Teletrabajo, ¿era esto?

Teletrabajo, ¿era esto?
Cuando se cumplen apenas tres meses desde que comenzó el confinamiento a causa de la COVID-19, miro hacia atrás y este tiempo se me antoja toda una vida. Una vida bastante frustrante, la verdad.

Y eso que empezó con una medida estrella, un recurso que todos los padres y madres habíamos soñado como la solución a nuestros problemas de conciliación familiar, una herramienta que estábamos ansiosos por probar: el teletrabajo.

Es cierto que fue una medida tomada por la urgencia de la situación, que hicimos un cero a cien en lugar de tantearlo poco a poco para ver cómo nos adaptábamos a esta nueva forma de trabajo. Eso ya es un inconveniente: quizá un teletrabajo bien organizado y estructurado sea una excelente herramienta para nosotros los padres pero, desde luego, este no ha sido mi caso. Yo esperaba que los problemas vinieran de la parte técnica (lentitud de conexión, ordenadores colapsados), pero creo que el meollo de la cuestión estaba en la parte humana, en la parte personal. Concretamente en mí.

Soy arquitecto técnico y llevo menos de un año trabajando en el departamento comercial de una empresa dedicada a prefabricados para estructuras de hormigón. Es un campo en el que tengo experiencia (estructuras y hormigón), aunque no tanto en el puesto en sí. Como todos los trabajos, tiene multitud de detalles que hay que tener en cuenta y que solo se cogen con la práctica, como cuando aprendes a conducir: en el examen fuiste un manojo de nervios y ahora vas pensando en las tareas del día mientras conduces casi automáticamente.

Desde mi punto de vista, en el teletrabajo se combinan tres factores fundamentales que no se llevan muy bien con la familia: concentración, dedicación y comunicación.

Concentración: todos los días me levantaba decidida a sacar adelante un montón de tareas pendientes (cada vez más, por cierto), me plantaba frente a mi ordenador en el espacio escaso de mi escritorio para concentrarme…, hasta que aparecía mi hijo de 10 años para pedirme que le ayudara con un ejercicio. O al mayor, que no entendía el vídeo que había enviado el profesor de matemáticas y ahora tenía que enfrentarse a la práctica. Hablamos de teleeducación… que daría para otra historia. Total, que empezaba un asunto, lo dejaba para atender a mis hijos («cambio de chip»), volvía a ello pero no sabía dónde me había quedado, olvidaba detalles y cometía errores. Y todo eso, con la abrumadora inquietud no estar ni con el trabajo ni con la familia. Compañeras con niños más pequeños me comentaban la culpa tremenda de tener que dejarles horas con la tele para poder rendir un poquito. Culpa y frustración, que nos acompañan a menudo a muchos padres.

Ahora más que nunca, creo en
el poder de las relaciones humanas
para sacar lo mejor de nosotros mismos

Dedicación: en la oficina, hacía mi horario laboral y cuando volvía a casa, mi cabeza estaba en disfrutar con mi familia, con mis aficiones, con mi pareja. Pero durante mucho tiempo de teletrabajo, he estado metiendo horas, horas y más horas para poder sacar adelante «algo» de trabajo. Horas de madrugones, horas de noches, incluso horas de fin de semana. Era una sensación de no desconectar nunca, de estar siempre disponible. En palabras de una amiga mía: «Por la noche, me sentaba en el sofá para descansar y era como si el ordenador me llamara desde la otra esquina del salón: “Olga, ¿no tenías que enviar un email muy urgente? ¿Y si lo haces ahora?”». Y, si mi mente está permanente en el trabajo, entonces está ausente del resto, de mi familia o de mis relaciones sociales. Recuerdo que algunos días mi hijo mayor me preguntaba qué había de comer y yo no había pensado siquiera en algo, de hecho no sentía nada de hambre (¿ansiedad, quizá?) y al final, improvisaba cualquier guarrería. Si mi madre se enterara…

Comunicación: como novata en mi puesto de trabajo, la ayuda y comunicación de mis compañeros en la oficina es fundamental, pero con esto ocurre como con lo demás: no te das cuenta hasta que no lo tienes. Si hubiera estado con ellos, no dudo que al pasar por mi lado, me hubieran dicho «¿Están haciendo este pedido? Pues recuerda que tienes que tener en cuenta esto». Y así en un mes, cometí tal cantidad de errores que me daba miedo hasta contestar las llamadas de clientes: «Va a ser para decirme que este material está mal». Fueron dos semanas que no se las deseo ni a mi peor enemigo, de verdad. Una de mis tareas es hacer pedidos, pero estaba tan bloqueada que me sentía incapaz. Dudaba de todo, de mi competencia, de mi habilidad y durante muchos días pensé que me iban a echar de la empresa por todos los fallos (y cargos de dinero) que ya acumulaba. Un trabajo en el que me había sentido valorada, satisfecha y segura… y ahora me preguntaba si quizá no podía con ello. Intentaba llamar solo lo imprescindible a mis compañeros para no molestarles por tonterías. Tonterías que muchas ocasiones se transformaban en fallos garrafales. Y, por supuesto, toda esta frustración, estrés y agobio se volcaba en rabia y mal humor sobre los que me rodeaban: mi familia (confinados, para más inri). Les gritaba, les castigaba, perdía la paciencia para luego echarme a llorar de lo culpable que me sentía.

Dos personas fueron fundamentales para ayudarme a salir del pozo: mi jefe, con una paciencia y una comprensión extraordinarias, y mi pareja, que me apoyaba y me animaba contra viento y marea. «Amaya, no eres tú, es la situación. Yo también estoy frente al ordenador y hasta olvido dónde acabo de guardar el último archivo». Ahora más que nunca, creo en el poder de las relaciones humanas para sacar lo mejor de nosotros mismos, para levantarnos del barro y hacernos brillar.

Mi marido dice que, con esta situación, todos hemos acabado con una pedrada en la cabeza y algunos no lo saben. Quizá nos falte eso: conocernos mejor y ser más amables con nosotros mismos para poder hacer del teletrabajo una herramienta efectiva en la conciliación familiar y laboral. Pero mientras tanto… sigamos con la mascarilla y la distancia social, por favor.