Es tiempo de rescatar el trabajo digno

Es tiempo de rescatar el trabajo digno

El respeto por la dignidad humana y por el bien común universal, son principios fundamentales de la Doctrina Social de la Iglesia y deben prevalecer en la organización del trabajo. Las empresas tienen la responsabilidad de crear empleos, de compartir la riqueza equitativamente y favorecer la prosperidad de forma sostenible. Se trata de una responsabilidad social y ambiental, que en estos tiempos de pandemia se manifiesta de forma aún más procedente.

Democratizar la gestión de las empresas, valorar el trabajo humano y reconocer que el trabajo es fuente de vida, de donación, de autonomía financiera y de humanización universal, es un imperativo del presente y tiempo pospandémico.

Tensiones e incertidumbres

Este tiempo de pandemia, presente en nuestras vidas desde hace más de un año, nos ha revelado cómo algo pequeño e invisible a nuestros ojos puede afectar la confianza en lo inmediato y en el futuro. Esta nueva realidad ha alterado profundamente la normalidad de nuestra vida laboral y nuestro ambiente familiar. Paralizó la economía a nivel mundial. Nos obligó al confinamiento, a obedecer a las reglas de distanciamiento social, al uso de máscaras y forzó al teletrabajo a millones de trabajadores en todo el mundo. Si consideráramos que el trabajo humano, más allá del sustento económico, promueve las relaciones humanas, los vínculos sociales y de la organización colectiva, podremos constatar que el teletrabajo afectará a la dimensión de la sociabilidad y de la solidaridad entre los trabajadores.

En esta pandemia podemos prever que muchas de las angustias y debilidades que sienten los trabajadores y sus familias, resultaron de trasformaciones observadas en el mundo del trabajo en las últimas décadas, principalmente, en el retroceso en los derechos laborales, la desregulación de la organización del trabajo y en la falta de la una protección social más robusta y universal. Los trabajadores con bajos ingresos, con vínculos inestables, con empleos periféricos en el sector informal de la economía, de trabajo no declarado, fueron los primeros en quedarse sin ninguna clase de ingreso o apoyo, porque muchas de estas actividades son realizadas al margen de la protección social y de la legalidad laboral. Pero estas actividades laborales tan precarias, son, casi siempre, el resultado de vidas enteras de trabajo, marcado por la incertidumbre, por la inseguridad y por la imprevisibilidad del futuro.

Realidad laboral de precariedad galopante

Es difícil, en un mundo globalizado y complejo, equiparar todas las dimensiones y problemas que le surgen a quienes persisten en creer que es posible un mundo más justo, más solidario y sostenible para todas las personas. Los profundos cambios, en el mundo del trabajo y en la sociedad, provocados por el desarrollo científico y por la tecnología digital, han traído muchos y nuevos beneficios para la población. Pero también han traído nuevas tensiones en la organización del trabajo, provocando más precariedad, reducción de salarios, inestabilidad e inseguridad en los vínculos y en los derechos laborales.

Los costes reales de esta pandemia en las relaciones afectivas y en la sociabilidad aún no se conocen bien. Pero los costes sociales y económicos, en la vida de los trabajadores y de sus familias, esos, son ya bien visibles entre nosotros. Las situaciones de desempleo e incremento muy significativo de la pobreza están más generalizadas, son muy reales y pueden ensombrecer nuestro futuro y el futuro de las próximas generaciones.

Necesitamos pensar cómo queremos o cómo vamos a salir de esta pandemia: ¿Más cercanos y solidarios los unos con los otros, local y globalmente? ¿Más comprometidos con las estructuras asociativas, políticas y sindicales que fortalezcan el diálogo social, la inclusión social y equidad? ¿Penalizando al poder financiero y a la economía de mercado, que desregula y mercantiliza los derechos laborales y los trabajadores y se apodera impunemente de las riquezas generadas por el trabajo? ¿O conformistas e indiferentes, dejando que los otros decidan y lo realicen por nosotros?

Audacia en la reorganización del trabajo

Nuestras convicciones humanas y cristianas nos instan a ser audaces y a exigir una nueva organización del trabajo, basada en la dignidad y en el respeto de los derechos laborales, a saber:

1.- Que redistribuya justa y equitativamente la riqueza procedente del trabajo; implique horarios compatibles con la vida personal y familiar; refuerce la protección social y la universalice; aproxime las necesidades de producción con las necesidades reales de consumo de las personas y las comunidades.

2.- Que aliente a empresas y líderes empresariales a reconocer el valor ético y democrático en la gestión y responsabilidad empresarial. A pensar en la empresa como comunidad de personas, donde se manifiestan, con normalidad, el respeto por la dignidad y humanidad de cada trabajadora y trabajador. Apostar por el diálogo social, la escucha de las propuestas de los trabajadores y de los sindicatos y adoptar la negociación colectiva como medio de equilibrar las fuerzas entre el trabajo y el capital.

3.- Que exija un sistema tributario más justo y equitativo, como un deber cívico de las personas, de responsabilidad social y ética de las empresas y de todos los sectores económicos y financieros del Estado. Beneficie y refuerce los servicios públicos esenciales como la salud, la educación y la protección social, entre otros. Combata la evasión fiscal y los paraísos fiscales en nombre del compromiso cívico y ético, de la responsabilidad civilizadora y del bien común universal.

4.- Que fortalezca a los sindicatos y el movimiento sindical, valorando su papel decisivo en la defensa de los derechos y en las conquistas laborales. Que dispongan de la fuerza y confianza de los trabajadores para reivindicar empleos con seguridad y derechos; para exigir la eliminación del trabajo precario y sin vínculo; para negociar una transición cara una era digital más justa, que implique una educación y aprendizaje permanente, universal e inclusivo. Se reafirmen en las luchas, en las reivindicaciones y en las negociaciones la centralidad de la persona humana y el derecho a un trabajo digno, priorizando el trabajo sobre el capital y las finanzas y combatiendo las evidentes desigualdades sociales entre países y continentes.

Desafíos emergentes

En su libro Soñemos juntos, el papa Francisco alerta y nos desafía, al afirmar: «El mercado es una herramienta para el intercambio y la circulación de bienes, para establecer relaciones que nos permitan crecer y prosperar y para ampliar nuestras oportunidades. Pero los mercados no se gobiernan a sí mismos. Necesitan de estar cimentados en leyes y reglamentaciones que aseguren su desempeño en función del bien común. El libre mercado es todo menos libre para incontables personas, principalmente para los pobres que, en la práctica, terminan por tener pocas o ningunas oportunidades…la solidaridad no es compartir las migajas de la mesa, sino hacer, en la mesa, un lugar para todos. La dignidad de los pueblos es un llamamiento a la comunión: compartir y multiplicar los bienes y la participación de todos y para todos».

Por eso, contra el conformismo, el individualismo y las desigualdades, los desafíos pasan:

1.- Por el compromiso con más justicia social, más y mejor aplicación de los derechos laborales.

2.- Por la reafirmación de la centralidad de la persona humana y del derecho a un trabajo digno.

3.- Por la prioridad del trabajo sobre el capital y el mercado financiero.

4.- Por el combate a las flagrantes desigualdades sociales entre países y continentes.

En nuestras manos se encuentra la oportunidad para hacer prevalecer y recrear estilos de vida y de compromiso universales, favorables a la justicia, a la fraternidad, y la comunión. Por tanto, podemos decir que “este es el tiempo propicio, este es el día de la salvación” (2 Cor 6, 2).