Polarización y populismo de derechas

Polarización y populismo de derechas
Este artículo viene a completar la visión de Sandra Chaparro, doctora en Historia Medieval y Moderna, plasmada en el Tema del Mes del mes junio de 2021, Libertad de expresión, delitos de odio y convivencia democrática, donde señala la encrucijada que existe entre los delitos de odio y las limitaciones de libertad de expresión, sin que se lastime la democracia.

La polarización, como estrategia, suele surgir de mano de liderazgos políticos e “intelectuales” fogosos. Estimulándose mutuamente, les mueven tres presupuestos que podemos atribuir a otros tantos referentes académicos.

(1) Según Carl Schmitt1, el teórico nazifascista que cobijó el franquismo, hacer política exige construir un antagonista colectivo: “ellos” vs. “nosotros”.

(2) El sociólogo alemán Niklas Luhmann2, antagonista de Jünger Habermas, añade que la eficacia de un sistema comunicativo reside en su capacidad para plantear disyuntivas que simplifiquen la realidad y la competición política. Concebido así, un sistema mediático eficaz fija la atención pública en dos opciones. Porque no cabe elevar el conocimiento ni la capacidad de diálogo de la ciudadanía, que se presuponen mínimos o nulos. Más aún, Luhmann asume como inevitable que la cobertura mediática no guarda relación con la realidad. El valor político de un líder se cifra como los precios del mercado, según la atención y la valoración pública que recaban.

Por último (3), Jeffrey Alexander3 sostiene que la tarea política conlleva y muchas veces se limita a realizar performances; esto es, “postureos” mediáticos y puestas en escena. Ninguna más cautivadora que la de una retórica agonista, “a muerte”, y antagonista.

La retroalimentación de los extremismos

Los presupuestos teóricos anteriores conducen a estrategias partidarias donde la bipolarización divide el campo político en sendas trincheras. La dialéctica del fuego cruzado se justifica, de nuevo, por las cuatro lógicas de un sistema político que (retro)alimenta los extremismos.

Para empezar, constatamos (1) la incapacidad de las instituciones y de sus representantes para resolver cuestiones que, en realidad, se dirimen informalmente con imposiciones de los poderes de facto o en instancias internacionales. Véase, el reducido margen de acción de los gobiernos nacionales para dirigir la política económica o la transición ecológica y digital. Esta impotencia (2) vacía los programas de gestión y gobierno de lo público, que resultan indistinguibles excepto en el fragor electoral. Es la “política retórica”, que señalaba Murray Edelman y que se agota en el momento de formularla. Alcanzado el poder, desaparecen las diferencias antes exaltadas en campañas permanentes los 364/5 días del año.

En consecuencia con lo anterior, (3) la propaganda política se limita a expresar quién no se es, atacando y difamando al adversario. A este se le pretende expulsar de la esfera de debate legítimo. Se le niega la legitimidad, la autoridad y la competencia para ejercer la función representativa si se trata de un cargo electo. Y, si son gente común, “muertos de hambre”, se les priva de los derechos humanos más elementales.

La aplicación más aberrante y reciente de esto último afecta a los refugiados y exiliados, etiquetados de potenciales o, lo que es lo mismo, presuntos terroristas. Antes o simultáneamente han sido estigmatizados como “ilegales”, narcotraficantes, okupas… Cerrando el círculo de la exclusión, quienes les asisten son denigrados con la etiqueta de “buenistas” o criminalizados como “traficantes de seres humanos” y “mafias de la inmigración”.

En último lugar, (4) alcanzar el estadio anterior, en el que ya estamos instalados, requiere haber convertido la “bonhomía” en objeto de mofa o escarnio. Que antes te llamaran “buena persona” constituía un elogio. Ahora, pareciera un insulto, dirigido a alguien “que no se entera” y es incapaz de velar por sus intereses. O peor aún: se reviste de “buenismo”, siendo un cínico o farsante. Porque incluso la solidaridad, materializada en el salvamento de los refugiados y la asistencia a los migrantes, se representa como una empresa lucrativa (trata de seres humanos) y delictiva (“las mafias de la inmigración”).

Tierra quemada

Con esta estrategia de polarización, el destropopulismo (populismo de derechas) planta las raíces de una pornografía moral en los individuos y de una ética obscena en la esfera pública. Alcanzado el poder, las normalizará como políticas contrarias a los derechos humanos.

