Ricardo, un conductor de primera

Ricardo, un conductor  de primera
El coche de mi padre permanece aparcado frente al portal de su casa. Es un Dacia blanco muy sencillo. Quizá el coche más simple de todos los que tuvo. Le llamó Valiente.

Mi padre ponía nombre a todos los coches con los que trabajaba para sacar adelante a sus seis hijos. El Pájaro Azul, Valentín, Pitufo, Cachorro… han sido algunos de los nombres de sus taxis. Valiente ha sido su coche de jubilado.

Mi padre, el señor Ricardo, falleció el Día del Padre a consecuencia de una neumonía provocada por la COVID-19. Tenía 83 años y el huerto sembrado para recoger los tomates este verano.

Regar su parcela, comer de cuchara y llevar a mi madre en coche eran las tres cosas que más le gustaban. Y no en este orden.

A mi padre le habían diagnosticado una bronquitis para la que le recetaron unos antibióticos, pero no remontaba. Le ingresamos la madrugada del lunes y falleció un jueves al anochecer. No pudimos visitarle en el hospital, no pudimos despedirnos, no pudimos velarle, ni tan siquiera celebrar una ceremonia para llorarle abrazados y sentir la tremenda pérdida que deja en nuestras vidas. La avería es importante.

El sábado le pudimos enterrar. Acudimos cinco de sus hijos y nuestra madre, la señora Alicia. En tres coches. Todos con mascarilla. Todos con guantes. Uno conduciendo y otro en el asiento trasero del copiloto. Había tantos entierros en el cementerio Sur que a mi padre le trasladaron en un vehículo fúnebre blanco, de los que se usan para los niños y los inocentes. Era un Mercedes, la marca de coche que siempre había soñado tener.

Le recordamos cada día. Y cuando las noches no terminan –como este duelo–, también. Lloramos confinados. Cada uno en su casa. Y lo hacemos cuando compartimos por wasá alguna foto, cuando escuchamos las asturianadas que nos cantaba en el coche, cuando utilizamos esas frases tan suyas que son ahora tan nuestras: «al cuerpo hay que llevarle la contraria», «haz lo que yo diga, no lo que yo haga», «paso corto, vista larga y mala leche», «a mí, ponme la cara de los domingos», «a quién habrá salido este», «Alicina, esto con unas patatinas…».

Mi padre, el señor Ricardo, no solo era un hombre bueno, mi padre era un sabio. Tenía ese tipo de conocimiento que solo da la vida a los que entienden con buen humor las calles de Madrid. Mi padre aprendió casi todo su saber estar y su respeto a las personas metiendo horas de taxi, tratando directamente con el cliente, escuchando con atención las confesiones de los viajeros que abrían su alma en canal para dejar las entrañas en los asientos de atrás. Mi padre había procesado todo aquello convirtiéndose en una persona sabia y buena, en conductor de primera. De primera especial.

«Puedo conducir de todo, menos aviones», fanfarroneaba con los nietos cuando salía el tema del carné de conducir. Entonces le faltaba tiempo para enseñar ufano el suyo subrayando que su permiso era «de primera especial». Y era verdad.

Mi padre se ganó la vida al volante. Conduciendo. Llevando gente de un lugar a otro. A nosotros se nos ha ido dejándonos su coche aparcado, con la parcela sin regar y sin haberle podido cantar a mi madre el cumpleaños feliz después de comer un buen pote asturiano. El día del padre, con 83 años, se ha ido el señor Ricardo, mi padre, un conductor de primera. De primera especial.