Alabar a Dios es cuidar

Alabar a Dios es cuidar
Foto | P. Khuansuwan (vecteezy)
A los ocho años de Laudato si’, el papa Francisco ha publicado la Exhortación Apostólica Laudate Deum (Alaben a Dios) sobre la crisis climática, dirigida a todas las personas de buena voluntad.

Es un llamamiento apremiante a responder con mucha mayor contundencia que hasta ahora a la crisis climática, un problema social global estrechamente vinculado con la dignidad humana, que reclama el cuidado de las personas, particularmente de las empobrecidas, y de la casa común (n. 3). Cuidar ante tanto descuido que daña a las personas y al planeta: «Con el paso del tiempo advierto que no tenemos reacciones suficientes mientras el mundo que nos acoge se va desmoronando y, quizás, acercándose a un punto de quiebre. Más allá de esta posibilidad, es indudable que el impacto del cambio climático perjudicará de modo creciente las vidas y las familias de muchas personas. Sentiremos sus efectos en los ámbitos de la salud, las fuentes de trabajo, el acceso a los recursos, la vivienda, las migraciones forzadas, etc.» (n. 2). De hecho ya las estamos sintiendo.

En la raíz de esta situación están el dominio del paradigma tecnocrático y de un modelo económico que devora a las personas y al planeta. Son dos grandes desafíos que necesitamos afrontar. Un paradigma tecnocrático que es «un modo de entender la vida y la acción humana que se ha desviado y que contradice la realidad hasta dañarla»; es pensar como si todo se pudiera resolver con el poder tecnológico y económico, con la falsa idea de un crecimiento infinito o ilimitado, como si todo pudiera ser ampliado infinitamente gracias a la tecnología (nn. 20 y 21). Y es una manera inhumana de entender y organizar la economía: «La lógica del máximo beneficio con el menor coste, disfrazada de racionalidad, de progreso y de promesas ilusorias, vuelve imposible cualquier sincera preocupación por la casa común y cualquier inquietud por promover a los descartados de la sociedad» (n. 31).

Por eso, son tan débiles las reacciones y tan poco decididas las actuaciones. El dominio del paradigma tecnocrático y de la economía del máximo beneficio producen una gran ceguera social que nos impide reconocer la realidad y poner en el centro el cuidado de las personas y del planeta. De ahí la gran importancia de descubrir socialmente el sentido de la afirmación con la que Francisco cierra la exhortación: «Alaben a Dios (…) Porque un ser humano que pretende ocupar el lugar de Dios se convierte en el peor peligro para sí mismo» (n. 73). Dicho de otra manera: si seguimos en la ensoñación de que podemos ser como dioses, sin reconocer de verdad nuestros límites y nuestra fragilidad (la de las personas y la del planeta), no podremos reconocer efectivamente lo que significa nuestra dignidad como personas y no podremos afrontar los retos sociales que tenemos delante. Por eso, decimos que alabar a Dios es cuidar, reconocernos como lo que somos es cuidar, cuidar la fragilidad. Solo desde ese cuidar podremos caminar hacia la fraternidad de la familia humana y una casa común habitable para todas las personas. La crisis climática nos lo recuerda elocuentemente. Para ello, las decisiones políticas que necesitamos (y Francisco señala en Laudate Deum) tienen que sostenerse en la convicción de que «no hay cambios duraderos sin cambios culturales, sin una maduración en las formas de vida y en las convicciones de las sociedades, y no hay cambios culturales sin cambio de las personas» (n. 70).

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