La agenda de temas y los marcos discursivos del destropopulismo son propios de quienes conciben la política y la comunicación como campos de batalla y tierra quemada. Y actúan en consecuencia, porque consideran el espacio público como un patrimonio a conquistar, que no se comparte ni está sujeto a regla alguna.

Esta visión patrimonialista del debate público se corresponde con reclamar una libertad de expresión sin restricciones ni responsabilidades. Porque también se la considera propiedad privada, entendida como un derecho absoluto. El lenguaje cotidiano refleja esta concepción con expresiones de uso creciente: “es mi opinión y no tengo por qué justificarla”, “tú tienes la tuya y yo la mía”.

El destropopulismo entiende que la libertad de expresión le pertenece, porque la ejerce con todos los recursos a su alcance, que son muchos, y reclama hacerlo sin cortapisas. Dispone de una red de fundaciones de alcance global, con plataformas de expresión y una presencia constante en medios4.

No solo exige poder publicar mentiras, sino también viralizarlas fraudulentamente comprando y automatizando cuentas falsas en las redes. Con estos potentes altavoces exclaman: “tu libertad empieza donde acaba la mía”. Por ello elevan su voz, creando ruido. Extreman los mensajes, señalan y acosan a los oponentes, y se hacen omnipresente. Así apagan la voz y la visibilidad del resto de actores sociales. Anunciando, además, que cuando lleguen al poder ilegalizarán a los contrarios.

Acorde con la entronización de la propiedad privada, el destropopulismo confunde libertad de prensa con libertad de imprenta. Sostiene que quien posee los medios para producir y viralizar mensajes, tiene derecho irrestricto a difundirlos. Así que pretenderá ocupar todo el espacio público acobardando, amordazando o criminalizando otras voces, mientras finge sufrir censura y marginación.

Reducción de la democracia

Se impone, por tanto, una noción muy reducida de la democracia, como suma de intereses individuales a corto plazo. Sin entender que el reto democrático es reformularlos como intereses colectivos a medio y largo plazo. César Rendueles5 sostiene que “la deliberación es un proceso de cambio endógeno de las preferencias como consecuencia de la comunicación”.

Quien delibera hace un ejercicio de “socialización democrática”: aspira a cambiar de intereses e identidad. No los impone, sino que redefine  los suyos acompasándolos a los ajenos. Porque, sentencia Rendueles, la libertad entendida como actividad privada resulta incomprensible: “mi libertad [no acaba] empieza exactamente en el lugar donde empieza la tuya”.

La interdependencia y la dimensión colectiva de las libertades individuales no es una tesis buenista sino una realidad palmaria. El derecho a hablar una lengua oficial se hace efectivo si existen hablantes titulares de ese derecho. “Mi” cuerpo en una manifestación es irrelevante si no le acompañan otros cuerpos. “Mi” voto resulta insignificante sino se alinea con otros. El sufragio es un fraude, si no le preceden la libertad de asociación y expresión; sobre todo, la de quienes no pueden costearlas o carecen de condiciones materiales para ejercerlas. Por tanto, la libertad de expresión, entendida como actividad privada no solo resulta incomprensible, sino impracticable.

Además, la “democracia deliberativa y participativa” cuenta con una ventaja probada empíricamente, que podemos calificar de “perfeccionista” y que se aplica en un doble sentido, con implicaciones nada desdeñables. Incentivar tomar la palabra y el derecho a decidir convierten la política y el periodismo en escuelas de ciudadanía. Justo lo contrario que los parlamentos teatralizados y las redes polarizadas, ahora convertidos en foros incívicos y de “incomunicación antipolítica6.

Por si fuera poco, abrirse a la participación implica dejar la puerta abierta para mejorar las decisiones. Algo imprescindible para afrontar cambios del calado que ahora afrontamos. Y, en todo caso, es una medida obvia si se acepta que en política no existen soluciones finales ni totales, para siempre y para una sociedad monolítica. Las dictaduras y los totalitarismos, del signo que sean, abanderan tales despropósitos.

Los enemigos de la democracia empobrecen el debate de la polis, aquello que nos concierne a todos y todas, reduciéndolo a su dimensión más tosca: “¿qué hay de lo mío?”, “lo(s) nuestro(s) frente a lo(s) suyo(s)”… “primero, nosotros”. Practican la violencia verbal: los fundamentalismos dictan condenas morales, penales o incluso religiosas contra la diferencia y la diversidad.

