Iglesia en proceso de renovación

Iglesia en proceso de renovación

Es un hecho que la Iglesia en Europa y Norteamérica “está en decadencia”, en el contexto de una cultura secularista. En América Latina, la Iglesia católica en su mayoría indígena se alimenta del humus de una religiosidad generalizada muy arraigada, pero no específicamente cristiana; a la vez, está siendo erosionada por grupos o sectas denominadas “evangélicas”, pero que realmente desvirtúan el evangelio de la opción por la pobreza y por los pobres. En África y en Asia, la afiliación a la Iglesia y las vocaciones ministeriales y religiosas crecen.

En España y Europa en general, disminuye progresivamente la participación en las celebraciones de la eucaristía dominical, el matrimonio cristiano, los bautismos… Los curas son cada vez menos y de mayor edad, con lo que las celebraciones eucarísticas y la acción pastoral en general se ven grandemente disminuidas. En determinadas diócesis y zonas pastorales se ha activado la corresponsabilidad activa de los laicos, especialmente mujeres, en la animación de las celebraciones paralitúrgicas, la formación y la acción sociocaritativa. Son esperanzadores los laicos, que individualmente o en pequeño grupos se responsabilizan voluntariamente en el mantenimiento y la organización de servicios pastorales. Pero, en general, quienes participan en la Iglesia son minorías y de alta edad, en un proceso que se va intensificando y que llegará a la práctica desaparición de la vida eclesial en determinados lugares. Aunque la situación varía de unas zonas a otras, incluso dentro de las mismas diócesis.

¿Qué nos dice todo esto? ¿Es posible una renovación eclesial en sus diversas dimensiones de adhesión personal de fe, vida comunitaria (comunicación interpersonal, compartir vida y bienes, eucaristía), formación en la identidad cristiana, opción por los pobres, compromiso sociopolítico desde el Evangelio?

La respuesta no es unívoca. Sociológicamente, quizás podríamos decir que la Iglesia se muere. Pero la Iglesia va más allá de la pura realidad fáctica y sociológica: en el fondo, es la Iglesia de Jesucristo, se podrá renovar solamente desde Jesucristo y la adhesión de pocas o muchas personas a Jesucristo.

El Concilio Vaticano II (1962-1965) abrió en la Iglesia un proceso de renovación profunda y de largo recorrido en aspectos fundamentales: coartó de raíz el predominio jerárquico y clerical en la Iglesia, definiéndola como “Pueblo de Dios” en la que todos sus miembros disfrutan de igual dignidad; enfatizó una relación con la sociedad y el mundo, no desde la superioridad sacralizada sino desde la escucha, el dialogo y –podríamos decir– la empatía solidaria; definió la libertad de conciencia; reconoció el valor positivo de todas las religiones y promovió el ecumenismo o relación de fraternidad eclesial y diálogo entre las Iglesias cristianas no católicas.

A partir sobre todo de 1968 surgió en América Latina el doble filón de las Comunidades Eclesiales de Base y la Teología de la Liberación, que significaban la aparición de una Iglesia verdaderamente comunitaria, una decidida opción por los pobres y un nuevo profetismo de compromiso y acción sociopolítica liberadora, que acarreó enseguida la represión por parte de las oligarquías políticas y económicas, junto a la desconfianza o repulsa de bastantes pastores de la Iglesia y del mismo papa Juan Pablo II. Un número importante de obispos, curas, religiosos, religiosas y laicos fueron realmente martirizados –el papa Francisco ha canonizado a Oscar A. Romero, arzobispo de San Salvador, y ha beatificado a algunos otros–. Es una página admirable de la historia contemporánea de la Iglesia de testimonio evangélico hasta la entrega de la vida, realmente “memorable” (en el sentido de su ejemplaridad modélica para toda la Iglesia).

