¿Dignidad infinita? Sí, pero menos… (I parte)

¿Dignidad infinita? Sí, pero menos… (I parte)
Este es un primer comentario de la declaración vaticana Dignidad infinita a cargo de Jesús Martínez Gordo que se centra en la génesis de este importante documento y las primeras reacciones entusiastas, al que seguirá en el próximo número, otro Tema del Mes dedicado a las críticas, tanto generales como específicas de sus puntos más polémicos.

La declaración Dignitas infinita sobre la dignidad humana está recibiendo, aparte del enorme grupo de los indiferentes, elogios, tanto por parte de personas y colectivos abiertos como tradicionalistas y críticas, sobre todo, por parte de algunos de los sectores más progresistas de la Iglesia católica y de la sociedad civil.

En la de acogida entusiasta mucho ha tenido que ver el nombramiento del cardenal Víctor Manuel Fernández, un hombre teológicamente más cercano al papa Francisco, como prefecto del Dicasterio para la doctrina de la fe, después de que el obispo de Roma hubiera tenido que soportar las críticas, en privado y, a veces, en público del también cardenal Gerhard Ludwig Müller, prefecto de dicha Congregación hasta el 2017, en el que finalizó su mandato.

Pero también después del nombramiento de Luis Francisco Ladaria, en el puesto hasta 2023. Su mandato estuvo más presidido por no inquietar a los tradicionalistas que por ayudar al papa Francisco a verter en un discurso teológicamente consistente sus intuiciones y decisiones o por acompañarle en el afrontamiento de las interpelaciones, frecuentemente ataques, que le llovían desde los ámbitos más involucionistas de la Iglesia católica.

Una vez publicada la declaración Dignitas infinita, están siendo afortunadamente muchos los que la están acogiendo de manera entusiasta, tanto progresistas como conservadores. Por ejemplo, están quienes valoran la recuperación de la dignidad humana que, propia de todos los seres humanos, también lo es de todas las personas, independientemente de su condición económica, social o vital, y, obviamente, del nasciturus [que va a nacer].

También son muchos elogian la voluntad que atraviesa toda la declaración de conjugar la Escritura y la razón humana, reconociendo no solo una incuestionable circularidad entre ellas, sino, sobre todo, acogiendo la razón humana en libertad en la importancia que tiene cuando también se trata de discernir la voluntad de Dios.

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Al fin y al cabo, la razón en libertad, como la misma Escritura, es otro «lugar teológico» (M. Cano), a pesar de que no se la haya tomado en la relevancia que también tiene, y ha de seguir teniendo, en la Iglesia, ya sea porque se ha primado una lectura frecuentemente sesgada de la tradición, ya sea porque se han favorecido lecturas de la Escritura no siempre en sintonía con los mejores resultados de las investigaciones exegéticas o ya sea por el temor a no incurrir en una interpretación secularista; un riesgo tan evidente como, a veces, sospechosamente invocado para no tener presente que el sentir mayoritario del Pueblo de Dios, reconocido como sensus fidei [sentido de la fe] en lo mejor de la tradición eclesial, también es expresión del Espíritu de Dios.

Pero tampoco están faltando las críticas, sobre todo, por parte de algunos sectores más abiertos y progresistas de la Iglesia católica cuando centran su atención en algunas cuestiones particularmente polémicas en este texto: el Vaticano, han denunciado bastantes de ellos, no puede invocar la Declaración Universal de los Derechos Humanos sin todavía haberlos ratificado y sin aplicarlos en la Iglesia.

Pero, esta observación crítica, siendo notable, no es la única. En efecto, han recordado otros, los redactores han entregado un documento ayuno de autocrítica de principio a fin. Y esto, en un texto en el que se aborda la cuestión de la dignidad humana es algo de lo que la institución eclesial se encuentra particularmente necesitada, tanto como del agua el mes de mayo. Sin embargo, nada de eso es perceptible en el texto.

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