Una vez normalizado el discurso de la crispación, resulta “normal” escuchar que la okupación es un delito y no una respuesta a la privación del derecho a una vivienda digna. O que el movimiento LGTBIQ lo componen desviados y enfermos mentales. Y este etiquetaje estigmatizador, que se aplica a los disidentes nacionales, se extrema con los “extranjeros”.

Odio al pobre

La xenofobia destropopulista equipara los términos de “árabe”, “musulmán” y “yihadista”. Pero esa arabofobia es, en realidad, aporofobia: odio al pobre. La indigencia material manifiesta el fracaso (y la responsabilidad) personal de quien no se ha esforzado ni luchado lo suficiente. Pero afirmar esto de forma abierta aleja a los precarios y empobrecidos nacionales. Así que el darwinismo social de los programas económicos de la Alt-Right (derecha alternativa) se disimula con supremacismo étnico y “guerras culturales” en defensa de las esencias nacionales de la religión, la raza, la familia tradicional…

En última instancia, se intenta quebrar la solidaridad y el apoyo mutuo entre las clases populares nacionales y extranjeras. Para ello es necesario que “los nuestros” no compartan otra marca identitaria que no sea “un Pueblo, una Nación y un Destino”.

Hacerse víctimas

Encubriendo su prepotencia y la ventaja con la que cuenta, el destropopulismo se presenta como víctima de la corrección política y la censura. Denuncia como ataque la libertad de expresión cualquier cortapisa a la difusión de su discurso, sean la cancelación de sus cuentas o la moderación de contenido. Como si al ser expulsados de un bar por provocar peleas y altercados, afirmasen que se ha prohibido la venta de alcohol. En paralelo, la (ultra)derecha representa a la población extranjera como una casta privilegiada por las ayudas sociales y ensalzada por las guerras culturales que abandera la progresía.

Esta es, sin duda, la estrategia más eficaz para recabar la atención del público. Porque los espectadores están saturados y abrumados por el bombardeo masivo de acusaciones cruzadas del tú más y se han acostumbrado al todo vale.

Hiperliderazgos

En este pandemonium, la ciudadanía se sabe incapaz de juzgar la competencia gestora o la coherencia ideológica de los políticos. Siéndole imposible evaluar la trayectoria o el ejercicio de sus funciones, resulta más simple enaltecerles o denigrarles aplicando criterios personales o emotivos al alcance de cualquiera. En consecuencia, los medios y los públicos valoran la sinceridad, la espontaneidad o la “estatura política y moral” de los hiperliderazgos políticos. Estos condensan de manera personalizada un proyecto político que carece de dimensión colectiva. Los partidos se identifican con sus líderes y los spin doctors son los hombres clave de sus gobiernos.

Los algoritmos digitales y los medios comerciales anteponen la publicidad y la información negativas a las noticias veraces y contextualizadas, de modo que la expresión polarizadora resulta inevitable. En un estadio superior, se alcanza la deslegitimación de todos los políticos y sindicalistas, calificados de corruptos y prescindibles. Mejor, por tanto, sustituirles por líderes y jefes, que saben lo que ha de hacerse y que lo harán sin miramientos y con eficacia.

La inmensa mayoría de la población participa solo como espectadora o, más bien, de sicofantes: los miembros del coro griego que acompañaban a los héroes clásicos haciéndose eco de sus intervenciones; es decir, viralizándolas. Reparemos en que esto exige obviar lo que se da por supuesto: el fingimiento y el maniqueísmo.

Recurrir a los sesgos

Suspender el juicio racional es un requisito para disfrutar del espectáculo político-mediático. Aplicar nuestros sesgos personales desde el arranque, expresar pasión por “nuestro” equipo y repulsa visceral por “el contrario” son aptitudes obligadas para “vivir” un partido de fútbol. Concebido, claro está, como una competición por marcar goles a cualquier precio, incluidos los fichajes “galácticos” y la compra de árbitros.

Sin embargo, lo que pudiera resultar adecuado en un espectáculo deportivo tiene consecuencias nefastas cuando se traslada al espacio público. No conviene abandonarse a la fantasía nostálgica y a la (re)conquista allí donde se fraguan las identidades sociales y se decide el destino colectivo.

Nos volvemos más propensos a la información errónea cuando suceden tres cosas. Primero, y quizás lo más importante, porque las condiciones sociales nos hacen sentir la necesidad de la “agrupación interna”, donde la identidad social genera fuerza y superioridad, y permite culpar a otros grupos por sus problemas.

