Javier Pagola. Recia bondad, desbordante humanidad

Javier Pagola. Recia bondad, desbordante humanidad
Foto de noticiasdenavarra.com
El periodista y colaborador ocasional de Noticias Obreras, Javier Pagola (Manila, 6 de enero de 1946) falleció en Pamplona el pasado 18 de octubre. Activo integrante de las Comunidades de Cristianos de Base o el Foro Gogoa, mostró siempre sus simpatías por la HOAC. Valgan estas líneas como sentido homenaje a su trayectoria profesional y humana.

El 10 de octubre último, a los 74 años de edad, fallecía en Pamplona Javier Pagola. En mayo del año pasado le habían diagnosticado ELA (esclerosis lateral amiotrófica). Asumió sin aspavientos su nueva situación –“ni una sola queja”, comentaba Maribel, su esposa–. Miró a la enfermedad de frente e hizo de ella, con fina y generosa sensibilidad, una oportunidad más de acción cívica y solidaria. Se integró en ANELA, organismo de personas afectadas y asociadas, haciendo suyo el lema de que “rendirse no es una opción” y convencido de que, “si no nos ponemos pesados, reflexionar personal y grupalmente puede ser una ayuda para otras personas y un servicio a la comunidad”.

Vivir con la enfermedad, pero no para la enfermedad: esa fue su decisión consciente y ese ha sido su intento desde el primer momento. Así lo expresaba el 19 de junio en un artículo titulado “Un año con ELA”, en el que, aparte de otras consideraciones, nos hacía también partícipes de su fuerza interior: “La ELA no afecta a las facultades cognitivas. Al menos a mí me permite seguir pensando y escribiendo, que son oficios de vivir y servir. Alguno opinará que eso de ser consciente puede ser desventaja en algún momento. Pero la salud de la mente es, creo yo, salvaguarda para una vida humana digna y una espera también humana e inteligente de su final”. Palabras lúcidas ciertamente, pero que, precisamente por serlo, le llevaron a reconocer con transparente simplicidad: “mantengo esa pequeña utopía, pero siento que la ELA me gobierna más de lo que yo quisiera”.

Periodista enamorado de su oficio, lo ejerció durante una treintena de años en Radio Pamplona (Cadena SER). Sus informativos locales todavía hoy son recordados como un referente permanente de información veraz, plural y democrática. En el 2000 cambió las antenas de la radio por tareas de cooperación internacional a través de la ONG Medicus Mundi. Aunque aquí llevó también a cabo tareas de gestión, su encomienda principal fue la de la comunicación. No en vano en ésta, y más concretamente en la oral, Javier fue siempre un maestro consumado.

Aunque sus libros lo acreditan sin duda como un buen escritor, él fue sobre todo un gran comunicador. Manejaba extraordinariamente la palabra hablada. Y su recia y agradable voz radiofónica era todo un regalo que la enriquecía. Por eso representó un golpe mayor, para él y para todos, que la enfermedad se manifestase primeramente en dificultarle la palabra hablada, haciéndola ininteligible para los demás y privándole finalmente de ella. Sin embargo, su forzada mudez –es importante subrayarlo– y, sobre todo, su definitivo silencio verbal impuesto por la muerte se han transformado en una formidable eclosión de palabras, en una armónica y maravillosa sinfonía de voces, muchas y diversas, que, hablando ellas, han hecho que la vida de Javier se mostrara y desvelara con toda su riqueza y su hondura.

La enfermedad y muerte de Javier han iluminado su vida:  su poliédrica e integrada humanidad, su calidad de esposo, padre y abuelo, su responsabilidad de convecino y ciudadano, el rigor y la honestidad en el ejercicio de su profesión, su dedicación voluntaria a los centros de cultura popular, su solidaridad con toda clase de víctimas y personas vulnerables, sus esfuerzos en la promoción del Foro Gogoa, su sintonía con el mundo indígena de Guatemala, Bolivia y Perú, su entusiasta cita anual con “África Imprescindible”, su adhesión a las comunidades cristianas de base y la perseverancia en la suya propia, su fiel y tierno seguimiento de Jesús, y su sueño de una Iglesia renovada y abierta… Esto y mucho más, se convirtió, tras la muerte de Javier, en una cantata espontánea de múltiples y unánimes reconocimientos y acciones de gracias.

