La banca y la economía sin rostro humano

La banca y la economía sin rostro humano

Las empresas bancarias hace muchas décadas que destruyen una gran cantidad de empleo. En los últimos años han engullido mucho dinero público, porque, según dicen, había que salvarlas de los efectos producidos por sus malas prácticas especulativas. Ahora, entidades que obtienen grandes beneficios ponen sobre la mesa dejar sin empleo a miles de trabajadores. Mientras, sus directivos cobran remuneraciones astronómicas y, con todo descaro, se las suben aún más. Su comportamiento no puede ser más indecente.

De hecho, muchas empresas bancarias se han convertido en un peligro para la sociedad y como tal deberían ser tratadas. Cuanto más se concentran y más grandes son, más peligrosas para la sociedad y el bien común. Dicen que es inevitable, que así es el Mercado. Es su lógica. Pero más bien habría que decir que así es la codicia y la falta de vergüenza. Se trata de ganar siempre y siempre más.

La destrucción masiva de empleo es uno de los efectos. Pero hay más. Cada vez hacen peor su papel social, que no es otro que facilitar crédito asequible y fácil para el buen funcionamiento de la actividad productiva de la sociedad, sobre todo a través de las pequeñas y medianas empresas, que son la mayor parte del tejido productivo que necesita la sociedad. Es la única justificación social para la obtención de unos beneficios razonables que permitan la continuidad de su actividad. Pero hace tiempo que ha dejado de ser así. Especular es más rentable, aunque dañe a la sociedad.

Para aumentar su rentabilidad hacen un uso perverso de las tecnologías. Una cosa sería que utilizaran las potencialidades tecnológicas para facilitar las gestiones de quienes así lo deseen, y otra bien distinta es obligar a todo el mundo a utilizarlas para ahorrar costes (destruir empleo) y obtener más beneficios. El precio que pagamos como sociedad, además de la destrucción de empleo, es la creciente despersonalización de la relación económica. En lugar de ser atendidos y tratar con personas, se nos obliga a tratar con máquinas. Y es que, ya se sabe, las personas pueden actuar con humanidad, cercanía, cariño, atención a cada caso concreto…, las máquinas no tiene esa clase de problemas, no tienen esos sentimientos que pueden ser malos para el negocio. Todos somos víctimas de esta despersonalización, de una economía sin rostro humano. Pero algunas personas lo son particularmente: personas mayores a las que se les hace cada vez más difícil su relación con las entidades bancarias en gestiones cotidianas, las que viven en pueblos que se quedan (y son muchos) sin ningún servicio de proximidad, las familias más vulnerables…

Además, está el maltrato a los clientes que tiene depositados pequeños ahorros (por no hablar de las prácticas “normales” de años anteriores como los engaños y las estafas, y las muchas trabas que se siguen poniendo para repararlas): cobrar comisiones por todo, remunerar escasamente o de ninguna manera los ahorros, etc. Y la absoluta falta de transparencia sobre lo que hacen con nuestro dinero, a qué se dedica, cómo se hace negocio con él.

La ciudadanía no es que tengamos una buena imagen de la banca, más bien al contrario. Pero nos quejamos…, y poco más. Sería hora de que comenzáramos a asumir un poco más nuestra responsabilidad en la defensa del bien común y pasáramos de la queja a no participar del juego al que quieren hacernos jugar muchas entidades bancarias, que seamos mucho más exigentes con ellas, que reclamemos mucha más transparencia, y que optemos por depositar los ahorros en las entidades con otras prácticas, que también las hay. Pero, sobre todo, que comencemos a ser mucho más exigentes con todos los responsables políticos para que defiendan el bien común.

Las autoridades políticas, cuya primera obligación es la defensa y promoción del bien común, deberían ser mucho más activas en afrontar los problemas que nos generan las entidades bancarias, en su control y regulación. Y en ello no tiene poca importancia plantear con seriedad la creación de una banca pública que actúe desde otra lógica y sea un contrapeso real a la despersonalización y al negocio a costa de lo que sea que se nos está imponiendo. No es ninguna extravagancia, es una necesidad para defender el bien común.

A algunos todo esto les da risa, pero no tiene ninguna gracia. ¡Vaya ingenuidad!, dicen, ¡Así es como funciona la economía! ¡Hay que ser más realistas! Cuando oigo estas cosas, siempre recuerdo lo que decía un paisano mío, el profesor Vicent Martínez Guzmán, gran defensor de la cultura de la paz, cuando lo tachaban de poco realista: “Nosotros los pacifistas somos los realistas”, no los que justifican, apelando al “realismo”, algo que es insostenible como es la falta de paz. Tenemos que “hacer las paces”, decía. Pues bien, tenemos que hacer otra economía.

Lo que ocurre con las prácticas habituales de la banca es muy serio. Las entidades bancarias son empresas que necesitan empresarios, no especuladores. El papa Francisco lo ha expresado muy bien: “Una enfermedad de la economía es la progresiva transformación de los empresarios en especuladores. Al empresario no se le debe confundir de ningún modo con el especulador (…) El especulador no ama a su empresa, no ama a los trabajadores, sino que ve a la empresa y a los trabajadores solo como medios para obtener provecho. Usa, usa a la empresa y a los trabajadores para su provecho. Despedir, cerrar, mover la empresa no le crea problema alguno, porque el especulador usa, instrumentaliza, ‘come’ personas y medios en función de sus objetivos de provecho. Cuando la economía la habitan, en cambio, los buenos empresarios, las empresas son amigas de la gente (…) Cuando pasa a manos de especuladores, todo se echa a perder (…) Es una economía sin rostros (…) Detrás de las decisiones del especulador no hay personas y, por lo tanto, no se ven las personas que hay que despedir y recortar. Cuando la economía pierde contacto con los rostros de las personas concretas, ella misma se convierte en una economía sin rostro y, por lo tanto, una economía despiadada” (Encuentro con el mundo del trabajo. Génova, Italia, 27.05.2017).