La desinformación prevalece en comunidades desestabilizadas o impotentes ante cambios no deseados. La hostilidad alimenta la desconfianza social y proliferan los rumores y la mentira. La gente se aferra sus identidades polarizadas y asume el “conflicto basado en la identidad”: busca información que afirme el “nosotros contra ellos”, sin considerar su verdad o rigor.

El segundo impulsor de la desinformación son los políticos que alientan a seguir adelante, satisfaciendo el deseo de desinformación que afirma la identidad. El conflicto político les beneficia, al menos a corto plazo, porque reúne seguidores.

Y, finalmente, está el tercer factor: el salto a las redes digitales: un vector generalizado de desinformación y un multiplicador de los otros riesgos. “Los usuarios de Twitter tienden a retuitear para mostrar aprobación, discutir, llamar la atención y entretener. […] La veracidad de una publicación o la precisión de una afirmación no es una motivación identificada para retuitear7. “La mayoría de la gente no quiere difundir información errónea [señala otro estudio8] pero el contexto de las redes digitales centra su atención en factores distintos a la verdad y la precisión”.

“El problema es que cuando nos encontramos con puntos de vista opuestos en la época y el contexto de las redes sociales, no es como leerlos en un periódico mientras estamos sentados solos“, escribió Zeynep Tufekci9. “Es como escuchar los gritos del equipo contrario mientras estamos sentados con nuestros compañeros fanáticos en un estadio de fútbol. En línea, estamos conectados con nuestras comunidades y buscamos la aprobación de nuestros compañeros de ideas afines. Nos vinculamos con nuestro equipo gritando a los hinchas contrarios”. En un ecosistema donde el sentido de conflicto de identidad lo consume todo, “la pertenencia es más fuerte que los hechos”.

En línea, estamos conectados con nuestras comunidades y buscamos la aprobación de nuestros compañeros de ideas afines

En el fondo, la respuesta ciudadana más extendida tiende a ser el cinismo —nada es real, todos son iguales– o el nihilismo —que se vayan todos y todo al infierno--. Cuando estas actitudes se convierten en moneda común, podemos reconocer la senda recorrida.

Lo que en un principio era desafección institucional, debida en gran parte al negativismo mediático, se transforma en indiferencia individualista que luego en manifiesta desafección democrática. El desinterés y desapego respecto a la política institucional aumentan cuando los medios la cubren de forma tan negativa que la ciudadanía se desentiende de ella. Recluyéndose en la esfera privada, la ciudadanía acaba por abandonar los ideales democráticos, a la vista de su degradación. Así lo manifiesta la pérdida de credibilidad y la consecuente crisis de la mediación política y periodística.

Polarización mediática y digital

Cuando no se ofrecen políticas alternativas o se tachan de inviables, cuando la disidencia y la diversidad se demonizan, los medios privilegian dos estrategias: el victimismo y el matonismo. Son los polos más extremos de una relación humana: la víctima y el verdugo son tan opuestos, que parece imposible que se comuniquen. Requeriría un reconocimiento mutuo Y el sistema político-informativo no lo promueve. Y no lo hace porque los medios, las redes y las plataformas digitales priman la rentabilidad y la eficacia económica.

La cuantificación del público en audiencias y la mercantilización de la información se remontan a tiempos de Randolf Hearst: el Ciudadano Kane que retrató Orson Wells (1941) y que David Fincher revisitó en Mank (2020). Un apresurado repaso histórico señala que la prensa sensacionalista del siglo XX nació en EE.UU. vinculada a la propaganda bélica que provocó la guerra hispano-estadounidense de 1898. Hearst y Joseph Pullitzer, que da nombre al prestigioso galardón periodístico, enviaron corresponsales a Cuba para que inventasen crónicas y bulos que justificasen la anexión estadounidense de las colonias españolas. A finales del siglo XX, la supuesta prensa de prestigio, representada por los medios corporativos, avalaría la invención de las armas de destrucción masiva que “motivaron” la invasión de Irak.

Ya en 1925, Edward McKernon había publicado Fake news and the public, con un significativo subtítulo: Cómo la prensa combate combate el rumor, al mercader y al propagandista. Es decir, atribuía la desinformación a los amos de la mercadotecnia. Tampoco el término post-verdad es una novedad de Oxford Dictionary tras la victoria del Brexit y de Donald Trump, tal como se cita a menudo. Steve Tesich acuñó post-truth en 1992.

