Diálogo social sobre la educación

Diálogo social sobre la educación

Cuando en Fratelli tutti, el papa Francisco se refiere a la necesidad que tenemos de dialogar y reflexionar sobre el auténtico diálogo social como elemento esencial para la fraternidad, cita unas palabras de la Samba de la Bendición, de Vinicius de Moraes que son iluminadoras: «La vida es el arte del encuentro, aunque haya tanto desencuentro por la vida».

Si la vida es el arte del encuentro en medio de tanto desencuentro, la política, que debería ser ante todo cuidado de la vida, está llamada también a practicarlo. La política entendida como la acción de las instituciones políticas, pero también de todas las personas y organizaciones sociales.

Por eso, el desencuentro producido en el debate y la aprobación de la nueva ley de educación debería preocuparnos y llamarnos seriamente a la reflexión. Las legítimas diferencias (porque el diálogo y el encuentro no son componendas que ignoran la diversidad) no deberían desviarnos de poner la atención en que la escuela necesita tener una orientación de largo alcance, consensuada para que sea posible abordar entre todos los retos fundamentales de la educación.

Pero eso se hace muy difícil cuando se pone casi toda la fuerza en cosas que, aun teniendo su importancia, no son las más decisivas. Y, sobre todo, cuando se hace mucho ruido en torno a simplismos, superficialidades y descalificaciones. Cuando no hay disposición a ceder en algo, el diálogo y el encuentro no son posibles. Hay demasiado cortoplacismo, electoralismo, y escasa capacidad de pensar y actuar en un proyecto de futuro que abra procesos para afrontar los retos fundamentales que tenemos en la escuela. Haríamos bien en no dejarnos enredar socialmente en los simplismos y descalificaciones.

El diálogo para el encuentro sería mucho más factible, si nos centráramos en lo que es realmente más importante. Por ejemplo: en cómo afrontar el conjunto de lo que supone la educación de personas maduras, responsables, que vivan desde la solidaridad y el cuidado del planeta y de los demás; en un modelo social como el nuestro que, desde el consumismo y su publicidad, la despersonalización de la comunicación, la idolatría del dinero, el individualismo, la indiferencia…, de hecho, desfigura nuestra humanidad; ¿qué papel necesitamos que juegue la escuela en ese contexto para colaborar a una educación integral en humanidad?, ¿qué contenidos son esenciales para ello en el aprendizaje en la escuela? Cómo impulsar la función educativa de las familias y su papel en el sistema escolar; y cómo actuar para que las políticas laborales, de vivienda, de protección social… hagan posible y no obstaculicen la función social y educativa de las familias. Cómo avanzar en dotar de los recursos necesarios a la escuela, teniendo en cuenta que en la última década, por los insensatos recortes en un bien tan básico, ha perdido más de un punto del PIB en inversión, ¿qué hacemos para que la escuela disponga de los recursos que hagan falta según las necesidades del alumnado? Cómo actuar para que la escuela colabore a combatir la brecha de la desigualdad social en lugar de reproducirla. Y, sobre todo, porque eso es lo más esencial en la perspectiva del bien común, ¿cómo priorizamos de verdad en la escuela, en todas las escuelas, la atención a las necesidades de los hijos e hijas de las familias precarizadas, empobrecidas y vulnerables?, ¿cómo atendemos mejor la diversidad de los alumnos?

A no ser que pensemos que estas cosas no tienen mayor importancia y las cosas están bien como están, hemos de empeñarnos, más allá de cualquier ley, en ese diálogo posible para el encuentro en la educación.