El salario universal de Francisco

El salario universal de Francisco
Francisco, nuestro obispo de Roma, ha hecho un llamamiento para la creación de un «salario universal» en una carta escrita en el mes de abril a los movimientos populares.

Hablar de un salario universal es algo etéreo si no entramos a profundizar algo más en lo que nos quiere decir Francisco ya que este concepto, además, puede confundirse fácilmente con una renta básica universal debido a la confusión que existe acerca de estos términos entre la mayoría de la población.

Voy a comenzar recordando que un salario es, según la Real Academia Española, una «cantidad de dinero con que se retribuye a los trabajadores por cuenta ajena». Por ello, hablar de salario presupone dos cuestiones importantes. La primera es que es una remuneración para alguien que está realizando un trabajo. No se trata por tanto de una subvención ni de una ayuda, sino de un pago por un trabajo realizado. La segunda es que si hablamos de salario, este trabajo se realiza por cuenta ajena, es decir, inmerso en una organización económica que me paga esta remuneración a cambio del trabajo que realizo para ella.

Sabiendo que Francisco suele escribir en español y que este es su idioma materno, podemos afirmar que no ha habido problemas de traducción y que, cuando habla de salario, sabe a lo que se refiere. Por ello, en su carta, habla de salario y de «trabajadores informales, independientes o de la economía popular», Francisco es muy consciente que salario y trabajador van ligados necesariamente. Esta matización excluye cualquier idea de renta básica universal o de rentas mínimas (que no se perciben a cambio de un trabajo), al menos atendiendo a las palabras de Francisco.

Aun así, cabe encontrar una posible falla de este argumento cuando habla de trabajadores independientes, que aquí en España denominaríamos autónomos, ya que estos «técnicamente» no reciben un salario, sino que sus ingresos provienen de su propia actividad. Obviando este matiz, hay que añadir que Francisco no piensa el salario universal para todos los trabajadores sino tan solo para una parte de ellos que, como indica la propia carta, «no tienen un salario estable para resistir este momento».

Y no lo tienen porque la cuarentena les obliga a quedarse en casa sin tener la posibilidad de lograr esos magros ingresos (suelen tener salarios bajos) que les obligan a vivir al día y les impiden tener ahorros para poder soportar una situación en la que los ingresos no llegan durante mucho tiempo. Al mismo tiempo no tienen derecho a subsidios de desempleo ni otras ventajas sociales porque realizan sus actividades de manera informal. Francisco ve en esta situación una oportunidad para cambiar algunas cuestiones. Su objetivo es doble, «reconocer y dignificar las nobles e insustituibles tareas que realizan y hacer realidad esa consigna tan humana y tan cristiana: ningún trabajador sin derechos».

La primera idea es una realidad que estamos apreciando en nuestro día a día de encierro debido a la pandemia. ¿Qué trabajos nos están resultando imprescindibles? ¿Cuáles son las labores sin las que esto sería muchísimo peor? Si pensamos en ello, algunas de ellas son de las peor pagadas del mercado. Trabajadores con salarios muy bajos como los celadores, el personal de cuidado de las personas, el personal de limpieza, los cajeros de los supermercados, los vigilantes jurados, etc. Que viven y, en ocasiones malviven, con salarios muy reducidos, están resultando imprescindibles y necesarios para afrontar la situación, mientras que personas muy bien pagadas como algunos deportistas de élite, youtubers, influencers, analistas y trabajadores de bolsa, superestrellas de los espectáculos, etc. No están aportando gran cosa (siempre hay excepciones) a nuestra situación actual.

Por ello cabe plantearse por qué pagamos tan poco a lo que es necesario e imprescindible y remuneramos tan bien a lo que no tiene importancia real, a lo que solamente tiene que ver con nuestro ocio o entretenimiento. Esta es una de las cuestiones clave, no se trata de que estas personas pasen a cobrar como si fuesen estrellas de la farándula, sino que al menos cobren salarios dignos que aprecien la importancia de un trabajo poco considerado pero muy importante.

Su objetivo es doble, «reconocer y dignificar
las nobles e insustituibles tareas que realizan y
hacer realidad esa consigna tan humana y tan cristiana:
ningún trabajador sin derechos»

El segundo elemento tiene que ver con la falta de derechos que tienen muchos trabajadores en condiciones precarias y, sobre todo, en el sector informal de la economía. La Doctrina Social de la Iglesia nos recuerda constantemente el destino universal de los bienes. Esto quiere decir que todos tenemos derecho a nuestra parte de la creación, y esto cuando hablamos de salarios se concreta en lo que en español se denomina «salario digno» y en inglés living wage, y la constitución conciliar Gaudium et spes (67) define como una remuneración «tal que permita al hombre y a su familia una vida digna en el plano material, social, cultural y espiritual».

Para ello, Francisco dice que «tal vez sea tiempo de pensar en un salario universal» e insisto en las primeras dos palabras: «tal vez». Porque esto expresa una posibilidad, pero no una certeza. Quiero decir que lo importante son los objetivos, no el medio. Creo que Francisco tiene claro donde pretendemos llegar, es decir, garantizar a todos esos ingresos mínimos necesarios y piensa que el salario universal puede ser uno de los medios posibles para lograrlo.

A partir de aquí es donde deberíamos ver cómo se podría concretar esto o si habría otros sistemas más adecuados para lograr el mismo fin. Porque la fijación de una medida así plantea muchos interrogantes que son difíciles de responder y que, evidentemente, no apunta Francisco en su carta. Desde ¿qué quiere decir universal?, ¿qué debería garantizarse desde instituciones internacionales?, hasta ¿cómo se puede garantizar esto a las personas que están en una economía informal que escapa de la fiscalización del Estado que se supone, debería garantizar este salario? ¿Cabría pensar antes en que estas actividades pasasen a realizarse de una manera formal?

Tampoco queda claro si Francisco habla de una ayuda temporal para paliar los problemas derivados de la situación, o si está hablando de algo definitivo. Si fuese la segunda opción yo me decantaría por lo que san Ignacio de Loyola nos dijo en sus ejercicios espirituales (318): «En tiempos de desolación nunca hacer mudanza», lo que traducido a aquí sería: articular una ayuda temporal para estos casos y ayudar así a quienes se encuentran en estas graves situaciones y, cuando la cosa vuelva a sus cauces normales y la emergencia haya pasado, tomar las decisiones que intenten lograr estos objetivos a más largo plazo.