Sanar al mundo

Sanar al mundo
El papa Francisco, durante el mes de agosto, ha desarrollado una catequesis muy particular sobre curar al mundo a la luz del Evangelio, las virtudes teologales y los principios de la Doctrina Social de la Iglesia.

Los textos del Papa, hechos públicos en sus audiencias generales, abordan las enfermedades sociales puestas de manifiesto por la COVID-19 e invitan a trabajar juntos, «como seguidores del Jesús sanador, para construir un mundo mejor, lleno de esperanza para las generaciones futuras».

De manera sintética recojo esta enseñanza:

I. ¿De qué modo podemos ayudar a sanar nuestro mundo, hoy?

La Iglesia ha desarrollado algunos principios sociales que son fundamentales (CDSI, 160-208) y que pueden ayudar a preparar el futuro que necesitamos: el principio de la dignidad de la persona; el del bien común; el de la opción preferencial por los pobres; el del destino universal de los bienes; el de la solidaridad, de la subsidiariedad; el del cuidado de nuestra casa común. Estos principios impulsan el crecimiento y la sanación del tejido personal y social. Todos ellos expresan las virtudes de la fe, de la esperanza y del amor.

II. Fe y dignidad humana

Sabemos que Dios mira al hombre y a la mujer como personas amadas y capaces de amar, creadas a su imagen y semejanza. Al invitarnos a vivir en comunión con Él y con los demás, en el respeto de todo lo creado, nos ha dado una dignidad única e inalienable que tiene serias implicaciones sociales, económicas y políticas. A las personas creyentes, mirar al prójimo y a la creación como un don recibido del amor del Padre nos lleva a no ser indiferentes, a estar atentos a quienes nos rodean; a sentir compasión y empatía, no desprecio y enemistad. Y al contemplar el mundo a la luz de la fe podemos desarrollar, con ayuda de la gracia, nuestros dones y capacidades para resolver los dramas de la historia, poniéndonos al servicio de la humanidad y de toda la creación.

III. La opción preferencial por los pobres y la virtud
de la caridad

La pandemia ha dejado al descubierto la difícil situación de los pobres y la gran desigualdad existente. Ante esta situación, la respuesta es doble: hay que buscar una vacuna para el virus, que esté al alcance de todos. Pero también es necesario curar el gran virus de la injusticia social, la marginación y la falta de oportunidades para los más humildes. Esta doble respuesta implica una elección evangélica, que es la opción preferencial por los pobres. Muchos quieren volver a la normalidad y retomar las actividades económicas, pero esa «normalidad» no debería incluir las injusticias sociales y la degradación ambiental. Tenemos una oportunidad para construir algo nuevo. Por ejemplo, dar impulso a una economía donde las personas y, sobre todo, los más pobres, estén en el centro; una economía que contribuya a la inclusión de los marginados, a la promoción de los últimos, al bien común y al cuidado de la creación.

IV. El destino universal de los bienes y la virtud
de la esperanza

La desigualdad que se vive revela una enfermedad social; un virus que proviene de una economía enferma; fruto de un crecimiento económico que ignora los valores humanos fundamentales. El modelo económico se muestra indiferente ante el daño infligido a la casa común; es el pecado de querer poseer y dominar a los demás, a la naturaleza e incluso al mismo Dios. (…) Observamos que el homo sapiens, llamado a ser solidario, se deforma y se convierte en una especie de homo œconomicus, que busca su propio interés de forma individualista. (…) Necesitamos actuar todos juntos, con la esperanza de generar algo diferente y mejor. La esperanza cristiana, arraigada en Dios, es nuestra ancla. Así lo entendieron y practicaron las primeras comunidades cristianas que, viviendo también tiempos difíciles, se sostenían recíprocamente y ponían todo en común.