Conectados para poner en el centro la vida de las personas

Conectados para poner en el centro la vida de las personas
Veníamos oyendo que estábamos en la era digital. Y en este tiempo de pandemia esto se ha hecho más evidente.

Según J. Mata, director de redes y sistemas de Telefónica, en las dos semanas siguientes a la declaración del estado de alarma (16 de marzo), con los estudiantes en clases on line y la masificación del teletrabajo, se consumió todo el internet previsto inicialmente para el 2020.

La gente se ha comunicado como nunca y parece que el «sistema» ha estado a la altura. No en vano, el Estado español cuenta con la mayor penetración de fibra óptica de Europa, por encima de Reino Unido, Francia e Italia juntos, la tercera del mundo por detrás de Corea del Sur y Japón.

Un dato, el uso de Whatsapp se ha incrementado en un 300%, modificando la política de reenvíos para evitar el colapso. Su uso preferente de mensajes de texto se ha dedicado a videollamadas.

Estar conectados ha sido el eje central del confinamiento, una parte esencial de nuestras vidas. Y aquí las operadoras han jugado un papel fundamental, al igual que las compañías energéticas. Según los responsables, el suministro no ha fallado. El mundo digital necesita, como nos recordaba S. Álvarez Cantalapiedra en La gran encrucijada (Ediciones HOAC, 2019), una infraestructura de cables, servidores, antenas, soportes de todo tipo. Frente a la aparente inmaterialidad de la que hace gala la sociedad de la información, la realidad nos muestra que el capitalismo digital requiere energía en abundancia y altos niveles de consumo de minerales, generando multitud de residuos.

De la noche a la mañana, las plantillas que teletrabajan han pasado del 4% al 88%, tratando de mantener la actividad de las empresas. La necesidad de distanciamiento social ha acelerado esta transición a la virtualidad que los expertos llevan décadas prediciendo. Sin embargo, este acceso no ha sido igual en todos los sectores, ni en todos los trabajadores. Millones de personas no pueden realizar su trabajo fácilmente en una pantalla. Quienes tienen menor cualificación han tenido más dificultades. Por tamaño, las empresas de más de 50 trabajadores son las que cuentan con más capacidad para aumentar la parte del trabajo en remoto.

Una reciente encuesta considera que lo peor del teletrabajo es la sensación de que la jornada laboral no termina nunca, a lo que se suman dificultades para contar con un espacio adecuado y la conciliación familiar. Como si el teletrabajo fuera más factible si eres un hombre joven sin cargas. Con el confinamiento, muchas mujeres están descubriendo que se han amplificado las desigualdades sociales y de género. Se echa especialmente de menos la relación con los compañeros y compañeras. Una interacción que facilita la motivación y la creatividad.

Esta experiencia de teletrabajo, no lo olvidemos, está muy mediatizada por la situación de pandemia. Se han ensayado otras formas de trabajar para disminuir los riesgos de desplazamiento y con toda la familia en casa. El teletrabajo requiere de una conexión de calidad a internet, condiciones adecuadas, cierto aislamiento. El uso de las tecnologías facilita el trabajo en equipo, pero necesita habilidades y competencias diferentes a las que del trabajo presencial. El trabajo en el hogar no puede deteriorar la convivencia ni la conciliación en otros ámbitos de la vida.

El teletrabajo, ¿ha venido para quedarse? Puede ser que muchas empresas no vuelvan a la presencialidad explorando nuevos modelos. Si esto es así, necesitamos hacernos preguntas ¿Quién provee los medios para realizar dicho trabajo? ¿Cómo cuidar la salud laboral en la oficina doméstica? ¿Cómo controlar las horas y el rendimiento? ¿Corremos el riesgo de una mayor desregularización del mercado laboral?

Muchos expertos llaman la atención sobre la ciberseguridad, el uso de datos personales, corporativos, documentos confidenciales que viajan a través de las grandes autopistas de la información, «nos han mandado a casa sin establecer protocolos ni políticas, sin protegernos ni proteger». Conocemos el desarrollo que han alcanzado las grandes plataformas digitales de la llamada «economía colaborativa», que concentran poder y riqueza y esconden precarización e inseguridad. Como dice C. Standing: «Se está generalizando la economía del conserje: todo por encargo y de inmediato».

En esta crisis sanitaria, también se han implementado los servicios médicos a distancia, restringiendo el acceso a ambulatorios y hospitales. Las consultas presenciales se han sustituido por llamadas telefónicas o videoconferencias. Extender estos modos de actuar, con garantías, exige mayor alfabetización digital sobre todo en poblaciones con menos recursos o de edad avanzada, con menos experiencia en este modo de comunicación. También otras formas de interactuar entre profesionales y pacientes, junto a medios e infraestructuras que lo posibiliten, salvaguardando el cuidado de la vida y las debidas garantías de confidencialidad y autentificación. Avanzar en este camino puede facilitar la atención, pero abre muchos interrogantes.

Potencialidades y dificultades que se han vivido en primera persona en el ámbito educativo con las clases on line en todos los niveles. Familias y profesores han tratado de hacer lo que estaba en su mano. Pero no son pocos los hogares donde junto a las dificultades de empleo y mayor vulnerabilidad se ha sumado la brecha digital, a pesar de los esfuerzos de los propios centros y la solidaridad de tantas personas y organizaciones que se ha multiplicado en este tiempo. Quizá se ha dado mucho por supuesto.

Leía el resultado de la consulta de una profesora entre sus alumnos en un instituto de Massachusetts, sobre el uso de programas de videoconferencia para mantener el contacto con amigos y familiares durante la pandemia. No somos tan distintos. Poner un vídeo de YouTube y cantar juntos. Asistir a clases de educación religiosa. Participar en reuniones de terapia, donde acuden más personas. Resulta interesante que, en ocasiones, los espacios virtuales funcionen mejor que los físicos.

Estamos siendo testigos y protagonistas de una gran creatividad en nuestra forma de usar estos espacios digitales para reunirse, apoyarse, entretenerse, celebrar, denunciar, solidarizarnos, visibilizarnos, sentirnos comunidad cristiana… comunicarnos en definitiva. En este tiempo de aislamiento, donde la soledad y el distanciamiento se han hecho «más densos» ha sido fundamental una llamada, una videoconferencia, un mensaje, un recurso que llega por wasap. Nos ha mantenido conectados, ha permitido cuidar la vida y cuidarnos unos a otros.

Tal vez somos más conscientes de las barreras y las distancias que separan, invisibilizan, aíslan, precarizan, descartan… Es posible que estemos hartos de pantallas y de que nos arrebaten nuestra intimidad. Nos surgen muchos interrogantes cuando tratamos de poner en el centro a la persona. Echamos de menos acercarnos, abrazarnos, el contacto personal. Vernos con… Encontrarnos para… ¿Quedamos?