Una vida habitada por Dios

Una vida habitada por Dios
Foto | Jacek Dylag (Unsplash)
El año comienza siempre bajo el amparo de María, mujer trabajadora, esposa de un trabajador y madre del Divino Obrero de Nazaret, que nos empuja a la tarea cotidiana de ser constructores de la paz, de la amistad social, de la fraternidad humana.

Una fraternidad que hemos aprendido contemplando el pesebre de Belén y en la vida cotidiana de Nazaret. Una fraternidad que inicia Dios mismo haciéndose uno de nosotros, encarnado en la debilidad de nuestra propia carne y de la historia humana, para hacernos ver que el Reino pasa por la vida y que se construye desde la vivencia del amor: la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros.

Los evangelios de este mes ponen ante nosotros un itinerario intenso que comienza con María, capaz de acoger la voluntad de Dios en su vida, aunque no siempre pueda entenderla a la primera, aunque no sepa siempre cómo traducirla en su vida. Por eso mismo, la acoge y la guarda, la conserva y la medita. Por eso escucha y discierne –como tenemos que hacer también nosotros ante cada situación que vivimos– porque en la escucha y el silencio, en la mirada desde las periferias podemos advertir la presencia encarnada de Dios que nos da luz y orienta nuestros pasos. Hemos celebrado y queremos seguir haciéndolo, que Dios nace y habita en medio de la vida obrera.

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