La mujer en la sociedad, asignatura aún pendiente

La mujer en la sociedad, asignatura aún pendiente

Mucho se ha avanzado en el reconocimiento teórico y práctico de la dignidad de la mujer en igualdad con el varón en todos los aspectos de la vida personal, familiar, social, laboral, política, económica, cultural, eclesial… Pero mucho falta todavía para lograr tal equiparación, concretamente en los aspectos de la intersexualidad, la relación y roles en el ámbito familiar, el imaginario simbólico cultural no sexista, el acoso y violencia en el ámbito matrimonial y en la vida social, el goce efectivo de iguales derechos en los ámbitos laboral, económico y de ascenso social.

La cultura y mentalidad patriarcalista y machista, que en el fondo considera a la mujer como propiedad exclusiva del varón, al que la mujer ha de plegarse en todo momento, continúa latente en el subconsciente varonil. Será necesario todavía recorrer un largo proceso educativo y resocializador hacia una consideración de la mujer y una relación respetuosa y positiva mutuamente enriquecedora entre el varón y la mujer. Una autentica reconversión de mentalidad y de relación que ha de abarcar y transformar todos los ámbitos de la vida personal, familiar y social.

En la instauración y desarrollo de la ciudadanía y la democracia a partir de la Ilustración y la Revolución Francesa y la Independencia de EEUU no aparecen las mujeres —como tampoco los no propietarios— como poseedoras de los mismos derechos cívicos y políticos que los varones. Tuvieron que luchar largo tiempo para obtener el derecho al voto y otros derechos. Pero, aún hoy existen muchas «brechas» en el reconocimiento real de la dignidad e igualdad de la mujer en la mayoría de los ámbitos de la vida. Iremos desgranando algunas de los más relevantes.

La maternidad, en la actualidad, se convierte en un grave impedimento para la continuidad del trabajo profesional y de la acción pública de las mujeres.

Podemos considerar que la reproducción humana viene fundamentando y nutriendo la producción del capital. No se han concebido ni arbitrado los apoyos necesarios para el fomento de la natalidad y la corresponsabilidad de la sociedad en la atención y cuidado de los niños y en la preservación de la participación de la mujer en todos los ámbitos de la vida profesional y social. El sistema capitalista se asienta, de entrada, sobre la discriminación y explotación de la mitad de la humanidad, que son las mujeres. Es una injusticia flagrante, de origen ancestral, que perdura de modo normalizado y ciego en la mayoría de la sociedad.

El hecho de que tantas mujeres pospongan la maternidad hasta casi el extremo y reduzcan al mínimo el número de hijos, en contra muchas veces de sus propios deseos, significa en el fondo un atentado lesivo y frustrante contra ellas mismas. La mujer se debate ante la preservación del empleo o el rol social así como la inseguridad o carencia laboral y económica (salarios insuficientes, carestía de adquisición o alquiler de vivienda…)

La maternidad y el cuidado de los niños debieran ser asumidos como tarea y responsabilidad no solamente familiar sino también pública, política. ¿Por qué se llega en Europa y otros países del mundo a la actual situación de falta de relevo generacional?

La mujer en situación de maternidad ha de poder mantener su derecho al trabajo, disponer de la protección social necesaria, de la conciliación de la vida familiar y profesional y compartir igualitariamente con el marido las tareas educativas y de atención a los hijos. El trabajo en el hogar recae abrumadoramente sobre la mujer (el 76%).

En cuanto al trabajo asalariado, presentamos algunos datos significativos. Las mujeres, en edades de 29 a 54 años, solo trabajan la mitad de ellas. En España, la brecha salarial es al menos del 16%: cobran anualmente 4.968 mil euros menos que los varones. Solamente un 27% de mujeres ocupan cargos directivos en las empresas. En febrero 2021 existían 2.400 mil mujeres en paro frente a 1.700 mil varones.

Las mujeres realizan en gran parte trabajos asalariados extrapolados del trabajo doméstico: limpieza, cuidado de niños y ancianos… Trabajos menos valorados socialmente y de menor retribución salarial.

