Omella reclama una economía más humana que permita un trabajo digno

Omella reclama una economía más humana que permita un trabajo digno
Foto | CEE
Primera asamblea plenaria presidida por el cardenal Juan José Omella, reunida «en un momento crucial para nuestro país», y en la que ha abordado temas de actualidad como el impacto de la COVID-19; la necesidad de una economía más humana que permita trabajo digno; la respuesta a las migraciones; la mejorar de la cultura política y pública; el pacto educativo, entre otras consideraciones. En su discurso, el presidente de la Conferencia Episcopal Española, ha realizado constantes referencias a la encíclica Fratelli tutti (FT) y al papa Francisco.

Omella ha comenzado la asamblea de los obispos trasladando el pésame y esperanza a las familias de todos los difuntos de esta pandemia, así como la solidaridad y el compromiso de la Iglesia “con los que están padeciendo las consecuencias económicas, sociales y laborales” para hacer “nuestro el sufrimiento y la angustia de tantas personas, hermanos y hermanas nuestros, que se ven afectados por tanto desempleo y destrucción de los negocios y lugares de trabajo”.

El impacto de la COVID-19

Para el presidente de los obispos españoles, “este coronavirus ha provocado un tornado que, si por un lado, está catalizando todos los males de nuestra época, por otro lado también está provocando la activación de multitud de fuerzas tendentes al bien, que queremos alentar y favorecer vengan de donde vengan”.

“La pandemia es global, rápida, disruptiva, trastorna tanto los pequeños detalles de la vida cotidiana como las más amplias operaciones internacionales, afecta a cada barrio y al mundo en su conjunto. Esta situación hace que nuestra sociedad tenga que ser operada a corazón abierto”, que necesita todas “nuestras capacidades para no dejar que el virus infecte nuestras almas con el egoísmo y la tentación del sálvese quien pueda”. Ello requiere, en opinión del prelado, seguir “abriendo nuestros ojos y nuestros corazones a las personas sin hogar, a quienes sufren soledad, a los inmigrantes y refugiados varados en las fronteras…”.

“La reacción contra la pandemia ha mostrado la grandeza del servicio y de la entrega, incluso de la propia vida, como han demostrado tantos profesionales esenciales, muchos de ellos católicos y miembros de la Iglesia”. “Valoramos el gran esfuerzo y buena voluntad de todas las instituciones que han trabajado incansablemente por el bien de todos los ciudadanos”, también así como de la Iglesia, parroquias y de tantas “iniciativas vecinales” que hacen descubrir “cómo nuestras vidas están tejidas y sostenidas por personas comunes que, sin lugar a dudas, escribieron los acontecimientos decisivos de nuestra historia compartida: médicos, enfermeros y enfermeras, farmacéuticos, empleados de los supermercados, personal de limpieza, cuidadores, transportistas, hombres y mujeres que trabajan para proporcionar servicios esenciales y seguridad, voluntarios, sacerdotes, religiosas (…); comprendieron que nadie se salva solo (FT, 54). Ellos son los “santos de la puerta de al lado”. A todos ellos, la Iglesia nuestra su “más sincera gratitud”.

Esperanza y tensiones

Según la Iglesia, “España está sufriendo la pandemia con una especial intensidad, particularmente durante el comienzo de la llamada segunda ola, y se agudizan todos los problemas. Es de tal envergadura el trauma que está impactando sobre todos nosotros y tal el espectáculo del enfrentamiento casi continuo de los líderes políticos, que corremos el riesgo de dar pábulo a la desesperanza, alimentar una mirada excesivamente negativa sobre nosotros como país, hundir nuestra autoestima colectiva, dejarnos vencer por el pesimismo e incluso caer en la depresión cultural, hasta el punto de creer que somos incapaces de superar esta crisis y vernos como una sociedad sin futuro. En estos momentos es importante no sembrar la desesperanza y no suscitar la desconfianza constante, aunque se disfrace detrás de la defensa de algunos valores (cf. FT, n. 15).

De ahí que el cardenal subraye el papel esencial de la Iglesia en ser generadores de esperanza, aportando humildemente las capacidades del pueblo de Dios y animando especialmente a los jóvenes “que están sufriendo una importante quiebra de sus proyectos de futuro”. “Un pueblo de esperanza que ‘eleva el espíritu hacia las cosas grandes’ y ‘se abre a grandes ideales que hacen la vida más bella y digna’ (FT, n. 55).

