¿El mundo del revés?

¿El mundo del revés?

Que ante la injusticia,
mi corazón se rebele.
Que sienta en mi alma
la rabia del orden
que tapa el desorden.
—Guillermo Rovirosa

Mirando con más detenimiento la situación que vivimos, no dejo de pensar en lo contradictorio que parece todo, pues para salir juntos de esta pandemia tenemos que mantenernos aislados y separados; para curarnos debemos alejarnos de los centros de salud y hospitales; para superar este virus debemos resistir cada uno en su trinchera.

Resulta curioso que «insolidario» haya pasado de mero adjetivo, poco calificativo, a insulto; o que como, si de la canción de Paco Ibáñez saliese, el mundo, en verdad, se hubiera vuelto del revés: los héroes ya no llevan capas ni sobrevuelan la ciudad, no tienen superpoderes ni llevan una doble vida, sino que todos los días salen a trabajar en el super del barrio, a limpiar edificios, oficinas…, a cuidar a mayores, a curar a los enfermos, a transportar mercancías, a colocarlas en los estantes, a cultivar lo que después nos comeremos, a recoger la basura, a dispensar medicamentos…

¡Quién nos iba a decir hace unos meses que ser reponedor, cajera, limpiadora, enfermera, camionero, repartidor, basurero, dependiente de farmacia… se convertirían en profesiones de riesgo!

O que nos daríamos cuenta que esos trabajos «poco cualificados» resultarían imprescindibles para que nuestra vida pudiera funcionar, simplemente por la necesidad de saber, con seguridad, que al día siguiente los estantes de las tiendas volverían a llenarse gracias a esos trabajadores y trabajadoras.

Quiero pensar que esta situación nos ha llevado a tomar mayor conciencia de que ningún trabajo debe infravalorarse en razón al nivel educativo alcanzado o por considerarlo de estratos sociales inferiores; quiero pensar que se asume que su valor radica en que lo lleva a cabo una persona y que toda ella se da en cada tarea que desempeña en el cumplimiento de su trabajo y por vocación, contribuyendo así a su propio desarrollo y al de toda la sociedad.

También me gustaría creer que, por fin hemos entendido que toda decisión personal tiene repercusión social y consecuencias comunitarias; que no hay nada que sea incumbencia exclusivamente mía sino nuestra y que, por lo tanto, tendremos que dedicar tiempo a la reflexión y el discernimiento de cómo queremos llevar nuestras vidas para que la convivencia sea fiel reflejo de nuestra humanidad.

Y, por seguir soñando, igualmente me encantaría suponer que, por fin, comprendemos el sentido del bien común, que miramos por el bien de todos y todas y no solo por el individual; que así hemos vencido al egoísmo con la solidaridad, como principio que rige nuestras vidas y nuestra sociedad.

Esta situación nos ha activado la creatividad, nos ha revitalizado la esperanza, hemos recuperado nuestra bondad escondida: nos ofrecemos a ayudar a los demás sin esperar recompensa o dinero; nos preocupamos de nuestros vecinos que viven solos; anhelamos el encuentro físico con familiares, amigos, compañeros… y mientras llega el día del abrazo, usamos adecuadamente las nuevas tecnologías: para comunicarnos y saber cómo están quienes queremos y a quien echamos de menos.

Anhelo que perdure la sincera valoración de la sanidad pública y el reconocimiento de quienes a ella se dedican; la valoración de la tarea educativa de los docentes; la advertencia estatal de que no se aprovechen las circunstancias para despedir a trabajadores, que se mirarán con lupa los ERTE propuestos; la propuesta de una renta mínima temporal para personas sin recursos…

Pero todo, siendo verdad, no resulta suficiente para quienes, antes del estado de alarma, sufrían la pobreza, la precariedad, la xenofobia, la indiferencia, porque después del confinamiento continuarán sin tener un ingreso que les permita vivir dignamente, sin empleo para poder sustentarse ellos y sus familias, sin conseguir contratos que les garantice una pensión digna cuando lleguen a la jubilación; «sin papeles» que detenga su incansable carrera hacia la estabilidad personal y social. Esa será su vuelta a la normalidad.

Cuando salgamos de nuestras catacumbas, que no nos deslumbre el sol de la recuperada libertad y pensemos en todo lo que hemos aprendido en esos días confinados

Así que, cuando salgamos de nuestras catacumbas, que no nos deslumbre el sol de la recuperada libertad y pensemos en todo lo que hemos aprendido en esos días confinados. No volvamos a las prisas, a mirarnos el ombligo, a desmemoriarnos de la importancia de cuidarnos unos a otros, de defender la dignidad y la vida digna que se merecen todas las personas, sobre todo las que más sufren las consecuencias de una economía que mata.

Recuperemos los espacios para compartir, para re-unirnos, encontrarnos y apoyarnos mutuamente, reírnos y abrazarnos de corazón, estrechar lazos, tejer redes para afrontar también juntos lo que vendrá. Nos va a hacer falta. Lo que se augura, ya se vislumbra turbio, otra prueba más que afrontar después de la inactividad productiva de estos días.

Tenemos la responsabilidad de no desistir de la preocupación por el otro, de crear y sentirnos comunidad que se crece ante las dificultades, que ante la debilidad del momento busca unirse para luchar por la justicia y engrandece al que es humillado por causa de un sistema económico donde gobierna el dinero antes que la dignidad humana.

Azucemos nuestra memoria para que no se borren los tiempos cuando mirábamos la vida desde el balcón. Y si, a pesar de los intentos, los recuerdos se nos deslizan, tengamos presente el trozo de memoria histórica que se fue con ellos: nuestros mayores que, indefensos, sucumbieron a la enfermedad. Ellos y ellas que vivieron el período más oscuro de nuestra historia común, que pasaron muchas penurias, que sufrieron la derrota sin derechos ni libertades, pero que, a pesar del miedo, lucharon para lograr lo que ahora disfrutamos. Una generación que todo se lo ganó a base de sacrificio y esfuerzo y que, en los últimos años de su vida, nos devolvieron la esperanza, nos despertaron del letargo de nuestra indiferencia e inactividad cuando salieron a la calle a defender unas pensiones dignas.

¡Ah, por cierto! Esto no es una guerra, ni nosotros somos soldados que obedecemos sin cuestionar las órdenes recibidas. Esto es una pandemia que juntos queremos sobrellevarla y salir de ella.