Tras la Primera Guerra del Golfo escribió con sorna: “nosotros, como pueblo libre, hemos decidido libremente que queremos vivir en un mundo de post-verdad”. Se refería a que la ciudadanía, reducida a espectadora, elegía la versión de la realidad que avalaba sus sesgos y prejuicios. En suma, a finales del siglo XX, la información ya se consideraba propiedad privada. Tanto por los productores como por los consumidores. Los primeros producían y publicitaban la semiverdad o la mentira más lucrativas. Los segundos, consumían las que proporcionasen una zona de confort o arrebato emocional.

Las tecnologías digitales aumentaron la capacidad de generar noticias rentables y a la carta

Las tecnologías digitales aumentaron la capacidad de generar noticias rentables y a la carta. Entregadas al mercado de datos publicitarios, ampliaron la emisión y la difusión de mensajes antagonistas. Lo que no implicó más democracia. Algunos autores creyeron que los internautas se habían liberado del control de la agenda pública que hasta entonces monopolizaban los periodistas. Además, estos mantenían intercambios de favores con las fuentes de mayor poder.

Pero el tiempo desveló que los usuarios digitales están sometidos a una mercantilización publicitaria mayor que la que dominaba los medios tradicionales. La tendencia se lleva al extremo incorporando la inteligencia artificial. Empleamos las redes para auto-promocionar nuestra “marca digital”. Pero alojan una creciente presencia de robots, algoritmos inteligentes, que realizan esa función con mayor eficacia.

El mito de la “desintermediación digital” sostenía que desplegaríamos una “auto-comunicación”, según el término de Manuel Castells, autónoma y soberana, sin intermediarios profesionales. Pero la datificación lo desmiente. Este proceso pretende reducir todos los planos de la realidad (la individual y la colectiva, la biológica y la psíquica) a datos. Y culmina, por el momento, la racionalización burocrática de la esfera pública que arrancó en la Modernidad10.

Ahora podemos gestionar sociedades amplias y complejas con el registro masivo y en tiempo real de los macro-datos de todas las interacciones digitales de la población. Y es posible analizarlos de forma automatizada con inteligencia artificial. De modo, que los algoritmos “aprenden” y aumentan de eficacia cuantos más datos procesen. En última instancia, actúan como nuevos gatekeepers: los porteros que dan acceso a la esfera pública. Lejos de rebajarlos, exacerban los sesgos que contribuyen a la desigualdad acumulativa.

Ya hemos señalado que el modelo de negocio de la industria de datos exige el engagement, la participación guiada y constante de los usuarios con los dispositivos y los flujos digitales. El empantallamiento continuo y la interacción incesante en las plataformas genera más macro-datos. Y esto requiere viralizar con algoritmos los mensajes más extremos y polarizados. Se testan para incrementar su eficacia. Y se redirigen a perfiles concretos de internautas, con un elevado nivel de segmentación y personalización.

El siguiente esquema resume el proceso.

El bucle de retroalimentación digital

DE IZDA A DCHA: Polarización aumentada / Más indignación / Máxima atención / Más dinero de publicidad FLECHA INFERIOR: Repetir sin cesar]

El destropopulismo, al contar con más recursos, erige una esfera pública digital propia. Cuenta con espacios calificados políticamente “extremos” que, además, generan más interacciones. Esta es una conclusión unánime de los estudios sobre las elecciones de EEUU en 2020. Investigaciones anteriores habían puesto de relieve la asociación entre una inclinación política conservadora, el intercambio y la exposición de información falsa. Estos resultados se confirman en los análisis sobre la proliferación de narrativas conspirativas sobre la COVID-19 y el supuesto fraude electoral en las elecciones estadounidenses de 202011.

Un estudio reciente12 concluye que las fuentes de noticias de la (ultra)derecha trumpista generaron el mayor número medio de interacciones por seguidor con sus publicaciones. Les seguían las fuentes de (ultra)izquierda y, a continuación, las del centro ideológico. En la (ultra)derecha, las fuentes de desinformación superaban con creces a las veraces. Las desinformativas recabaron una media de casi 500 interacciones semanales por cada mil seguidores Y las informativas, casi la mitad: 259.

Mientras que las fuentes de la desinformación de centro e izquierda apenas obtuvieron una media semanal de 150 interacciones. El sector ideológico más penalizado fue el centro, con un 70% menos de interacción con la desinformación que con las noticias veraces. Por último, los flujos desinformativos de la (ultra) derecha siguieron estrategias pautadas y movilizaciones calendarizadas. Se concentraron en fechas clave de la campaña electoral en EEUU y en el 6 de enero con el recuento de votos y los disturbios del Capitolio.