La situación que vivimos “agudiza las diferencias entre unos y otros. Ante el riesgo de que aflore el resentimiento y la división, debemos potenciar la comunión para vencer este desafío que no es solo sanitario, sino también económico, social, político y espiritual”. En este sentido, recordó las palabras del papa Francisco al presidente del Gobierno, es necesario «construir la patria con todos (…) donde no nos es permitido el borrón y cuenta nueva», pues ahora –subraya Omella– es el momento “de la buena política”, que pone en valor “a la persona” y trabaja por el bien común, “es el momento de la cohesión, de la cordialidad, de trabajar unidos, de mirar a largo plazo liberándonos del cortoplacismo”, para buscar soluciones “que ayuden a salir a flote a las familias que se están hundiendo, a los empresarios que no tienen más remedio que cerrar sus negocios. Por tanto, es conveniente evitar distracciones inútiles y polarizadoras que no conducen a la solución de la grave crisis que nos afecta”.

En este sentido, ha recordado “el gran esfuerzo colectivo de nuestra sociedad que, movida por un espíritu de concordia y de proyecto a largo plazo para nuestro país, fue capaz de alcanzar el gran pacto nacional de la Transición que cristalizó en nuestro actual sistema político definido en la Constitución de 1978 y que hemos de preservar y fortalecer” y que sirve de ejemplo para mejorar las instituciones y la democracia. “La mejora de nuestro sistema político constitucional y democrático de derecho no puede pasar por las propuestas de deslegitimar y poner en peligro las instituciones básicas que han mantenido durante estas décadas aquel gran acuerdo nacional y han dado a nuestro país prosperidad y convivencia en la diversidad de sus pueblos. Se trata de acoger todo lo bueno que hay en ellas y mejorar o corregir todos sus fallos y limitaciones”, ha dicho, para no caer “en el virus de una polarización que haga imposible tender la mano, e incluso dialogar con el que piensa diferente”. Por ello, el cardenal Omella ha manifestado que “es una urgencia generar espacios y actitudes de reencuentro” que significa “buscar puntos de contacto, tender puentes, proyectar algo que incluya a todos” (FT, n. 216). Fratelli tutti nos exhorta a buscar caminos concretos porque es posible “reconocer a cada ser humano como un hermano o una hermana y buscar una amistad social que integre a todos” (FT, n. 180). Y también convoca al conjunto de la sociedad y especialmente a los políticos y líderes mediáticos y públicos al «cultivo de la amabilidad» (FT, n. 222)” para la búsqueda de consensos y reducir esa crispación, que también es una tarea de todos.

Una economía más humana y trabajo digno

El presidente de la CEE ha continuado su intervención señalando que “el mayor daño que está sufriendo la economía española” es también consecuencia “de carencias previas que padecíamos y que han acentuado gravemente el efecto del parón de la actividad”. Por un lado, unas relaciones laborales con “una excesiva precariedad” que reclama promover “la diversificación de nuestra estructura productiva, la inversión en investigación y desarrollo, la colaboración entre los agentes sociales, el desarrollo de la formación profesional, la promoción de la acción creativa de los emprendedores y la cooperación entre todos los sectores, etc”. El objetivo que necesitamos es alcanzar “un mercado laboral digno que permita conciliar la vida familiar con la vida laboral, ya que toda medida tendente a proteger la estabilidad de la vida familiar acaba beneficiando económica y socialmente a todos”. Para ello, la apuesta del la Iglesia, en palabras de Omella, pasa por “una economía que, mirando a largo plazo, tenga el horizonte puesto en la prosperidad inclusiva y sostenible, donde se pueda dar el desarrollo humano integral”. “Si la sociedad en su conjunto está sufriendo, esa fragilidad se multiplica entre las personas y familias que están en situación de exclusión o al borde de la misma por el desempleo (…) En la superación de esta crisis y la reconstrucción posterior, debemos priorizar preferentemente a los socialmente más vulnerables y, entre ellos, a los que más sufren la pobreza (cf. FT, n. 187)” estando “más que nunca al lado de los más necesitados” y en coherencia con “lo afirmado en la instrucción pastoral Iglesia, servidora de los pobres, ha recordado.

