Lo que tragamos con la soja

Lo que tragamos con la soja
¿Cuál es nuestro consumo de soja? Es probable que una buena parte de nosotros y nosotras responderíamos que cantidades cercanas a cero. Y es bastante más probable que los datos no respalden este convencimiento.

Abran la despensa y lean la composición de cualquier alimento envasado. Ahí la encontrarán agazapada, además de como componente, en el latiguillo «puede contener rastros de soja», indicio de que la maquinaria por la que pasaron tiene trato habitual con ella.

Si fuera cierto que poca gente consume soja, ¿adónde van los 5,7 millones de toneladas que España importó en 2018? Ya se lo digo yo: a nuestros cuerpos serranos. Lo que ocurre –como con tantas otras cosas– es que tragamos inadvertidamente. La soja se circunscribía a la dieta de algunas regiones asiáticas hasta principios del siglo XX. Desde hace unas décadas, apareció en nuestros platos, no solo en mesas exóticas, sino, sobre todo, camuflada en carnes, huevos y lácteos de granjas industriales.

Incorporar hábitos y productos nuevos en la dieta no es un fenómeno nuevo. En algún momento comenzamos en Europa a comer patatas o tomates, por ejemplo, incluso a cultivarlos. ¿Qué tiene de malo la soja?

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