La polarización digital favorece a la Alt-Right y el destropopulismo. Cuando dominan el campo digital, se trasladan al mediático. “El superpoder de Trump en las redes sociales nunca fue su habilidad para tuitear, sino para conseguir que los medios cubriesen lo que tuiteaba”, señalaba el CEO de SocialFlow, Jim Anderson. Las menciones a Donald Trump en los medios estadounidenses habían descendido un 90% en mayo de 2021 tras haber suspendido su cuenta en enero13 y perder la Presidencia. Por tanto, los periodistas tampoco estaban obligados a cubrir sus mensajes. Recordemos que el objetivo de la (ultra)derecha reside en acaparar el debate público y el centro ideológico. Ahora constatamos la infraestructura y las estrategias diseñadas con ese fin.

El usuario siempre pierde

El usuario digital fue bautizado entre loas al prosumidor. Pero ya hemos señalado que no ha adquirido mayor autonomía ni soberanía comunicativas. En todo caso, ha salido perdiendo. Participa de modo subordinado y muy limitado en todas las fases de los contenidos y flujos comunicativos: desde los estudios de mercado a la elaboración y la promoción del mensaje. Su autonomía depende de factores que no cabe analizar aquí. Apenas insistimos en que su libre albedrío peligra. Y el riesgo es mayor si opera de modo compulsivo, intentando capitalizar y rentabilizar su marca digital en plataformas centralizadas, de código cerrado y privativo14.

Concluimos que las “cámaras de eco” polarizadas, espacios de las supuestas “comunidades digitales”, en realidad son “granjas de datos”. Están diseñadas para generar mensajes destinados a un autoconsumo cada vez más extremo15. Las redes corporativas exacerban los contenidos emocionales y convierten las conexiones digitales en afectivas. Los internautas, crispados por los algoritmos y polarizados en sus posiciones, acaban desplegando con frecuencia discursos del odio.

Entonces, las conexiones afectivas se ven reemplazadas por otras de carácter coactivo. Es decir, la empatía con “los nuestros” genera odio hacia “los otros”. Y, sobre ese clima de opinión, el destropopulismo despliega conexiones represivas. El odio al diferente se traduce en agresiones públicas y callejeras, que luego se transforman en políticas públicas contrarias a los derechos humanos.

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Notas
1 Carl Schmitt, El concepto de lo político, Alianza, Madrid, 1991.
2 Niklas Luhmann, N. La realidad de los medios de masas, Anthropos, Barcelona, 1991.
3 Jeffrey Alexander y otros. Social Performance: Symbolic Action, Cultural Pragmatics, and Ritual, Cambridge University Press, Cambridge, 2006. Ver la excelente síntesis de Schmitt, Luhmann y Alexander que ofrece la tesis doctoral de Jaime Andrés Wilches Tinjacá, Del narcotraficante ilegal al narcopopulismo legitimado. Universitat Pompeu Fabra, 2020.
4 Véase, por ejemplo, el vídeo: Libertarios: ¿Quién los banca?
5 César Rendueles (2020) Contra la igualdad de oportunidades. Barcelona: Seix Barral.
6 Víctor Sampedro. (2020)  Trump y la incomunicación anti-política.
7 Jon-Patrick Allem. (2020) Social media fuels wave of coronavirus misinformation as users focus on popularity, not accuracy.
8 Gordon Pennycook y otros (2021) Shifting attention to accuracy can reduce misinformation online.
9 Zeynep Tufekci. (2018).  MIT Technology Review. 
10 Víctor Sampedro. Comunicación y sociedad: opinión pública y poder, UOC, Barcelona, 2021.
11 Benkler, Y. y otros (2020). Mail-in voter fraud: Anatomy of a disinformation campaign. Berkman Center Research Publication No. 2020-6.
12 Laura Edelson y otros. (2021). Far-right news sources on Facebook more engaging.
13 En mayo de 2021, las menciones a la prensa tras tres meses cerrada la cuenta de Trump en Twitter
14 Víctor Sampedro (2018) Dietética Digital para adelgazar al Gran Hermano. Barcelona: Icaria; en concreto Códigos, protocolos y redes para la libertad.
15 Víctor Sampedro. Dietética digital para adelgazar al Gran Hermano, Icaria, Barcelona, 2018; en concreto: Un mundo feliz: del Big Brother al Big Data.