El cardenal Omella se ha referido también a los migrantes, trabajadores y trabajadoras que abandonan “su hogar, su familia, sus amigos y su país para tener que emprender un viaje peligroso y lleno de obstáculos a otra tierra lejana, con otra lengua y otra cultura, para empezar de cero”. Es por ello que los obispos hacen suyos “el diagnóstico y las propuestas del papa Francisco para abordar el grave reto de las migraciones y de los migrantes. Es verdad que lo ideal sería evitar las migraciones innecesarias y para ello el camino es crear en los países de origen la posibilidad efectiva de vivir y de crecer con dignidad, de manera que se puedan encontrar allí mismo las condiciones para el propio desarrollo integral. Pero mientras no haya serios avances en esta línea, nos corresponde respetar el derecho de todo ser humano de encontrar un lugar donde pueda no solamente satisfacer sus necesidades básicas y las de su familia, sino también realizarse integralmente como persona. Nuestros esfuerzos ante las personas migrantes que llegan pueden resumirse en cuatro verbos: acoger, proteger, promover e integrar (FT, n. 129)”.

Mejorar la cultura política y potenciar la vida pública

En esta parte parte de su intervención, Omella ha recordando unas palabras del papa Francisco para expresar “el momento social y político que estamos viviendo: “Hoy en muchos países se utiliza el mecanismo político de exasperar, exacerbar y polarizar. Por diversos caminos se niega a otros el derecho a existir y a opinar, y para ello se acude a la estrategia de ridiculizarlos, sospechar de ellos, cercarlos. No se recoge su parte de verdad, sus valores, y de este modo la sociedad se empobrece y se reduce a la prepotencia del más fuerte. La política ya no es así una discusión sana sobre proyectos a largo plazo para el desarrollo de todos y el bien común, sino solo recetas inmediatistas de marketing que encuentran en la destrucción del otro el recurso más eficaz. En este juego mezquino de las descalificaciones, el debate es manipulado hacia el estado permanente de cuestionamiento y confrontación (FT, n. 15)”.

Esta situación se manifiesta en un, cada vez mayor, descontento “con una forma de hacer política y con la manera que se está llevando a cabo la gestión de la cosa pública” y las demandas de la ciudadanía. En este sentido, el cardenal considera que la sociedad civil debe tener un mayor protagonismo “para la consecución del bien común”. Por ello, la Iglesia “hacemos una llamada a potenciar nuestra sociedad civil que, lamentablemente, sigue siendo muy pobre”, con un asociacionismo “menguante” que según los datos de FOESSA: “de un 39% en el 2007, pasamos a un 29% en 2013, bajando hasta el 19% actual. Desarrollar la sociedad civil —cuyas primeras bases son las familias y vecindarios— es una urgencia en España si queremos reconstruir el país entre todos”.

Pacto educativo

La Iglesia española hace suya el llamamiento del papa Francisco a todas las naciones e instituciones a participar en un Pacto Educativo Global con el fin de alcanzar un acuerdo que permita generar un cambio a nivel planetario que promueva una educación que sea creadora de fraternidad, paz y justicia. Se trata, “de ponernos todos de acuerdo para fomentar un nuevo humanismo que contribuya a la formación de personas abiertas, responsables, dispuestas a encontrar tiempo para la escucha, el diálogo, la reflexión, y capaces de construir un tejido de relaciones familiares, entre generaciones y con las diversas expresiones de la sociedad civil”.

Por ello, en opinión de Omella, existe un “clamor de la inmensa mayoría de la sociedad por un Pacto educativo en España, que sea a largo plazo y que incorpore a todas las fuerzas políticas y también a las entidades civiles y religiosas activas en el campo de la educación, no ha cesado de crecer”. Un pacto en el que “la Iglesia y todas sus instituciones educativas” se sumarían “con el fin de formar personas capaces de amar y ser amadas, dispuestas a ponerse al servicio de la comunidad”. “Por eso –ha continuado– lamentamos profundamente todos los obstáculos y trabas que se quieren imponer a la acción de las instituciones católicas concertadas” para insistir que es el momento de “trabajar conjuntamente, de cooperar de forma eficaz y eficiente para ofrecer una educación adecuada a todos los niños, adolescentes y jóvenes de nuestro país”. Para la Iglesia española, “la fórmula de la concertación pública como mecanismo de financiación de la educación general sigue siendo plenamente válida y útil para que se dé la participación plural, la diversidad que enriquece a la sociedad y la implicación de la ciudadanía en la consecución del bien común”.