Llegan los incendios… que debimos apagar antes

Llegan los incendios… que debimos apagar antes
Foto | Incendio en Casas de Miravete (HOY)

Hemos sufrido los primeros incendios extensos en nuestras tierras de Badajoz. La semana pasada se vivió uno, provocado, en Monterrubio de la Serena, con más de 200 ha destruidas; y otro que consumió 900 ha en Cabeza del Buey, ambos el 5 de julio, “casualmente”. En el segundo caso se trata de un gran incendio, al superar las 500 ha.

La mayoría de los incendios forestales (55%) se deben a negligencias y errores humanos; no obstante, hay un 10 % que son provocados intencionadamente. En todo caso, la relación del ser humano con esos auténticos dramas ecológicos es evidente.

Siendo conscientes del valor natural que con ello se destruye, del desastre causado; siendo conscientes de nuestro papel como administradores y cuidadores de la tierra, sin duda surgen preguntas a las que tenemos que enfrentarnos desde la realidad y la verdad: ¿Qué hay detrás de esos incendios? ¿Qué o quién los provoca? ¿Qué podemos hacer para evitarlos o reducirlos?

Es un tópico escuchar que los fuegos del verano se apagan en invierno. Sin duda, la gestión del territorio es esencial. Un territorio crecientemente despoblado y envejecido, sin labores agropecuarias, abandonado a las fuerzas de la naturaleza, sin una acción humana que explote las masas forestales y elimine pastos, que cree eficaces líneas de contención del fuego, es un territorio condenado a la destrucción. Se acusa a veces a “los ecologistas” de promover la no-gestión del territorio, causando auténticos polvorines que estallan a la menor oportunidad, en el contexto innegable de crisis climática que vivimos, con el síntoma angustioso de la sequía. Es fácil encontrar a quien culpar de una situación que se ha gestado comunitariamente.

La preocupación por la adecuada gestión del territorio no es exclusiva de unos grupos supuestamente especializados, sino que debe formar parte de los valores de una ciudadanía que sea consciente de que la tierra atraviesa una auténtica crisis, un cambio radical que nos aboca a una destrucción de paisajes, de flora y fauna que hemos venido disfrutando y que podemos perder irremediablemente si no actuamos a tiempo.

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Sin duda hay que concienciar a todos, para utilizar bien los recursos y abandonar su sobreexplotación (lo cual implica cambios sustanciales en los modelos económicos y productivos, con el decrecimiento como objetivo). Pero también hay que pedir a nuestras autoridades que incentiven el modelo tradicional de ganadería extensiva, en detrimento de la industrial, porque los rebaños de ovejas o de cabras son la mejor prevención contra el fuego del verano.

Asimismo, hay que implementar fórmulas innovadoras, como es el caso del modelo Mosaico, que, desde la Universidad de Extremadura, se está implantando de un modo positivo en diversas comarcas de Cáceres, desde hace ya ocho años, al tiempo que es cada vez más requerido en instancias europeas. Gestionar las actividades agrícolas, ganaderas, forestales y urbanas, buscando una armonía de acciones que trocean el territorio, creando barreras naturales productivas, es una magnífica manera de conservar los recursos maravillosos que tiene nuestra tierra, crear riqueza y hacer sostenible la vida en nuestros pueblos.

Los cristianos creemos en el futuro; en nuestras manos está el remedio y la acción preventiva, paliativa y restauradora sobre nuestro territorio, que es nuestra casa, donde nos sentimos familia. Por eso propugnamos, desde la fe, actitudes de compromiso y de ayuda a la naturaleza, para convivir con ella y ser administradores sabios y prudentes, que no tengamos que avergonzarnos de haber derrochado lo que un día se puso en nuestras manos, sino que experimentemos con gozo haber hecho lo que se nos encomendó y haber multiplicado la riqueza, el bienestar y el futuro de nuestros pueblos.

En el 11 de julio de 2024, día de san Benito, patrono de Europa, “que atrajo a los pueblos que habitaban desde el Mediterráneo hasta las regiones escandinavas, sirviéndose de la cruz, de las letras y del arado” (san Pablo VI).

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