En sintonía con Francisco

En sintonía con Francisco
Conocí al cardenal Juan José Omella, arzobispo de Barcelona, ahora elegido presidente de la Conferencia Episcopal hace años, cuando, recién nombrado obispo, se incorporó a la Comisión de Pastoral Social, junto con el obispo, entonces joven, Antonio Algora.

Estuvo al frente de esta comisión que publicó en 2015 Iglesia servidora de los pobres. Tal vez haya llegado también para la Iglesia en España un tercer periodo posconciliar, que se ha iniciado con el papa Francisco que propone una Iglesia «en salida», siempre «la casa abierta del Padre»; «en la dinámica del éxodo y del don». Una Iglesia en salida con tres vertientes inseparablemente unidas.

Conversión al Evangelio, haciendo inolvidable a Jesucristo. Juan XXIII convocó el concilio para que la Iglesia experimente «la gozosa presencia de Cristo vivo y operante». Según su mensaje a toda la humanidad, el concilio quiso renovar a la Iglesia para que «aparezca ante el mundo la faz amable de Jesucristo». En ello, insiste el papa Francisco: «Sin Jesús no puede existir la Iglesia; Jesús es la base, el fundamento de la Iglesia»; «La Iglesia ha de llevar a Jesús…; si alguna vez sucediera que la Iglesia no lleva a Jesús, esa Iglesia sería una Iglesia muerta»; «Solo es válido lo que lleva a Jesús y solo es válido lo que viene de Jesús».

Hacia el mundo; en actitud de escucha y diálogo. «La comunión esencialmente se configura como comunión misionera». «Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la autopreservación». Urge la conversión misionera, «que reconozca al otro, sane heridas, construya puentes». Una Iglesia «que coloque a los agentes pastorales en constante actitud de salida y favorezca así la respuesta positiva de todos aquellos a quienes Jesús convoca a su amistad». Por eso, «el ideal cristiano siempre invitará a superar la sospecha, la desconfianza permanente, el temor a ser invadidos, las actitudes defensivas que nos impone el mundo actual». Hay que salir del recinto sagrado: «Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle». La Iglesia es «madre de corazón abierto», «se mete con obras y gestos en la vida cotidiana de los demás, achica distancias», «acompaña a la humanidad en todos sus procesos por más duros y prolongados que sean». «No quiere príncipes que miren despectivamente sino hombres y mujeres de pueblo…».

Hacia los pobres y excluidos; que no se apoye en el poder que domina, sino que se deje inspirar por la compasión que humaniza. Juan XXIII soñaba con una «Iglesia de todos y particularmente de los pobres». El papa Francisco insiste: «Si la Iglesia entera asume este dinamismo misionero, debe llegar a todos, sin excepciones». Pero, ¿a quiénes debería privilegiar? A aquellos que «no tienen con qué recompensarte. No deben quedar dudas ni caben explicaciones que debiliten este mensaje tan claro. Hoy y siempre, los pobres son los destinatarios privilegiados del Evangelio, y la evangelización dirigida gratuitamente a ellos es signo del Reino que Jesús vino a traer. Hay que decir sin vueltas que existe un vínculo inseparable entre nuestra fe y los pobres. Nunca los dejemos solos».

Por esos tres rieles, que van en la misma dirección, debe caminar una Iglesia «en dinamismo de salida», pobre y servidora. Deseo y confío en que la Conferencia Episcopal oriente hacia ahí a la comunidad cristiana para que, superando posicionamientos fanáticos o sectarios en su propio seno, anuncie públicamente y de modo creíble el Evangelio de la fraternidad.