrino y reconocer en el al mismo Cristo. Como a los de Emaús, Él nos ayuda a reconocer su Resurrección y su esperanza.

“Este es el tiempo”, nos dice el Papa en su plan para resucitar:” Si algo hemos podido aprender en todo este tiempo, es que nadie se salva solo. Las fronteras caen, los muros se derrumban y todos los discursos integristas se disuelven ante una presencia casi imperceptible que manifiesta la fragilidad de la que estamos hechos. La Pascua nos convoca e invita a hacer memoria de esa otra presencia discreta y respetuosa, generosa y reconciliadora capaz de no romper la caña quebrada ni apagar la mecha que arde débilmente (Cfr. Is 42, 2-3)”.

Si Él va por delante, es tiempo de aprender formas de ponernos al lado de quienes lo están pasando mal y malviven en esta situación. Nos esperan en el camino.

3.-Y es tiempo de aprender a volver a Jerusalén, como los de Emaús ir a la comunidad para enriquecerla con la experiencia.

Ahora es tiempo de aprender a construir comunidad desde la vida de estas víctimas, ellas son las llagas del resucitado. Estamos llamados a mostrar al mundo la belleza de la comunidad generando espacios fraternos liberados del mercantilismo, donde la gratuidad y la fragilidad son fuentes de reparación. Estamos llamados a crear espacios comunitarios, donde se acoge a todos y se generen procesos donde cada persona pueda regenerar su identidad, sus vínculos sociales y su vocación.

Por todo ello es tiempo de orar y de pedir fuerzas para que en la Iglesia animemos a comprometernos en el camino de la dignidad de las personas.

Dios es nuestra esperanza y camina con nosotros para propiciar la dignidad de la persona humana que siempre reclama un trabajo digno, porque el trabajo es una vocación de Dios y al tiempo es un bien de todos, por lo que «una sociedad donde el derecho al trabajo sea anulado o sistemáticamente negado y donde las medidas de política económica no permitan a los trabajadores alcanzar niveles satisfactorios de ocupación, no puede conseguir su legitimación ética ni la justa paz social» (CDSI, 288). No alcanzaremos un nivel ético adecuado en la salida de esta situación si no se atiende a sostener la dignidad de la cada persona por medio del trabajo. Sin él no alcanzaremos ni la altura ética ni la paz social que merecemos.

Por ello nuestra oración termina con la petición por cada víctima, cada familia rota, cada joven o adulto quebrado y que espera de nuestros pobres corazones la esperanza que Dios nos trae desde el corazón de la pascua.

Ellos ahora nos enseñan a acoger la Pascua y a resucitar, como lo han hecho durante esta pandemia. Son las victimas quienes nos sostienen, enseñan y alientan, porque en ellas Cristo se queda y alumbra la esperanza.

Oremos por ellas y desde ellas.