A modo de diagnóstico de la realidad socioeconómica actual

A modo de diagnóstico de la realidad socioeconómica actual

Este tema corresponde al segundo paso del proceso de formación cristiana de la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC): Juzgar (o interpretar) el Ver la realidad para avanzar hacia el Actuar sobre la misma.

Pretendemos ofrecer la visión de la situación del mundo actual desde la concepción cristiana de la vida en la sociedad humana y en la tierra que nos cobija. Seguiremos la guía de la Doctrina Social de la Iglesia, cuyo fin es analizar la realidad sociopolítica en la trama de la historia para transformarla.

El título mismo de la última encíclica del papa Francisco Fratelli tutti (Hermanos todos) enuncia el fundamento de la vida humana y de la sociedad desde el Evangelio: la fraternidad. Es esta, la fraternidad, uno de los pilares de la Revolución Francesa, junto con la libertad y la igualdad, emanadas, en el fondo, de la “cultura cristiana”. Pero la fraternidad se redujo a un enunciado puramente nominal, sin concreción efectiva en la vida social. Sí se promovió la libertad, cuyo fruto principal es la democracia, aunque tarada de un tono individualista que no permite la autonomía real de todos, sino principalmente de los detentadores de la riqueza y el poder. La igualdad avanzó en aspectos importantes, pero con muchas insuficiencias a nivel social y económico; condicionada y disminuida igualmente por la libertad dominante y opresiva de los poderosos y la consiguiente alienación cultural, política y económica de la mayoría popular. De la fraternidad, fuera del ámbito eclesial, ni siquiera se pronuncia su nombre. Evidentemente, igual que la palabra amor, es una palabra y un valor específicamente cristiano, que quizás por cierto pudor o simple ausencia mental, no tienen relevancia alguna a nivel sociopolítico secular y, por tanto, no se nombran.

Y hete aquí que el papa Francisco hace de la fraternidad humana el pórtico y la perspectiva fundante de la humanidad y del mundo. Curiosamente, Francisco logró incluir en su proclama de la fraternidad al Gran Imán Ahmad Al-Tayyeb, alto representante del mundo islámico, tan afectado hoy por el yihadismo y el terrorismo. Y el 5 de marzo pasado, el Papa viajó a Irak para fortalecer la fe probada hasta el martirio de los cristianos iraquíes, entrevistándose también con el gran ayatolá Al Sistani. ¿No es el signo profético de una pronta alianza cristiano-islámica, como palanca de una reconciliación fraternal universal –un verdadero signo de los tiempos–?

Iremos desgranando los aspectos principales de la realidad fáctica del mundo actual, percibidos desde la visión humanista cristiana.

Un primer aspecto, que simplemente citamos, es la constatación de la orfandad humana, dimanante de la no conciencia de la “paternidad universal” de Dios, con la consiguiente ausencia de fraternidad.

Tres características básicas califican, orientan y determinan negativamente la marcha actual de la humanidad: la idolatría del dinero, el individualismo casi absolutizado y la globalización de la indiferencia.

Una economía absolutizada es el dios siempre activo en toda la historia, pero omnipresente especialmente desde los orígenes del capitalismo y superabundante en la actualidad, con la creciente y escandalosa acumulación de riqueza por un porcentaje reducido de personas y empresas multinacionales, junto a la vergonzosa –y acelerada en estos momentos de pandemia–, depauperación, miseria e incluso hambre de más de la mitad de la humanidad. En un “mundo sin religión”, se acrecienta la religión idolátrica de la riqueza que, por otra parte, domina y coloniza todas las dimensiones del ser humano y la vida cultural y social. Y aun peor, es una religión idolátrica que se nutre de verdaderos sacrificios humanos: los verdaderos crímenes de la muerte precoz de millones de niños y la muerte adelantada de la humanidad pobre y descartada –basta ver la diferencia de edad media de vida entre países desarrollados y menos desarrollados, de más de diez años–.

Esta absolutización economicista genera el actual modelo de vida caracterizado por un consumismo individualista o egocéntrico, ajeno a la vida de las demás personas –sobre todo de los pobres y descartados–. “El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada… ya no hay espacio para los demás, para los pobres… ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien” (Evangelii gaudium, 2). Es la globalización de la indiferencia, cifrada en ese consumismo hedonista individualista.

