Una oportunidad para cambiar

Una oportunidad para cambiar

Llevamos un año de la crisis provocada por la COVID-19 y nos queda mucho por delante. Dice el papa Francisco que de esta crisis saldremos mejores o peores, pero no iguales. Es una oportunidad de repensar muchas cosas. Si pretendemos funcionar como hasta ahora, no saldremos mejores. Si estamos dispuestos a cambiar de rumbo, podremos construir un futuro mejor. Para hacerlo hemos de cambiar la perspectiva: mirar desde donde las cosas se ven con más claridad: desde las periferias, desde los empobrecidos y descartados. La crisis nos llama a la fraternidad, la solidaridad y el cuidado. Desde el individualismo y la indiferencia no hay respuestas.

Durante este año hemos visto comportamientos muy solidarios de personas y grupos. Pero también otros de quienes son incapaces de ver más allá de sus intereses particulares y siempre se olvidan de los pobres. Hemos visto los efectos de la desigualdad. Hemos visto en las instituciones públicas esfuerzos por atender las necesidades de las personas. Pero también sus carencias y limitaciones de recursos, procedimientos administrativos muy lentos y que no son los que necesitan los excluidos, que muchas veces han seguido quedando al margen. Hemos visto los límites que imponen problemas crónicos como el desempleo estructural y la precarización extrema del empleo, la insuficiencia de recursos de la protección social y los servicios públicos básicos, las políticas migratorias que no respetan la dignidad humana, la injusticia fiscal, etc.

La crisis pone en evidencia tres cuestiones: la desigualdad de nuestra sociedad es insoportable; necesitamos promover socialmente los comportamientos fraternos y solidarios, las iniciativas sociales que buscan el bien común centrando la atención en los empobrecidos; necesitamos profundos cambios estructurales para afrontar de una vez problemas crónicos que tenemos como sociedad. En definitiva, necesitamos un proyecto común de sociedad muy distinto al actual.

Para salir mejores de esta crisis no podemos seguir aplazando afrontar algunos cambios profundos como los siguientes:

  • Dedicar los recursos necesarios a la sanidad, la educación, la atención a las personas mayores, a unos servicios sociales que atiendan integralmente las necesidades de quienes más los necesitan, a reforzar la protección social de todas las personas y familias.
  • Construir una política de vivienda que haga efectivo el derecho de todas las personas y familias a una vivienda digna y ponga coto al negocio en un bien tan básico.
  • Valorar de verdad los trabajos esenciales y de cuidados, acabando con la precariedad que sufren tantas trabajadoras y trabajadores que los realizan. Dignificar la situación de las trabajadoras del hogar.
  • Regularizar la situación administrativa de muchas personas inmigrantes que por su vulnerabilidad son utilizadas indecentemente como mano de obra barata.
  • Afrontar el desempleo crónico de larga duración con los recursos públicos necesarios.
  • Ofrecer a los jóvenes posibilidades reales de construir un proyecto de vida.
  • Revertir las reformas laborales que han precarizado el empleo y debilitado los derechos laborales, apostando de verdad por el trabajo digno como elemento central de la economía.
  • Invertir lo necesario en cambiar las formas de producción y consumo para cuidar del planeta y de las personas.
  • Articular políticas públicas que busquen, a la vez, ingresos garantizados para todos y oportunidades de aportar sus capacidades a través del trabajo, sea remunerado o no.
  • Desarrollar políticas públicas y fiscales que distribuyan la riqueza social de forma mucho más justa.

Para quienes defienden la actual economía estas cosas son costes que no se pueden asumir. Para nosotros son condiciones indispensables para una economía con rostro humano centrada en la dignidad de la persona y el bien común.