Una nueva cooperación para transformar el mundo

Una nueva cooperación para transformar el mundo
La sabiduría popular dice eso de «renovarse o morir». En el caso que nos ocupa, esta sentencia es especialmente acertada porque venimos de una época de grave debilitamiento que exige cambios. La política de cooperación española ha sufrido una verdadera década perdida.

A la cola de Europa, España apenas destina un 0,21% de su Renta Nacional Bruta a la cooperación internacional para el desarrollo. Una cifra claramente insuficiente, muy lejos del prometido 0,7% y en contra de una opinión pública que es la que más apoya, en la UE, la solidaridad internacional.

La pandemia y las múltiples crisis
han puesto de relieve que la cooperación
es una política estratégica

Volvamos la vista atrás para entender los inicios. Corrían los años 90 cuando la cooperación española comenzó a tomar cuerpo. Contaba con el viento de cola de las utopías internacionalistas y solidarias de una ciudadanía que acampó para exigir el 0,7%. A esa ola se sumaron las movilizaciones por la abolición de la deuda externa y por la erradicación de la pobreza. Aquellos movimientos consolidaron la base social necesaria para la construcción de un sistema de cooperación a la par de los de otros países donantes. En 1998, se aprueba la Ley de Cooperación Internacional que, junto a los correspondientes planes de actuación, sentaron las bases para la cimentación en torno a cuatro pilares: consenso como política de Estado, con un carácter descentralizado, contando con la participación de los agentes sociales, y la sensibilización y movilización ciudadanas.

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