“En este sistema se ha sacado a la persona humana del centro y se ha reemplazado por otra cosa. Porque se rinde culto idolátrico al dinero. Porque se ha globalizado la indiferencia… Este sistema ya no se aguanta. Tenemos que cambiarlo, tenemos que volver a llevar la dignidad humana al centro y que sobre ese pilar se construyan las estructuras sociales alternativas que necesitamos” (II Encuentro Mundial de Movimientos Populares, 2014).

Se está sosteniendo una creciente desigualdad e injusticia, la negación de vida digna para todos  –los “de arriba” poseídos por la riqueza y el poder opresor, los “de abajo” alienados a nivel económico, social, laboral, cultural–, a cargo de “un modelo económico basado en las ganancias, que no duda en explotar, descartar e incluso matar al hombre” (Fratelli tutti, 22).

Las mujeres padecen doblemente la situación de pobreza, unida a la exclusión, el maltrato y la violencia.

Existe una verdadera esclavitud moderna –que convierte a la persona en un objeto utilizable y descartable de “usar y tirar”–, trata de mujeres y niños, venta de órganos a través del secuestro de personas.

Sorprende el silencio internacional sobre “la muerte de millones de niños, reducidos ya a esqueletos humanos a causa de la pobreza y el hambre” (Ibid, 29).

Desahucios inmisericordes de personas o familias en situación de pobreza casi total, tratadas hoy peor que a animales, expulsadas fríamente a la calle por propietarios en muchos casos bancarios que poseen multitud de pisos solamente para especular con ellos. Se absolutiza la propiedad privada sin tener en cuenta la dimensión social de toda propiedad.

¡Cómo no nos impresiona y golpea fuertemente una realidad como esta, de un “infierno humano” más que dantesco, al que se suman las guerras todavía vigentes –sostenidas por Occidente por intereses económicos y geopolíticos– y también la situación de aguda inhumanidad de los inmigrantes!

En un artículo anterior denotábamos la deshumanización y mercantilización del trabajo y de la persona del trabajador contra la centralidad y primacía del trabajo humano. San Juan Pablo II distingue la dimensión objetiva del trabajo, constituida por los instrumentos y el producto del trabajo, y la dimensión subjetiva constituida por la persona del trabajador y su dignidad y derechos inalienables. Señala la “prioridad del ‘trabajo’ sobre el ‘capital’… primacía del hombre respecto de las cosas”. Por ello, en la política económica y la gestión de la empresa lo primero y esencial ha de ser la dignidad del trabajo humano y de la persona del trabajador, lo cual conlleva condiciones dignas de trabajo, respeto de los derechos laborales, salario digno…

El trabajo es una necesidad y un camino de realización personal. “El gran objetivo debería ser siempre… una vida digna a través del trabajo” (Laudato si’, 128). Pero, “hoy el trabajo está en riesgo… no se considera con la dignidad que tiene y que da… El mundo del trabajo es una prioridad humana y, por tanto, es una prioridad cristiana” (Francisco, 27 mayo 2017).

La HOAC centra actualmente su acción en la realización de la iniciativa Iglesia por el Trabajo Decente, en la que intenta implicar a las instituciones sociales y laborales y de la misma Iglesia.

Como un dato actual de la degradación del trabajo, la Unión Europea exige a España, a riesgo de no percibir los fondos europeos acordados, la disminución de la tasa de precarización laboral, concretamente de los trabajadores del sector público, especialmente en Sanidad y Educación (con una tasa de interinidad cercana al 30%). Y añade el dato llamativo (Diario de León, 5 marzo) de que en los meses de enero y febrero, en plena tercera ola de la COVID-19, la Sanidad ha prescindido de 11.325 profesionales. Parece increíble que la propia Administración del Estado mantenga ese nivel de interinidad y que recorte el personal sanitario en un momento tan crítico como el actual.

El balance que presentamos de la realidad actual del mundo resulta, sin duda, negativo y pesimista. Pero, diagnosticada esta situación gravemente deficitaria y patológica, se ha de diseñar la respuesta adecuada de sanación y superación de la misma. Y ello está en las manos de todos nosotros. Veremos…

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Publicado en el Diario de León.