«No podemos permitir que nos sigan matando a nuestros hijos»

«No podemos permitir que nos sigan matando a nuestros hijos»

La muerte de un familiar siempre es un suceso trágico para una familia, pero mucho más si el fallecimiento se produce de manera inesperada, injustamente, por ejercer el noble derecho al trabajo.

Esto es lo que le sucedió a Raúl, un joven encofrador andaluz que estaba trabajando en la construcción de una presa y que se precipitó desde 50 metros de altura, perdiendo la vida al instante. Atrás dejó mujer y un hijo autista, además de unos padres y una familia que le adoraban.

Ese día, un sábado 29 de diciembre como amargamente recuerda María, su madre, Raúl acudió a trabajar como cualquier otro día. Sabía que realizaba un trabajo muy peligroso, por lo que había decidido ocultárselo a su propia familia para que no se preocuparan. Era consciente de ello. Pero su única protección era la de un arnés que le había regalado su padre, porque en la empresa no le habían facilitado los sistemas de protección personal mínimos, ni siquiera una línea de vida, como denuncia su madre. Tras el suceso, la empresa quiso culpabilizar al propio trabajador del accidente por no haber tomado las debidas precauciones, acusándolo incluso de que no tenía que haber estado allí un sábado. «Como si hubiera sido decisión de mi hijo haber ido ese día al trabajo para perder la vida», lamenta María.

Para la familia fue un golpe muy duro, durísimo, con graves consecuencias físicas y psicológicas también para todos ellos. «Todos enfermamos después de esto en mi casa», recuerda esta madre. «Mi marido tuvo un cáncer de garganta, que no le dejaba chillar ni llorar; mi hija también enfermó y a mí me tuvieron que operar de una peritonitis a vida o muerte».

Finalmente, el marido falleció, y a la semana siguiente también su hija. La familia quedó marcada para siempre por el dolor y la pena.

Desde entonces, María no ha parado de denunciar los incumplimientos de las empresas en materia de protección laboral, convencida de que es tarea de todos: tanto de las empresas, que han de cumplir con la máxima rigurosidad con las medidas de seguridad, como de los propios trabajadores, que no pueden arriesgar su vida por no usarlas correctamente. «Si yo te doy un casco y tú no te lo pones, la culpa no es mía. Pero en el momento en que yo no te doto de material necesario, estoy poniendo en peligro tu vida y la responsabilidad es solo de la empresa. ¿No valdrá más un trabajador vivo que un trabajador muerto?».

Desde la asociación AVAELA (Asociación de Víctimas de Accidentes y Enfermedades Laborales de Andalucía), María intenta concienciar a la sociedad en general sobre la terrible lacra de los accidentes laborales, totalmente evitables si se cumpliera con la legislación vigente. «Todos tenemos la responsabilidad de decirle a nuestros hijos, sobrinos, primos, que tengan mucho cuidado, y que si no los dotan de las medidas de seguridad necesarias, que no trabajen, que se están jugando la vida ellos y la de toda su familia».

A través de la asociación, que surge del acercamiento de militantes de la HOAC de Andalucía con víctimas de la siniestralidad, María se dedica a dar testimonio y a acompañar a otras familias afectadas por esta lacra, animando a todos, también a la Iglesia, a dar ejemplo y a exigir que se tomen las medidas necesarias para acabar con estas muertes injustas.

«No podemos permitir que nos sigan matando a nuestros hijos, a nuestros padres, a nuestros seres queridos». Su motivación es intentar que ninguna familia más tenga que pasar por la misma situación que ha sufrido la suya. Por eso anima a todos a tomar conciencia y a concienciar a otros sobre esta situación, porque la vida de muchas personas depende de ello.