Al apagarse la voz de Javier, ha sido su vida
la que ha empezado a hablar
con una irradiación sorprendente

Estas mismas palabras mías solicitadas por Noticias Obreras –no en vano Javier fue amigo de HOAC y también, en ocasiones, colaborador de esta revista– son un pequeño ejemplo de lo que trato de mostrar: que, al apagarse la voz de Javier, ha sido su vida la que ha empezado a hablar con una irradiación sorprendente. Recogeré tan sólo tres testimonios.

Un amigo de largo recorrido –“desde cuando aún llevábamos pantalón corto”– se expresaba de este modo: “Su vida ha sido un regalo para Navarra, para Pamplona, para los sin voz, para los desfavorecidos… Que la tierra que tanto amó le acoja como al hijo que siempre fue”.

Un columnista de un periódico local concluía su escrito con estas palabras rotundas que, probablemente, más de uno suscribiríamos: “El mundo necesita más personas como Javier”.

Y una amiga manifestaba: “Qué sensación más paradójica tengo. Estoy triste por la pérdida, pero, a la vez, una alegría serena me invade el corazón por haber conocido a Javier y haber podido compartir muchos momentos con él”.

Y, por mi parte, a todo este extraordinario concierto de voces, me gustaría añadir con toda sinceridad una nota que, aunque pueda parecer desafinada, creo que no lo está. Y es que toda esta música me chirriaría y hasta heriría mis oídos si no fuera consciente de dos cosas. No son nada nuevo, pero sí son decisivas. La primera consiste en reconocer, siguiendo a Jesús, que “bueno”, lo que se dice bueno, completamente bueno, sólo hay uno: el Dios al que Jesús se dirigía y nos enseñó a invocar como Padre. Y en reconocer, en consecuencia, que todas y todos, Javier incluido, somos limitados, imperfectos y pecadores. Eso somos. Y es así como el Señor nos ama.

Por eso, la segunda cosa de la que trato de ser muy consciente es de que el amor del Señor ha sido inmensamente manirroto con nosotros desbordando ampliamente nuestras debilidades. Hay un himno en el Oficio Litúrgico de las Horas en el que afirmamos ser “una encarnación diminutiva” del amor creador de Dios. Como criaturas siempre somos diminutos. La grandeza consiste en encarnar por gracia lo divino. Es desde aquí desde donde miro a Javier. Y entonces, sin temor, le doy sencillamente gracias al Señor por haberle regalado tantos dones.

Supo compaginar la realidad y los sueños,
la necesaria y prosaica búsqueda de pan para todos
con el gusto estético de las rosas

Ese es justamente uno de los aspectos que atrae y llama la atención en Javier, las diversas e integradas variantes –que en otras personas podrían resultar opuestas y hasta irreconciliables– de su rica sensibilidad y de sus intereses. Supo compaginar la realidad y los sueños, la necesaria y prosaica búsqueda de pan para todos con el gusto estético de las rosas. Fue capaz armonizar la lucha por la justicia social con el amor a la tierra que nutría sus raíces. Vivió unitariamente la entrega a lo local –sin narcisismos ni exclusiones– y la apertura irrenunciable a lo universal. Cuidó el ejercicio de su profesión, sin que ésta aminorara su voluntaria y desbordante solidaridad. Trabajador incansable y hombre de acción cultivó y cuidó con esmero y solicitud la vertiente espiritual de su vida. Laico convencido reivindicó y se comportó como un sujeto activo, corresponsable y creativo en la Iglesia. Hombre de fe no sólo la vivió, sino que se esforzó por aprender a pensarla y a expresar en leguaje de fe la vida y los acontecimientos. Fue firme y tierno a la vez.

En resumen: quiso ser y fue un buen seguidor de Jesús. ¡Enhorabuena, Javier, por el gran abrazo que ya habrás recibido del Señor!