Con el Hijo de Dios que nace, soñemos juntos, sueñen ustedes, sueñen con otros

Con el Hijo de Dios que nace, soñemos juntos, sueñen ustedes, sueñen con otros
La invitación de Francisco a soñar, y a soñar juntos, a soñar entre nosotros, tiene más sentido en Navidad, cuando celebramos la razón de nuestro sueño y nuestra esperanza. Dios se hace obrero. De María, mujer trabajadora, esposa de trabajador, madre del Jesús Obrero, nace Dios en medio de la vida obrera.

Su luz ilumina hasta los más oscurecidos rincones de la existencia, y nos desvela las sendas de humanidad que podemos transitar para llegar hasta él y, como los pastores y los magos, reconocerle y adorarle. Su luz ilumina las sendas por las que volver a nuestro quehacer cotidiano convertidos por el encuentro, dispuestos a seguir soñando y a compartir el sueño.

Soñar es descubrir en la pequeñez de lo vulnerable, de lo insignificante y marginal, las semillas escondidas del Reino, las que ya están sembradas en la vida, y aquellas de las que somos portadores –como los magos y los pastores– para ofrecer y sembrar en la vida obrera y eclesial. Es seguir percibiendo los signos frágiles y vulnerables del Reino donde surgen, como un niño envuelto en pañales, en las periferias de la vida. Es percibirlos, reconocerlos y cuidarlos.

Soñar es vivir la fe en el proyecto del Reino, convencidos de que Dios tiene la palabra definitiva sobre la historia y la humanidad, y que esta es, siempre, una palabra de amor y de vida, de dignidad y esperanza, de comunión y de santidad.

Soñar es poner cauces de realidad a la Esperanza. Soñar es ilusionarnos con el proyecto de comunión que Dios pone en nuestras manos. Soñar es experimentarnos amados por Dios en toda circunstancia de nuestra existencia. Soñar es construir juntos «un mañana más grande». Es hacer Iglesia.

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Soñar es comprometernos en ese mañana posible, en ese presente abierto al sueño de Dios. Es hacerlo con gratitud y con gratuidad generosa. Es hacerlo tejiendo redes, sumando esfuerzos, tendiendo puentes.

Es seguir tejiendo historias de encarnación y de abrazo. Es seguir cuidando de los empobrecidos. Es seguir impulsando una cultura de la solidaridad que haga cada vez más posible el trabajo decente. Es seguir construyendo juntos con nuestras hermanas y hermanos el sueño de Dios, el sueño del Reino. Es seguir tejiendo la solidaria historia de amor de Dios con la humanidad.

Navidad es tiempo de soñar. De gozar de los sueños, y de empezar a hacerlos realidad. Nos insiste Francisco: ¡Qué importante es soñar juntos! […] Solos se corre el riesgo de tener espejismos, en los que ves lo que no hay; los sueños se construyen juntos». Soñemos como una única humanidad, como caminantes de la misma carne humana, como hijos de esta misma tierra que nos cobija a todos, cada uno con la riqueza de su fe o de sus convicciones, cada uno con su propia voz, todos hermanos (FT 8).

Que, en este tiempo de Navidad sigamos cuidando del Reino, de los pobres, del mundo obrero y del trabajo, y de la Iglesia. Sigamos soñando. Juntos. Entre nosotros.

 

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