¿Hemos olvidado el drama de los refugiados?

¿Hemos olvidado el drama de los refugiados?

Después del incendio que arrasó completamente el campamento de refugiados de Moria en Grecia, en la Isla de Lesbos, miles de personas quedaron deambulando por las carreteras y las montañas, sin comida, sin agua, sin ningún lugar alternativo para refugiarse, agravado por el hecho de que no hubo ninguna respuesta inmediata, solo mandar a la policía para impedir que los refugiados llegara a entrar a la ciudad de Mitilene. Ver las imágenes de los niños tirados por los suelos, hambrientos, sobrecogía el alma y no podíamos entender la actitud de las autoridades griegas, que era la actitud de la Unión Europea, de no responder a esta emergencia, aunque, tal vez, se explique porque la política europea es mostrarles el rechazo, la no acogida y esta situación era una buena ocasión para mostrarles el camino de vuelta a sus países, destruidos por una guerra que aún continúa.

Empezaron a montar un campamento, que se puede denominar perfectamente macrocárcel, a cielo abierto en Kara Tepe, con grandes tiendas de campañas con el logo de ACNUR, ubicadas en las orillas del Mar Egeo ¿Cómo se puede instalar un campo de refugiados en la orilla del mar? Se instaló en un lugar para esconderlo, para que los turistas no lo vean, para que los refugiados sientan y experimenten que no se les va a dotar de nada digno y que el paso del tiempo les haga caer en la desesperanza de poder rehacer sus vidas en algún lugar de Europa. Y, todo esto, con la complicidad de la ONU, a través de ACNUR.

Mientras los refugiados pedían que fueran acogidos por otros países, la respuesta fue obligarlos con amenazas y por la violencia policial a entrar en ese campo, a ocupar tiendas y compartirlas con personas que no se conocían, compartir la intimidad, que, indudablemente, deja de ser intimidad. Nos comentaba un refugiado, que conocimos en una Eucaristía en la única iglesia católica en Mitilene, lo siguiente: “Nos han tratado como animales, nos han encerrados como animales”. Todo el campo está vallado y con concertinas; el único espacio donde no hay concertinas es en la orilla, posiblemente, como el simbolismo de que por el mar que vinisteis, por ese mar os tenéis que volver a Turquía, porque aquí no os queremos.

Son unas 7000 personas que están abandonadas en condiciones indignas, repitiendo la misma estructura de injusticia. Los han encerrados en un lugar de humedad, donde cada vez que llueve la arena de la playa se vuelve un barrizal, donde se ven obligados a colgar a sus bebés en mantas en el techo, atadas a los palos que sujetan la tienda de campaña, un agua que entra a las tiendas. Es un inmenso frío y humedad extrema, que está provocando muertes; muertes que son asesinatos de un sistema inhumano y que viola los derechos humanos y el Derecho Internacional. Es muy triste que los que se suponen que tienen que salvaguardar el Derecho Internacional y los derechos humanos son los que los incumplen, utilizando la opresión, la represión y las condiciones de vida que no son vida, condiciones que se traducen en dolor, sufrimiento y desesperación.

Esta pandemia está sirviendo de coartada para el olvido y para profundizar en el deterioro de los derechos humanos y seguir con las políticas del abandono y la persecución.

Nos cuentan que el paso del tiempo hace mucha mella en ellos, que cada vez hay más hambre, solo les dan una comida, teniendo que hacer una cola de horas, una atención médica que se puede denominar «desatención médica», con una funcionamiento administrativo de cara al asilo y al refugio que se dilata en el tiempo y que la respuesta negativa es lo más probable o las deportaciones realizadas con impunidad. Todo esto está produciendo graves trastornos mentales, la salud mental se resquebraja y se traduce, en ocasiones, en comportamientos violentos de todo tipo. Vuelvo a traer de nuevo aquella expresión que nos dijo un refugiado sirio: “Si nos tratan como animales, al final nos convertiremos en animales”.

A todo esto, hay que unir el rechazo de la población local y el hostigamiento de la extrema derecha, que también se ha extendido a periodistas y ONG que están sobre el terreno. Un hostigamiento agresivo y con acciones violentas, que ha contado con el apoyo y la complicidad de las autoridades y con el beneplácito de la Unión Europea. Hay que agradecer a estos cooperantes su gran labor de solidaridad y cariño que  aportan en un ambiente de hostilidad.

¿Qué pueden sentir estas personas que han huido del terror y el horror de las guerras, de la violencia, del hambre y de un éxodo terrible? ¿Qué pueden sentir estas personas cuando se despierten cada día y miren a sus hijos sabiendo que están en tierra de nadie y rechazados? ¿Qué puede sentir nuestro Dios cuando vea a estas personas abandonadas, encerradas, y en ocasiones,  lo hacen en el nombre de Dios? ¿En qué estamos convirtiéndonos? ¿Qué mundo estamos construyendo?

Esta pandemia está sirviendo de coartada para el olvido y para profundizar en el deterioro de los derechos humanos y seguir con las políticas del abandono y la persecución.

Pero, a pesar de esta situación de tanta inhumanidad, los refugiados siguen manteniendo la esperanza de un futuro mejor por el amor a sus hijos. Caer en la desesperación sería dejar a sus hijos sin horizonte. Es el inmenso amor de los padres y madres por mantenerse en pie para que sus hijos tengan una oportunidad de vivir y no solo de sobrevivir.

Quiero terminar el artículo reconociendo a estas personas refugiadas, a su inmensa lucha que nos sobrecoge y nos llena de esperanza y que nos hace seguir creyendo en la humanidad. Y, nuestra respuesta no puede ser otra que seguir luchando para que sus sueños de tener un hogar digno se haga realidad.