Hospitalidad y dignidad

Hospitalidad y dignidad
Hospitalidad y dignidad. Dos palabras que de manera constante, cada último miércoles de mes desplegamos en el Círculo de Silencio, en seis lugares diferentes de Bizkaia (Bilbao, Barakaldo, Portugalete, Durango, Galdako y Balmaseda).

Nos unimos a tantos lugares del Estado y del mundo, que se suman también a esta iniciativa que surgía en Toulouse (Francia) en 2007, ante la situación que viven tantas personas migrantes y refugiadas, en defensa de sus derechos, por unas leyes que reconozcan y garanticen la dignidad de toda persona, sobre todo de aquellas que se encuentran en situación de mayor vulnerabilidad.

Hombres, mujeres, jóvenes, niños, familias…, de lugares tan diversos, que a veces nos cuesta reconocer en el mapa, que huyen de la guerra, el hambre, la violación de derechos humanos fundamentales. Personas que en este camino se encuentran con vallas y fronteras, con nuestra indiferencia y con el rechazo de los países del primer mundo que buscan blindar su situación de «privilegio», frente a quienes llegan «de fuera», «sin papeles»…

El año pasado se celebraba el 30 aniversario de la caída del muro de Berlín. Se vivía como una gran victoria para la democracia. Sin embargo, los muros se siguen multiplicando: Ceuta-Melilla, Israel-Palestina; Hungría-Turquía, EEUU-México; Sáhara-Marruecos… Vallas, leyes de extranjería, medidas que impiden actuar a organizaciones que favorecen el rescate o la atención a personas refugiadas, que impiden desplazamientos, o confinan a miles de personas en campos de refugiados, o en los Centros de Internamiento de Extranjeros, tantos prejuicios… Seguimos construyendo y afianzando los «muros de la vergüenza».

Se trata de hacer visible, de gritar desde el silencio. El silencio en un mundo plagado de ruido, eslóganes y prisas se convierte en gesto rompedor, interpelador, frente a la indiferencia y la injusticia, en medio de nuestros conciudadanos, de nuestros vecinos, las instituciones, las autoridades…

Un silencio acompañado de frases explicativas: «somos tierra de acogida», «nadie es ilegal», «hospitalidad sin fronteras». Bienvenidos en varios idiomas, para que nadie se sienta excluido, excluida. «Tu silencio grita»…

Te cuestiona, cuando estamos en silencio, o dando tres vueltas en el sentido de las agujas del reloj, las miradas de indiferencia, las personas que cruzan por medio, a toda prisa, sin pararse aunque sea por curiosidad. Agradeces las preguntas que muestran interés. No deja de sorprender que con un rimo tranquilo, se va agrandando el círculo cuando se suman nuevas personas… siempre hay hueco para alguien más, aunque los pasos se hagan más cortos, o bien ampliamos la distancia entre unos y otros para que nuestro círculo llene la plaza.

Nos reconocemos, descubrimos una cara nueva, nos saludamos los habituales. Ese goteo constante, mes a mes, nos compromete, forma parte de nuestros hábitos, es presencia permanente en la calle. Sigue sorprendiendo la constancia de personas militantes en tantas «batallas», están ahí siempre que hay que denunciar que se niega la dignidad de las personas, personas voluntarias, jóvenes que se acercan en grupo…

Hay detrás un trabajo conjunto, coordinado de diferentes iniciativas y colectivos de personas migrantes, asociaciones y personas que acogen, acompañan, creyentes, no creyentes… Un trabajo en red, que se va extendiendo. Se comenta que se están planteando ponerlo también en marcha en…

Ponemos especial cuidado en estar presentes los días de lluvia, aunque el acto sea más corto o no podamos poner la patera que han elaborado reciclando cartones, con mucha creatividad. Comentamos que ni el viento ni el frío pueden ser excusa. No podemos quejarnos cuando sabemos que tantas personas viven a la intemperie, sin cobijo, sin un hogar al que volver…

Cada miércoles vemos como crece el número de víctimas que han perdido la vida en el Mediterráneo, que se está convirtiendo en la mayor fosa común. Se habla de 35.000 personas en las dos últimas décadas, 2.275 en 2018. Las cifras de 2019 hablan de 1.283 migrantes, si bien hay muchos datos sin confirmar, «barcos fantasmas» desaparecidos, con una aproximación de más de 400 muertos.

Lo expresan muy bien estos versos de Juan Gallego, El grito en el cielo (2017), recogido en un largo poema ilustrado Como si nunca hubieran sido, sobre la tragedia de quienes mueren en el mar tratando de llegar a Europa:

Como si nada hubiera sucedido. Como si nunca hubieran sido.
Como si no fueran nadie.
Como si nada.
Como si nunca.
Como si nadie.
Como si no.
Pero sí.
Pero eran.
Pero mueren.
Pero fueron.
Pero son.

En un encuentro que mantenía el papa Francisco el diciembre pasado con migrantes y refugiados provenientes de Lesbos, el símbolo de un chaleco recogido en el Mediterráneo hablaba por sí solo: Un chaleco recogido en el mar: «Pertenecía a un migrante que desapareció en el mar el pasado mes de julio. Nadie sabe quién era ni de dónde venía. Solo se sabe que su chaleco se encontró a la deriva en el Mediterráneo central el 3 de julio de 2019, en determinadas coordenadas geográficas. Nos enfrentamos a otra muerte causada por la injusticia. Sí, porque es la injusticia la que obliga a muchos migrantes a abandonar sus tierras. Es la injusticia la que les obliga a cruzar los desiertos y a sufrir abusos y torturas en los campos de detención. Es la injusticia la que los rechaza y los hace morir en el mar».

Los símbolos son importantes. Evocan. Un chaleco, una valla con concertinas, una patera, unas maletas, unas mantas en el suelo, unas siluetas, unas velas, una pancarta… Un muro…

La lectura en cada jornada de un comunicado recogiendo algún acontecimiento especial, acompañado de un testimonio en no pocas ocasiones. Nos hemos hecho eco de detenciones, la falta de lugares para pasar la noche, la trata de personas, la situación de mayor debilidad y explotación de las mujeres, la negativa persistente a algunos barcos de rescate para salir o atracar en tierra, en puerto seguro…

Recordamos las palabras del papa Francisco en el Discurso en la mezquita Heydar Aliyev de Bakú, Azerbaiyán, 2 octubre 2016: «Abrirse a los demás no empobrece, sino que más bien enriquece, porque ayuda a ser más humano: a reconocerse parte activa de un todo más grande y a interpretar la vida como un regalo para los otros, a ver como objetivo, no los propios intereses, sino el bien de la humanidad».

Nos encontramos el último miércoles de mes.