La última diferencia

La última diferencia
¿Quién no ha jugado alguna vez a buscar las diferencias entre dos viñetas? Al principio, las localizamos con facilidad, pero a medida que avanzamos, las últimas siempre cuesta encontrarlas. Y cuando ya solo te falta una para concluir el pasatiempo, se resiste, como si se escondiera. Ante esta situación quedan únicamente dos opciones: rendirse o persistir hasta que nuestros ojos se posen sobre ella.

Les propongo que hagamos lo mismo, imaginemos estas dos situaciones: un pobre recibe una herencia y se compra un jaguar, un rico recibe una herencia y se la gasta en un jaguar, ¿qué diferencia hay? Nuestra reacción. Al primero lo criticaríamos por su falta de juicio, pues en vez de invertir el dinero en un coche y tan caro, tendría que haber decidido cubrir sus necesidades básicas; en cambio con el segundo, consideraríamos que es lo normal.

El prejuicio evidente que se desvela de nuestra reacción es el doble rasero que aplicamos según el estatus de consumo de cada persona. Esta es una de las conclusiones a las que llega el estudio realizado por la Universidad de Harvard, centrado en averiguar los mecanismos que juzgan a las personas según sus recursos.

Añade, además, que nos sentimos más cómodos dirigiendo y limitando las decisiones de sus gastos, adaptando el concepto de necesidad a partir de los recursos que tiene la gente; lo importante y lo superfluo queda condicionado por la cuantía de los ingresos. Porque esta desigualdad no tiene que ver solo con lo que económicamente puedan permitirse comprar, sino con lo que socialmente se les permita comprar.

La consecuencia de esta forma de entender la necesidad lleva a considerar que tampoco deben tener derecho a otros recursos como la seguridad, pues no merecen tanto para su subsistencia.

Llegado a este punto podemos pensar: ¿y para estas conclusiones hacía falta un estudio? Puede que no, pero ocurre que una investigación científica, con pruebas contundentes, parece que aporta mayor validez, como si fuera más verdad que la propia realidad. Como si a través de los experimentos, la certeza dejara de ser mera percepción para convertirse en ensayo definitivo, aquel que no se podrá refutar y que ha dejado de ser idea y apreciación.

Me parece muy necesaria la investigación científica, pero me intriga mucho que la Business School de la Universidad de Harvard (la más rica de USA y que invierte en bolsa) apruebe un proyecto de estas características, ¿con qué intereses? Bueno, a lo mejor estoy pensando mal y simplemente es la cuota de estudios no productivos que tienen que cubrir.

Urge una ética que no criminalice a quien se le ha empobrecido, ni que quiera «rosas» además de «pan» auténtico

No es que tenga algo en contra de los estudios de prestigiosas universidades extranjeras, sino que todo análisis empírico parte de una hipótesis previa y se basa en la experiencia y en unos hechos. Por tanto, habría que saber qué fue lo que impulsó a llevar a cabo este tipo de investigación, con qué objetivo y en qué contexto, pues incluso compartiendo unos mismos valores éticos y buena voluntad, los resultados cambiarían si las personas que han participado en el experimento viven en países desarrollados o en desarrollo, en el Norte o en el Sur, en zona rural o urbana, la edad que tengan, la condición social…

Quedarnos en los hechos y el contexto parcializa el análisis. Para completarlo resulta fundamental encontrar esa última diferencia que se nos resiste: las causas que provocan estos comportamientos y generan esas ideas y conceptos. Nuestra forma de sentir, pensar y actuar está condicionada por la sociedad en la que vivimos que insiste, persistentemente, en configurarnos acorde al modelo de persona que más le hace juego.

Una de las cosas que más ha influido en ese modelo es la modificación del concepto de necesidad; ahora los deseos nos los han vuelto necesidades, pervirtiendo la palabra y el sentido. Todos y todas asumimos el pensamiento de que la verdad de nuestra vida descansa en buscar la seguridad en poseer, convirtiéndonos en corredores hacia la satisfacción, para alcanzar la meta del éxito como mérito personal y DIY (Do It Yourself, hazlo tú mismo).

El sistema, esta cultura neoliberal que todos respiramos y que es el mejor tutorial para inocularnos el individualismo y egoísmo, primero nos transmite el mensaje de que con esfuerzo personal conseguirás todo lo que quieras (mejor dicho, todo lo que nos han hecho creer que queremos), con un buen crédito, un buen préstamo…, un buen endeudamiento, alcanzarás las cotas de poder y reconocimiento social para vida «perfecta». Pero si fracasas en tu intento, la culpa es solo tuya y nada más que tuya, pues… ¡algo habrás hecho mal!

Contradictorio que nos vendan unas alas, sabiendo que no podemos volar pero que tampoco nos van a dejar, pues nuestro estatus social se mide por el nivel de ingresos y de consumo. Es como si se creyera que ser precario, inmigrante, estar desempleado, desahuciado fuera una opción libremente escogida y no causada por la injusticia del sistema que genera deshumanización y desigualdad, mal distribuyendo los bienes universales y olvidándose de la contribución al bien común.

Debemos ampliar la mirada, fijándonos en los detalles, las personas, reconociendo que urge una ética que no criminalice a quien se le ha empobrecido, ni que quiera «rosas» además de «pan» auténtico, porque la coherencia de la vida no reside en que nuestras decisiones estén acorde a nuestro nivel adquisitivo, sino a la medida de nuestra humanidad, así generan comunión y construyen fraternidad.

Si todas nuestras certezas tuvieran que estar avaladas por investigaciones, entonces faltarían recursos económicos para llevarlas a cabo, además de correr el peligro de oscurecer nuestra mirada, olvidándonos cómo lo hizo Jesús: sin estadísticas, sin estudios, sin números, sin gráficos…, sino a pelo, en la cercanía de la vida de las personas, reconociéndolas sin juzgarlas, ni por su clase, ni por sus decisiones, ni apariencia, sino apelando a su humanidad y llamándolas a su conversión.

Jesús re-educó a los apóstoles, les enseñó cómo cuidar el corazón, a salir de ellos mismos y buscarle. Plantemos cara a esta cultura con el «escudo de la fe».