Esa tensión cristiana comunitaria y liberadora de la Iglesia latinoamericana quizás haya bajado bastante, pero sigue latente en la situación todavía vigente en la mayoría de los países de inestabilidad política, liderazgos y planteamientos políticos esperanzadores y posteriormente defraudados, con un alto nivel de pobreza, explotación (¿colonialista?) de sus abundantes materias primas por oligarquías y emporios extranjeros (de EEUU, europeos, chinos…), déficits democráticos crónicos especialmente en los ámbitos de la Administración Pública y la Justicia… La Iglesia se debate, en esta maraña de factores determinantes, sobre cómo iluminar la realidad y abrir cauces de transformación desde una democracia basada en la libertad, la dignidad y derechos de las personas, la reconciliación y la solidaridad con los empobrecidos.

El papa Francisco ha profundizado y ampliado el proceso de renovación eclesial, marcando unas líneas de avance muy claras: promover una Iglesia realmente comunitaria y servidora en la que sea superado el clericalismo, dibujando a la Iglesia como una “pirámide invertida” (los pastores situados abajo y la comunidad arriba) y una figuración “poliédrica” (en la que caben muchas formas, que se complementan en unidad); en “sinodalidad” (caminando juntos pastores y laicos, discerniendo-decidiendo-actuando juntos). Una Iglesia que actúa en la sociedad yendo a la “periferia” de los marginalizados y descartados –como hacía Jesús de Nazaret–, como “hospital de campaña” que acoge, acompaña y sana a la masa humana de “enfermados” y “empobrecidos”. Y una Iglesia de preservación y cuidado de la Madre Tierra que nos cobija y alimenta –la Laudato si’ como programa emblemático de una ecología global–. En Fratelli tutti, Francisco resume el diagnóstico de la situación actual de la humanidad en sus aspectos más importantes y sangrantes y presenta la respuesta desde el prisma de la “fraternidad universal”. Un aspecto también muy significativo del actual proceso de renovación eclesial es la decisión de airear abiertamente las situaciones de abusos sexual y de pederastia en el interior de la propia Iglesia, sometiéndose a los procesos y determinaciones judiciales canónicas y civiles y a las adecuadas reparaciones –como una acción, podríamos decir, de verdadera penitencia pública–.

Y suma y sigue… ¿Cómo pasar de una Iglesia autorreferencial, individualista en sus miembros, culturalista…, a una Iglesia “místico-profética”, que escuche y responda a la presencia interpelante de Dios en la vida de las personas y de la sociedad? La Iglesia individualista-culturalista podría convertirse en comunidades donde se compartan vitalmente la fe, la oración y celebración, la vida, la acción socio-caritativa y el compromiso sociopolítico cristiano.

Francisco suelta esta perla: “Quiero una Iglesia pobre para los pobres” (Evangelii gaudium, 198). ¿Qué ha de hacer la Iglesia con sus propios bienes? Cada cristiano ¿cómo ha de disponer de sus propiedades, de sus bienes en relación con los demás, los empobrecidos? Sigue siendo una asignatura relegada y pendiente la distribución equitativa de los bienes  y el sentido (hipoteca) social de la propiedad privada. Asimismo, el “trabajo decente”, accesible a toda persona y base de su dignidad personal y social, como tarea y objetivo político prioritario.

La igualdad de la mujer en la Iglesia, incluyendo su acceso igualitario a todos los ministerios pastorales… En algún momento –ojalá sea pronto–, la Iglesia ha de equiparar a la mujer en todos los aspectos y tareas de la vida y la misión de la Iglesia. Es un signo de los tiempos y un aspecto que se puede rastrear en la relación misma de Jesús con las mujeres y la presencia activa de estas en la primera Iglesia –más claramente en las comunidades paulinas–.

Será también muy decisiva la configuración de una nueva estructura del ministerio pastoral (curas, obispos), estableciendo cambios profundos en su estatus y en una acción pastoral totalmente integrada en la corresponsabilidad de los carismas y ministerios de los laicos.

Tendrá que ir despuntando ya una Iglesia pobre, humilde, pequeña, solidaria y servidora. Que haya renunciado, al fin, a todo afán de riqueza, poder y prestigio mundanos. Que “entregue su vida” por la humanidad en la cotidianidad, como compañeros de camino y hermanos, y con momentos críticos proféticos de alzar la voz, el gesto y la acción, arriesgándolo todo por el Evangelio de la vida, la libertad, la igualdad y la fraternidad. Sí, una Iglesia verdaderamente cristiana.