Los jóvenes: qué pueden esperar, qué han de hacer

Los jóvenes: qué pueden esperar, qué han de hacer

Es de insoslayable necesidad prestar atención a la situación de los jóvenes, y concretamente en España, donde, en relación con Europa ocupan casi los primeros puestos de paro, precarización laboral y acceso casi imposible a la vivienda. Ha mejorado, gracias a Dios, la situación económica de las personas mayores con sus pensiones y algunos otros servicios, pero continúa estancada, desde el año 2008, la penuria laboral y económica de los jóvenes.

Veamos algunos datos concretos. Desde 2008, el paro juvenil no ha bajado del 30%. El 56% de jóvenes menores de 30 años viven con sus padres por carecer de suficiencia económica; la edad media de emancipación familiar es de 29,8 años. La mayor parte del salario de los jóvenes, cuyo promedio no supera los 11.000 euros anuales, se agotaría en el costo del alquiler de vivienda. De los 6,8 millones de jóvenes de 16 a 29 años, con 3,5 millones de activos laborales, solamente trabajan 2,4 millones, con una temporalidad del 52% (más de 1 millón quieren trabajar y no pueden). Los jóvenes “nini” (no estudian ni trabajan) de 15 a 24 años son el 14%. Los jóvenes sí desean tener hijos –al menos dos hijos los varones y en mayor número las mujeres–, pero priorizan la estabilidad laboral.

Esos datos son de una extrema gravedad. Suponen una verdadera discriminación en relación al resto de los trabajadores, entre los que el paro general ronda hoy el 15% (frente al 30% de paro juvenil). Y truncan la autonomía y realización personal en los ámbitos profesional y social, en un periodo de edad que se caracteriza por mayor capacidad de acción, de creatividad y de implicación familiar y social. Resulta inhumano, por ejemplo, que un número elevado de jóvenes no pueda formalizar la constitución de una familia estable, con la generación y educación de los hijos. No me parece exagerado afirmar que ello significa un verdadero atentado contra la vocación natural del hombre y de la mujer a fundar y mantener una familia.

Esta situación es achacable a la dejadez y falta de atención por parte del Estado y de toda la sociedad. Así lo percibe el 80% de los mismos jóvenes, que afrontan un presente y un futuro sin medio ambiente sano, sin trabajo, sin vivienda, sin dignidad. Como reacción, los jóvenes terminan por desentenderse de todo, de la sociedad, de la participación social y política.

Durante cuarenta años se ha seguido un proceso de desprotección social, especialmente entre los jóvenes, que hoy tienen, en proporción, ingresos menores que sus padres y afirman que vivirán peor que ellos. ¿Realmente, viven peor? –Lo veremos–

Como presunta receta para generar empleo y con la reforma laboral de 2012, se implantó la flexibilidad laboral, favoreciendo al máximo la libertad de contratación y despido de los trabajadores. Con ello, no se ha reducido el paro al nivel necesario y se ha extendido la precarización laboral. España se sitúa casi en la cola de empleo y a la cabeza de la precariedad laboral en Europa.

Se ha de desarrollar una política efectiva de promoción de la contratación indefinida, en línea con lo que idea la vicepresidenta Yolanda Díaz, reduciendo los contratos temporales solamente a los casos de aumentos estacionales de producción (como la recogida de cosechas) y de sustitución  ocasional de un trabajador, y durante un año como máximo. Se ha de revertir el art. 51 del Estatuto de los Trabajadores, que establece la libertad casi total de despido. Se ha de extender la vivienda de protección pública, con un precio asumible de alquiler. Se deberá sistematizar una Formación Profesional conectada a las necesidades de cualificación técnica o profesional que requieran las empresas, en concierto y coparticipación de las mismas tanto a nivel formativo como ocupacional. Parece que son estas las intenciones del actual Gobierno nacional, que debiera poner en funcionamiento con premura y rigor, del modo más concreto y amplio posible. El fondo económico que España comienza a recibir de la UE es una ocasión oportuna y un recurso bien aprovechable para este fin.

Pero, además de esperar todo lo hasta aquí reseñado, ¿cuál es la tarea que corresponde llevar a cabo por los mismos jóvenes?

El 85% de los jóvenes españoles dicen sentirse satisfechos con su vida actual, a la vez que el 80% se reconoce desasistido por el Estado. Es cierto que España, desde los años ochenta, ha avanzado significativamente en economía (renta media un 50% más elevada), salud (9 años más de esperanza de vida), Estado de bienestar y libertad (identidad de género, divorcio, derechos de la mujer…). Pero el 66% de los mismos jóvenes reconoce disponer de una débil cultura del esfuerzo; los niños y adolescentes han disfrutado de un alto grado de permisividad, consumismo y hedonismo egocéntrico, sin la actitud concomitante del ejercicio de la colaboración corresponsable.

Como consecuencia, parece darse una especie de resignación fatalista –mezclada de decepción ante la inoperancia política y social–, de individualismo indiferente a todo lo ajeno a uno mismo y de desidia pasiva ante la marcha de la sociedad. Además de la falta de información y análisis de la realidad sociopolítica del momento, se detecta la falta de compromiso responsable en los ámbitos más cercanos de la propia familia y la vecindad. Se echa de menos una actitud dinámica, propositiva y activa de los jóvenes, comenzando por los ámbitos de mayor proximidad social. Son ellos los que disponen de ilusión creativa y de capacidad de movilización. Es deseable que los jóvenes despierten y asuman con entusiasmo su contribución renovadora de la vida social, cultural, asociativa, política. Han de ser ellos mismos los artífices de su propia promoción y del cambio social.

En este sentido, es oportuna la llamada del papa Francisco: “No podemos quedarnos resignados a perder toda una generación de jóvenes, que no tienen la fuerte dignidad del trabajo… todos nosotros debemos hacer de todo para que no se pierda una generación de jóvenes. Hay que poner adelante nuestra creatividad para que los jóvenes sientan la alegría de la dignidad que viene del trabajo. Una generación sin trabajo es una derrota para la patria y para la humanidad… Los jóvenes son valientes… los jóvenes tienen esperanza y, tercero, tienen la capacidad de ser solidarios” (Visita a la región italiana de Molise, 5 julio 2014).