La imagen pública de la mujer es distorsionada y alienante para ella misma. Se rige por un doble estereotipo: como objeto sexual, utilizado también como reclamo consumista (a gloria, una vez más del, capital); y con el rol clásico de esposa-madre-ama de casa. (El varón respondería al esquema de productor, autoridad, racionalidad y experiencia).

La publicidad y el cine llevan al extremo la imagen de la superwoman ama de casa y profesional relevante. Emiten la imagen de la belleza física como factor seductor e ingrediente esencial de la autoestima femenina. Se promueve así el rol femenino adecuado para una sociedad androcéntrica: como objeto sexual y medio de satisfacción de las necesidades de los demás.

La violencia, el maltrato físico y sicológico de la mujer han sido secularmente normalizados y se mantienen todavía vigentes de una manera incalificable, irracional, cruel, realmente inhumana En España, se contabilizan unos 1.000 asesinatos de mujeres desde el 2003, más de 100 al año. En el mundo, el 17.8% de las mujeres padecen violencia de parte de su pareja y una de cada tres sufre violación. El 93% de malos tratos en la familia son de factura masculina (también el 83% de la violencia fuera del ámbito familiar, y el 99% de las agresiones sexuales).

En el fondo, la mujer es considerada como ser inferior y propiedad-posesión del marido, como puro objeto de deseo sexual que el varón aspira a satisfacer en cuanto le sea posible. Una consideración de la mujer realmente aberrante, humillante y denigrante para la mujer como víctima y para el varón como victimario.

Se necesita promover una formación realmente humanizadora en el tema de la sexualidad, las relaciones hombre-mujer, el matrimonio y la familia, desarrollada en la misma familia, en la escuela, en Iglesia y en las entidades sociales, centrada en la dignidad de la persona (hombre y mujer), la visión de la sexualidad como una dimensión esencial para la realización personal y la felicidad profunda en una comunión y donación de amor y de vida en el matrimonio y la familia. La sexualidad es una dimensión personal esencial que ha de ser desarrollada a través de una relación de amor verdadero. La utilización de la sexualidad para la pura satisfacción instintiva, sometiendo y poseyendo coactivamente a la mujer, es una profunda perversión humana, un verdadero crimen de lesa humanidad.

En la trata de mujeres (y niños), la mujer es comprada, vendida y manejada como objeto sexual comercializado o como instrumento de trabajo esclavo. Es un negocio enormemente lucrativo —junto con el narcotráfico—. Supone un monto económico de 150 mil millones de dólares al año en el mundo; en España, 5 millones de euros diarios, 1.850 millones anuales. Es quizás la forma de esclavitud más inhumana entre las formas de esclavitud habidas a lo largo de la historia.

Sigue siendo apremiante una reconversión mental, actitudinal, conductual y estructural en la concepción antropológica de la sexualidad humana y de la relación entre el varón y la mujer. Ha de ser un proceso conjunto de varones y de mujeres. Las mujeres no logrará una igualdad en dignidad y derechos humanos con el varón sin organizarse como tales, liberarse también de todos los resabios patriarcalistas y machistas inoculados en ellas a través de una inveterada historia de dominación y abusos que aún persiste, denunciar y reclamar públicamente contra tantos atentados y abusos que continuamente sufren y proponer alternativas y respuestas políticas y legales que preserven su dignidad como personas y como mujeres en la vida familiar y social.

Escribe Francisco en Fratelli tutti 23: «…la organización de las sociedades en todo el mundo todavía está lejos de reflejar con claridad que las mujeres tienen exactamente la misma dignidad e idénticos derechos que los varones. Se afirma algo con las palabras, pero las decisiones y la realidad gritan otro mensaje. Es un hecho que “doblemente pobres son las mujeres que sufren situaciones de exclusión, maltrato o violencia, porque frecuentemente se encuentran con menores posibilidades de defender sus derechos”».