Dialogar para avanzar en justicia

Dialogar para avanzar en justicia
En la situación que estamos viviendo es un hecho muy negativo la permanente confrontación y crispación que vemos en algunas instituciones políticas (provocada en gran medida por la actitud gravemente irresponsable de determinados partidos). Es todo lo contrario de lo que necesitamos: diálogo para buscar juntos respuestas a los problemas que tenemos como sociedad. Haciéndolo, legítimamente, desde la diversidad de posiciones.

La nuestra es una sociedad con grandes desigualdades, un modelo económico muy frágil, muy vulnerable porque la precariedad y la exclusión se han hecho crónicas. Las respuestas dadas a la anterior crisis (impuestas sin ningún diálogo social y político) agravaron aún más las desigualdades, la precariedad, el empobrecimiento y la exclusión. Eso ha tenido ahora efectos devastadores. No podemos volver a hacer lo mismo.

La Iglesia estamos llamados a tener un papel mucho más activo en la promoción del necesario diálogo social y político. Podemos y debemos aportar mucho más en ese sentido. La Iglesia, no solo los obispos sino el conjunto de los cristianos y de las comunidades eclesiales, podemos aportar cuestiones como estas:

1º. Alentar, promover y apoyar todo lo que sean caminos de diálogo social y político para buscar juntos respuestas a las necesidades sociales. Y, consecuentemente, rechazar las posturas de confrontación y crispación porque dañan gravemente la sociedad. En este sentido, quizá lo más importante sea que todos los cristianos y las comunidades eclesiales hagamos lo posible para que la crispación no se extienda en la vida social.

2º. Recordar siempre que el diálogo social y político no puede consistir en buscar componendas que solo maquillan las cosas. Necesitamos dialogar para avanzar en justicia, afrontando las causas estructurales de la desigualdad, la pobreza, la precariedad y la exclusión (Iglesia, servidora de los pobres, ISP, 2 y 49). Dialogar para transformar nuestro modelo económico y social, para lograr cambios en profundidad (ISP, 20).

3º. Proponer incansablemente que la clave para que el diálogo social dé frutos de justicia es situarse en la perspectiva del bien común (ISP, 30) que, entre otras cosas, supone, por una parte, la voluntad y la capacidad (hoy más bien escasas) de no situarse cada cual solo desde sus propios intereses particulares sino, ante todo, desde las necesidades de los demás; y, por otra, la convicción de que la preocupación central y prioritaria debe ser responder a las necesidades de los pobres, precarios, excluidos, vulnerables, frágiles.

4º. En ese mismo sentido, promover que el diálogo social tenga muy presentes elementos como la necesaria redistribución de la riqueza para combatir las desigualdades atendiendo al criterio del destino universal de los bienes (ISP, 25 y 26), la necesidad de fortalecer lo público y la protección social por parte de las administraciones públicas (ISP, 49) y la promoción del trabajo digno y estable (ISP, 32).

5º. Promover y alentar la importancia decisiva de las prácticas sociales de solidaridad y fraternidad, porque el protagonismo y la responsabilidad de la sociedad son fundamentales (ISP, 31) para que nadie sea excluido de los derechos que corresponden a cada persona.

La necesidad de diálogo social es hoy urgente, pero es permanente. Nos hemos referido a Iglesia, servidora de los pobres porque estamos convencidos de que contiene mucho de lo que podemos aportar a la sociedad (Editorial Noticias Obreras, junio 2015). Las comunidades eclesiales estamos urgidas a atender, concretar y vivir lo que en esta instrucción pastoral proponen nuestros obispos, pues, cinco años después de su publicación, sigue pasando inadvertida para la mayoría de cristianos, comunidades y movimientos eclesiales.

Diálogo y participación

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