El cardenal Turkson reclama mayores compromisos que respondan al grito de la tierra y de los pobres

El cardenal Turkson reclama mayores compromisos que respondan al grito de la tierra y de los pobres
Con motivo del quinto aniversario del Acuerdo climático de París, que coincide con la publicación de la encíclica Laudato si’, el cardenal  Peter Turkson ha subrayado, en un mensaje hecho público por el Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, que el «grito de la tierra y el grito de los pobres» resuena cada vez más fuerte y urgente en nuestra sociedad.

A continuación, su mensaje:

La pandemia a la que nos enfrentamos no puede ser una excusa para la inacción, sino que debe ser vista como una oportunidad para reconstruir mejor.

El papa Francisco, al establecer su Comisión Vaticana Covid-19, nos invitó a todos a unir nuestras fuerzas, soñando y a”preparar el futuro”. Es adecuado reconocer los desafíos y problemas, pero estos no son inflexibles. Una cultura renovada del cuidado y una visión económica que busque el bien común, basada en la solidaridad y el cuidado de la creación, la participación, la igualdad y la justicia, puede promover un cambio transformador y sacar a la humanidad de esta crisis.

No hay sostenibilidad sin equidad. Los más pobres de entre nosotros deben ser el centro de nuestros pensamientos, nuestras oraciones y nuestras políticas y planes

Necesitamos urgentemente objetivos y medidas concretas y ambiciosas destinadas a reducir drásticamente las emisiones de gases de efecto invernadero para 2030. Los objetivos a largo plazo que se extienden a 30 años hasta 2050 no serán suficientes si queremos salvaguardar el crucial límite de 1,5°C. Esperamos especialmente que Europa, en la que reside la esperanza y la responsabilidad de un nuevo impulso, dé un paso adelante en este momento y se asegure que aportará una parte adecuada de todos los esfuerzos mundiales necesarios. Cualquier otra opción, por parte de Europa o de otros no será una respuesta adecuada a la ciencia,  ni para las personas que más sufren las consecuencias del cambio climático o para los jóvenes que son quienes también heredarán nuestros éxitos y fracasos. El Acuerdo de París es un logro esencial y difícilmente conseguido, pero no logrará la transformación necesaria sin un cambio en la política y las políticas, y sin un cambio en nuestros corazones, mentes, estilos de vida y modo en el que nos relacionamos como familia humana.

Así que, pregunto a todos los líderes políticos ¿cómo van a mostrar la imaginación y la verdadera vocación de su labor? Dios nos ha confiado este planeta y sus gloriosos recursos, cuando piensen en sus Contribuciones Determinadas a nivel Nacional (NDC), no piensen en ella como solamente suya sino más bien en cómo están asegurando la protección de los bienes comunes para toda la humanidad, especialmente para los más pobres y vulnerables.

La forma en que los gobiernos decidan gastar su dinero en la recuperación definirá la década futura – debe hacerse con amor y respeto por las generaciones futuras. ¿Por qué los países del G20 están invirtiendo un 50% más del importe previsto en los fondos para la recuperación de la COVID-19 en combustibles fósiles en vez de en energía limpia? Los gobiernos deben detener las inversiones en combustibles fósiles. Las comunidades pobres necesitan energía verde moderna y sostenible; no quieren quedar atrapadas en el pasado como ha ocurrido tantas veces en el pasado.

Las promesas de apoyo financiero a los países más pobres para que se adapten al cambio climático y busquen nuevas vías de desarrollo no han estado a la altura de las expectativas, y la crisis de la deuda que ha estrangulado el desarrollo de muchos países en desarrollo amenaza con agravarse una vez más. No hay sostenibilidad sin equidad. Los más pobres de entre nosotros deben ser el centro de nuestros pensamientos, nuestras oraciones y nuestras políticas y planes.

Al acercarnos a este importante año nuevo de 2021, recordemos que somos una familia humana y que sólo podemos confiar en la unidad fraterna para cuidar de nuestra casa común: la tierra viva. “Soñemos como una única humanidad, como caminantes de la misma carne humana, como hijos de esta misma tierra que nos cobija a todos, cada uno con la riqueza de su fe o de sus convicciones, cada uno con su propia voz, todos hermanos”. (Fratelli tutti, 8)