La urgente necesidad de la Iglesia de llevar a Cristo al corazón del mundo del trabajo

La urgente necesidad de la Iglesia de llevar a Cristo al corazón del mundo del trabajo

El próximo día 18 de noviembre de 2024 celebraremos el XXX aniversario de la aprobación por la LXII Asamblea Plenaria de la CEE del documento La Pastoral Obrera de Toda la Iglesia, popularmente conocida entre todos nosotros como POTI.

Esta efeméride se convierte en ocasión para proponer, desde nuestro Movimiento de las Hermandades del Trabajo, una renovada reflexión sobre cómo ha afectado este documento a nuestra propia realidad eclesial, y qué retos planteados entonces siguen vigentes y apremiantes a día de hoy.

Constatamos que, si bien es cierto que la realidad del mundo del trabajo de hoy es notablemente diferente a la realidad de los años noventa del pasado siglo, también es verdad que nos encontramos ante retos similares y frente a los que nuestro compromiso apostólico y social nos obliga a seguir trabajando sin descanso. Por eso, desde las Hermandades del Trabajo estamos convencidos de la necesidad de volver nuestra mirada de nuevo a este documento, para, si es necesario, retomar el norte, que muchas veces perdemos para afrontar la urgencia de lo inminente.

Sí tuviéramos que resumir las dos líneas de acción a las que nos enviaba este documento podríamos resumirlo de la siguiente forma:

1.- La evangelización del mundo obrero ha de ser asumida por toda la Iglesia como obra propia.

2.- Dentro de la nueva evangelización, la pastoral del trabajo ha de considerarse una pastoral específica, necesitando de una metodología adecuada y unas tareas propias.

Para llevar a cabo estas líneas de acción, nos urgían nuestros obispos a vivir como urgencia y prioridad la formación de trabajadores militantes cristianos que sean testigos coherentes del Evangelio de Jesucristo en sus ambientes de trabajo, animando a que se cuide el acompañamiento de estos militantes, estando especialmente preocupados tanto por su formación en la doctrina social de la Iglesia, como por el cultivo de su vida espiritual, potenciando su vida de oración personal, y cuidando la celebración comunitaria de la Eucaristía, ayudándoles de esta forma a descubrir el paso liberador del Señor por sus vidas. Sólo quien ha tenido experiencia real en su vida de esta liberación, puede ser testigo creíble en sus ambientes de trabajo.

Sí somos sinceros con nosotros mismos, tenemos que reconocer que aún estamos lejos de haber conseguido estos objetivos planteados. Durante años hemos estado volcados en numerosas acciones sociales que han dado frutos abundantes, pero hemos descuidado tanto la formación como nuestra vida espiritual y comunitaria. Muchas veces sentimos que nos ha absorbido el activismo. Y ahora, descubrimos la necesidad de volver a recuperar el porqué de nuestra militancia cristiana. Creemos que es el momento de volver a las fuentes, de empaparnos de la Doctrina Social de la Iglesia, de profundizar en el valor de la vida espiritual, sacramental y comunitaria, y de redescubrir los nuevos horizontes a los que como apóstoles somos enviados.

Precisamente para llevar a cabo estas propuestas, convendría recordar de nuevo, al menos, el primer punto del decálogo del militante de Hermandades de Trabajo en el que se afirma: “Exigencia de mi fe es el encuentro personal con Cristo en la vida sacramental, en la oración y en la comunión con los demás hombres”. Si lo pensamos bien, descubriremos que precisamente este fue el punto de arranque de nuestro movimiento. Un grupo de hombres y mujeres, enamorados de Jesucristo y capitaneados por Don Abundio que fueron llevados por el fuego del Espíritu a llevar a Cristo al mundo del trabajo.

Como conclusión podríamos terminar diciendo que después de treinta años de la promulgación de este documento, aún mantiene intacta su actualidad, es como un altavoz que sigue recordándonos la urgencia de concienciar a toda la Iglesia de su tarea de llevar a Cristo al corazón del mundo del trabajo. Acompañando a los laicos en su tarea de ser luz en medio de sus ambientes laborales, generando cristianos que vivan este apostolado de manera militante y profética, cuidando siempre su formación y su vida espiritual y comunitaria y generando obras sociales que se conviertan en un grito que anuncie la llegada del Reino de Dios.

Hay tarea por hacer. Es ilusionante el horizonte. Contamos con el valor de la experiencia de cuantos nos han precedido en esta tarea. Por eso con el profeta podríamos terminar diciendo: “algo nuevo está brotando, ¿no lo notáis?”.

 

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